viernes, 19 de diciembre de 2025

Campos enchumbados

El patio lleva una semana enchumbado, borracho de agua caída del cielo, que le ha cambiado el color piedra por un tono plomizo. Debo hacer un ejercicio de memoria para buscar referencias en el pasado —uno se pasa la vida midiendo, comparando y evaluando—. Tiene mucho que ver con la adivinanza de enmarcar las nuevas referencias del tiempo, por si en el contraste recuperamos las viejas sintonías invernales y frotamos nuestras manos, regocijándonos en la buena nueva. Frotar las manos es el equivalente al aplauso del agradecimiento.

Valsequillo de Gran Canaria es ahora, al igual que toda la isla redonda, una exuberancia de verde que duele a la mirada. Un verde olvidado que acentúa su tonalidad con cada minuto de luz y agua que recibe. Una explosión natural de dimensión nostálgica que nos recuerda la bondad de las estaciones y el milagro de una tierra agradecida.

El lamento ahora es el de las hormigas labriegas borradas: aquellas que en el pasado rasuraban la yerba —segaban los cortes— y ejercían sobre el paisaje lo cotidiano de la subsistencia. Pocos son los artesanos de la tierra que han cambiado sus hábitos en la manía comparativa de los ciclos de antaño. El agricultor labriego, ganadero, sacrificado del campo, tenía otra hoja de ruta: la autarquía de su destino, su propia subsistencia sin dependencia. Las hortalizas, los granos y los vegetales eran el día a día de un trabajo cotidiano; el supermercado no existía, o al menos no tenía la tremenda adicción existencial de nuestro tiempo.

No quiero aquel pasado donde el invierno nos sacaba del poco confort que destilaban nuestras vidas. Eran tiempos antipáticos para vivir cómodos y, muchas veces, dignos. La necesidad de bienestar propuso el cambio de roles y de costumbres; el equilibrio se encaminó hacia la dependencia y, en muchos casos, al abandono rural. Los campos verdes de nuestras alegrías fueron ayer campos de trabajo de subsistencia; hoy son parques temáticos olvidados de una naturaleza anarquista que invade los rincones y revela la estampa del abandono en paredes y fincas.

Entonces la parsimonia de la vida entró en el letargo de la prosperidad y los roles de las costumbres se guardaron en los cuartos de aperos, como las cosas del abuelo. En ese camino al olvido quedó una melancolía romántica que se manifiesta con constancia cuando miramos estos campos verdes que adornan nuestro portal y dulcifican la mirada. Este verde que duele, con sentimientos encontrados: desde la miseria y la infelicidad de una infancia dura hasta la lentitud de un tiempo que nos atormentaba con sus puñales de frío.

Somos parte de esa tormenta que sacude el bienestar de una felicidad inventada, aunque también somos el recuerdo y la melancolía de un pasado que no siempre fue tan bonito como este presente. En nuestra conciencia queda el equilibrio y el cuidado de no olvidar los testigos y referencias de otros tiempos, para prolongar este espacio que ahora brilla como otra salvación. Disfrutar, al menos, de esos campos verdes que duelen a la mirada y no obviar este regalo del cielo.

 



 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Solo miraba la lluvia.

 


Observaba ese poder sereno de convivencia natural, esa vida líquida que se manifiesta con la parsimonia de un rito.

Intuí que el cielo lloraba de una manera particular, como solo él lo puede hacer, y en ese llanto —a veces potente, a veces sereno— se diluían todas las frustraciones del desencanto. Más allá de nuestras formas de entender los acontecimientos, esta lluvia infinita, sin tiempo para despejar, era concilio emergente desde las alturas; parte de la ejecución del bienestar como bondad y prudencia de los dioses.

Sus hoyuelos constantes en las charcas daban ternura a la mirada paciente, al pensamiento latente. El oído replicaba ese pulso como cascos de caballerías lejanos.

Vuelvo a la infancia a buscar al abuelo.

Él me daba explicaciones místicas sobre la lluvia, exaltaba su alma labriega, suavizaba su ternura en la mirada y me recordaba el poder de los elementos, el designio de los dioses, aquellos cuya fortaleza se explaya en la bondad.

—Cuando llueve mucho, hay trabajo para todos —decía.

Era la gracia artesana del respiro, del retorno y de la vida. Enumeraba tiempos y labores tras la lluvia: las tierras, las cementeras, las artes labriegas. Más allá, en su pensamiento, buscaba la satisfacción de la cosecha y el nuevo impulso económico para seguir remando a la vida.

El abuelo era sabio.

Sus convicciones sostenían el patriarcado de una familia larga, donde el ejemplo era la única moneda de cambio.

El patio sigue sacudiendo gotas continuas y alegres. Los espejos de agua miran al cielo y simulan pequeños lagos en la memoria de insectos y arácnidos. Bejucos bordados trazan autopistas entre tuneras; encajes de seda que sirven de trampas a la subsistencia. Cada hebra es arte innato.

De niño miraba expectante aquellas redes, pequeños reinos de seis patas hexagonales.

La lluvia alimenta el pensamiento y persiste la ternura de la memoria infantil, donde la admiración era contemplativa y la interacción, misterio. Las cortinas de agua caen sin reparos, como en día de fiesta.

Las regaderas del cielo vuelcan gratitud y clemencia. Vendrán los meteorólogos a hablar de vaguadas y borrascas, a bautizar tormentas con nombres de mujer. Algunas esperan todavía por el suyo.

La lluvia es un villancico tierno, la calma de una sed eterna, la plegaria del camino verde. Es plata líquida que bautiza con generosidad, abrigo de lana, brasa que dibuja el fuego.

Es compañera perfecta para la lectura y el hogar.

La magia que convierte los días copiosos en entrañables.

Chocolate para los héroes

A veces las tormentas despiertan la memoria. Remueven herencias antiguas, tradiciones que parecían dormidas, y las obligan a salir a la intemperie. En esos días de espera, de acontecimiento y de realidad desnuda, la vida queda sostenida apenas por los servicios de emergencia y por una responsabilidad social que se activa cuando el agua cae sin medida. Porque incluso aquello que celebramos con una alegría inesperada —por la necesidad, por la sed de la tierra— arrastra su reverso: inundaciones, derrumbes, accidentes, pequeñas tragedias que ojalá no sean más que los caprichos previsibles del destino.

Esta tormenta, bautizada con un nombre de mujer poco agraciada, nos dejó, sin embargo, una lección de bondad. Emilia se presentó generosa, derramando su gracia líquida desde los cielos amables de Canarias. Llegó tarde para su bautismo oficial, no por falta de agua, sino por el exceso de su misericordia sobre los campos: tanta, que los barrancos echaron a correr como si la tierra misma dijera aquí descargo, y que sea lo que tenga que ser.

Ya entrada la madrugada, la tormenta concedió una tregua. Un respiro. Quedaron los árboles desgajados, los muros vencidos, la tierra deslizándose cansada por no soportar tanta abundancia. Y mientras la población, serena y obediente, seguía las indicaciones de las autoridades —se suspendían actos, se cerraban puertas, se encendían hogares—, otros brindaban todavía por la Navidad y por ese mazapán celestial hecho de chaparrones y agua bendita.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Llueve

 

El cielo, en un gesto antiguo, cerró filas y desplegó su panza de burro, derramando un rocío paciente sobre los campos. En los barranquillos, las gallinas cloquean dispersas entre tuneras y rastrojos; buscan cobijo bajo la llovizna que humedece su plumaje dorado. Ensayan cánticos tempranos de Navidad entre las ramas, coronando al almendrero más joven como si fuese el guardián de sus secretos.

Cuando la lluvia cae con serenidad, la calma se refugia en los libros. Allí, en sus páginas, la mente se abre a los mundos que propone la lectura, mientras tras los cristales el agua repiquea con dulzura. En el vaho de un suspiro duerme una nostalgia apacible. Es tiempo de cambio: la naturaleza recibe nuestra humilde ofrenda y la devuelve envuelta en cintas verdes y tallos tiernos, como si cada hoja fuera un regalo devuelto.

Cuánta falta hacía la lluvia, aunque regrese siguiendo su ciclo de noches largas. Esta dicha divina, que desciende del cielo como un consuelo, nos protege del vacío de la luz. Humedece nuestra piel reseca y, con la misma ternura, rocía la tierra árida que pronto despertará en vida y esperanza. Si el milagro insiste, se aferrará a esa piel abierta y áspera para brotar nuevamente sus defensas.

Llueve sobre mojado. La tierra, lenta pero agradecida, bebe el líquido salvador. El letargo se difumina, aunque no siempre todos los elementos de la salvación alcanzan a conectarse con ese pulso que late en cada renacimiento. Una fuerza invisible sacude el paisaje: lo amable, lo comunitario, lo que surge sin permiso. Los tonos apagados ceden ante la esencia salvaje que brota con furor, crece con juventud y se expande con anarquía.

La lluvia, con su esencia transparente, perdona excesos y defectos. Lava los frontis, las calles, las farolas, los tejados. Su poder es celebración: una comunión tan natural como imprescindible para la vida. Somos agua, gotas antiguas que han evolucionado hasta creer que el cielo es salvación y la luz, la cima de la madurez.

En esta sabiduría que late en la textura del planeta, millones de formas de brillar se derraman sin pudor. El análisis humano apenas roza una mínima parte de este conocimiento. La lluvia embellece la tierra, dulcifica el árbol de la vida, ennoblece la magia de la creación.

Llueve sobre los campos; llueve. Su persistencia es el llanto de manantiales resecos, que apenas cala la corteza, pero despierta, de inmediato, el vergel dormido de la maternidad. Es un proceso creador, esencial, que arropa la continuidad de la vida en los ciclos perennes del sol.

Llueve sobre Valsequillo, llueve, y cada gota dibuja el recuerdo de inviernos antiguos, verdes y frondosos. Las nubes borraban montañas con su llanto y el paisaje se ocultaba tras cortinas de agua, mientras los rescoldos del fuego hallaban su razón de existir. Llueve, y nuestra plegaria seguirá enalteciendo esta bendición por los siglos.

Llueve entre lamentos y escorrentías mínimas, apenas suficientes para poner en aprietos a las hormigas. Son tiempos de bondad celeste, en los que el cielo paga en silencio su tributo a la vida.


domingo, 30 de noviembre de 2025

VERDE, TE QUIERO ASÍ


No se hizo esperar: los pinceles de la armonía sacaron a lucir sus bocetos en lo inmediato. El cambalache del tiempo obedece al viaje del astro de la luz hacia lugares más lejanos del universo. Ahora el fresco reina en los pasillos, y el ambiente —y la mirada— se vuelve verde en el horizonte. Las caricias de la humedad acurrucan el frío en los rincones y barrancos, donde el nacimiento natural de la nueva vida se viste con trajes de temporada.

Cuando el frío te sube por las piernas y sus manos frescas van sacudiendo los protones de tu calefactor, advertimos la ternura de los días chicos y opacos. Su paisaje se vuelve alentador de recepción constante. Las montañas llaman a las nubes para plegarlas, y gritan al viento, al azote de la borrasca, para abrir la veda de la caza de lluvia.

Es tiempo de abrigos guardados, de sacudir su letargo y estirar sus mangas dormidas. Placer seductor de invierno, que alarga las noches con frescor y oscuridad. Los machetes helados de la ventisca se afilan en las herrerías de la espera; la armonía de los campos esgrime la llegada de su estación favorita, de su actividad más estresante: ocupar espacios, procrear naturaleza y encender los hornos del hogar clamando al cielo.

Gracias a estos cambios de luz, el paisaje se anima al maquillaje, al estreno, como los jóvenes que se preparan para el baile de promoción en busca de exultar su mejor belleza y captar las emociones del sentimiento. En tierras tan cálidas y secas, la llegada de los pétalos de agua del cielo es una bendición esperada. Dicen que las plegarias no llegan al más allá y que los dioses pasivos no permiten arengas ni tempestades, aunque las conciencias del mal sigan atacando furtivamente, incontroladas, en lugares inesperados.

Nosotros nos conformamos con que los tiempos de gestación y lluvias no abandonen a esta tierra sedienta y amable; que el color verde no sea un maquillaje espontáneo, sino un forro polar de abrigo necesario. Quiero escuchar el tintineo de las esquilas en el campo mientras se ordenan los espacios en los galpones; el lavado de cara de los árboles y las escorrentías alegres en las barranqueras; las montañas luciendo pamelas de algodones y las palabras sacudiendo tertulias de tradiciones; los viejos en corrillo argumentando señales, los fogones soltando aroma de potajes, las campanas doblando el tañido de agradecimiento y los portales rechinando la hinchazón de la madera.

Todo ese universo de color que se junta en tonalidades para resumir el salmo del “verde, te quiero así”.

 

domingo, 23 de noviembre de 2025

FRÍO SEDUCTOR


Cuando el campo saca la paleta de colores y a las montañas se abrazan las nubes, el frío viene a dirigir la orquesta de los albores de otoño; cambia las percepciones de las miradas y la sensación de bienestar. La invitación a rebuscar el abrigo estimula el recuerdo de los paralelismos del tiempo y su efecto en nuestro organismo. La naturaleza, siempre sensible a los cambios, saca la bandera verde de la paz y renovación del paisaje, sumiéndonos en el nuevo ciclo, marcado por la distancia del sol paseando por las estaciones de su elíptica.

Entonces paso unos días sintiendo el cosquilleo del frescor, esa caricia agradable que te convierte en víctima de la temperatura y héroe de tu termostato. Un reto de aguante se va apoderando de tu energía, y los mecanismos corporales de la defensa y el resguardo se ponen en marcha para liberar la química del bastión, siendo estas reacciones físicas una oleada de consultas internas imperceptibles que actualizan y actúan a tu voluntad con conciencia materna de protección.

Vivir en Valsequillo y medianías sacude esta gracia de contemplar los cambios de traje de la naturaleza. Se abren los armarios y se mira a la montaña buscando presagios; el despertar del nuevo día de soles anaranjados que, dependiendo de la carga de polvo de desierto en el espacio, se convierten en las auroras boreales del paraíso de las islas. A veces, caminando en la tarde, te quedas embobado mirando el espectáculo de la bóveda y las despedidas del astro rey.

Tiempos de dichas y castañas acuden en los últimos ocres de la acuarela. En la paleta, ahora le toca al verde y sus tonalidades; la legión para el cambio de piel es tan brutal que, día a día, se revela con asombro ante nuestro escudriño. Milagrosamente, como la serpiente, se cambia de piel en una metamorfosis apresurada. Es fácil adivinar el contertulio de los árboles con los animales, la fascinación por el cambio necesario y revival, toda esa armonía que compagina seducción y antojo, ciclo y rotación, renovarse o morir.

Así nos sacuden los episodios de la vida en estas latitudes: entre bancales y almendreros en gestación, entre trebolinas que despiertan y caracoles que se arrastran buscando oportunidades. Un rito ancestral que domina la naturaleza divina del espectáculo, que sufraga las tesis de la memoria para recomponer los ciclos de la existencia, con las pequeñas variantes llamadas “aquellos tiempos” o “estos tiempos que corren”. Cuántos paralelismos y circunstancias se atribuyen para definir los conceptos: la sabiduría de la observación con la variable de arrastrar el peso del conocimiento y la madurez de la experiencia.

Sigue despertando en nuestra percepción la magia de los cambios, ese bien necesario para languidecer el pensamiento y el análisis, adormeciendo la asombrosa respuesta de los comportamientos —esa madurez transigible del espíritu para evocar sueños— que repercuten en la serenidad de afrontar nuevos retos de supervivencia. Todo comienza con unas oportunas gotas de agua que se convierten en rocío y engendran el milagro de la vida, tan sencillo y milagroso este tesoro.

martes, 18 de noviembre de 2025

UN VIAJE IMPREVISTO

 

El silencio del papel blanco respira en el vacío del pensamiento como un viajero extraviado en una estación desierta, aguardando un tren que parece surgir del sueño. Es un telón de luz intacta que se abre con suavidad, guiñándole el ojo a la inspiración. Invita, en su callada pureza, a caminar alrededor de la espera, a hurgar en los detalles diminutos donde una chispa pueda prender el sendero. El silencio también contempla, y su mirada resuena honda, como un eco que recorre la intimidad. Miles de imágenes corren descalzas por los pasillos de la mente, buscando una salida luminosa. El mesón de las palabras descansa ordenado: comensales relucientes, cubertería que destella. Todo incita a descubrir palabras escondidas, metáforas tímidas que saltan, traviesas, al escenario, como duendes risueños o bufones cansados de tanto gesto.

Y de pronto, el palacio. Sus puertas ornamentadas se abren como párpados antiguos. La exuberancia del decorado acompaña el vuelo de una imaginación que despierta en su propio ritual. Como polillas señalando un fantasma en la penumbra, la densidad del aire revela dos mundos superpuestos: lo visible y lo mínimo, lo secreto y lo diminuto más allá del ojo humano. Altos techos majestuosos, telones suntuosos tejidos por viejos imperios, cuelgan en cascadas de pedrería. En las celosías, la historia de los reyes palpita entre sombras. Todo brilla bajo un barniz entre lo ostentoso y lo delirante; no hay corte posible, solo la imagen mental del lujo dormido en un recodo de película olvidada.

Me acerco al ventanal: afuera, la naturaleza ordena sus propios reinos. Bosques como islas de verdor, praderas suaves que parecen respiraciones, fuentes que levantan a los insectos en vuelos acrobáticos sobre el agua. Es un mundo abajo, inmenso y generoso, observado desde una altura que asombra. Interpreto esta perspectiva magnífica como un universo desplegado en cientos de dimensiones exactas, donde el tiempo y el espacio se entretejen en precisión sagrada. Conectar con semejantes alturas del pensamiento es ejercitar una meditación de hondura inusual.

EL OTOÑO DEL PATRIARCA


Fue aquel otoño del patriarca el que estremeció la novela, para relatar la lenta agonía y la muerte de un dictador latinoamericano ficticio, absoluto y solitario en el vértigo del poder. Esta obra magistral de García Márquez nos recuerda que el tiempo y la soledad se cierran como un cerco de enrocamiento; que esos cien años de soledad que nos persiguen también aturden y anuncian, del mismo modo que la vida solo alcanza plenitud cuando se asoma, inevitable, a la muerte.

La historia humana está sembrada de otoños y patriarcados, y a sus lecciones debemos volver para no deslizarme en ese pasotismo social que corroe los valores hasta dejarlos huecos. En esta suerte incierta que llamamos democracia, la agenda de las verdades se disfraza entre tolerancias ambiguas, tan sofisticadas en su maquinaria que terminan invitando a los patéticos a precipitarse en las trampas que ellos mismos han tejido.

Hoy añadimos a la cronología de los hechos esta retransmisión soterrada de pasillos: voces que siseaban, manos que limpiaban cajones, mentes que deshacían complots, y conciencias que, a ratos, se golpeaban el pecho bajo el peso tardío de la culpa.

No se mueve un pajume; esta quietud sensata es la antesala de la tormenta que vendrá a barrer el primer enjuague del cambio. Muchos se preguntan: “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”, para acto seguido resignarse: “Hasta aquí hemos llegado”. Poco queda por analizar de este ciclón que ha girado entre hechos, sospechas y falsedades. Y, aun así, el cambio de ciclo —tan urgente, tan aplazado— parecía esperar la señal de un otoño definitivo.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

TEMPORAL DE PESADILLA



Aquella mañana despertó el día blanco, tras la intensa tormenta. Los termómetros cayeron, contraídos en colapso: los campos se ayelaron con nieve y abundante rociada. Las barranqueras despertaron lanzando las escorrentías entre las piedras rebeldes, y los estanques, que tenían las tornas a favor, rebosaron de bondad. El barranco corrió como en los tiempos salvajes, como liberado de un presidio constante.

Sin embargo, aunque la mayoría vivió la calamidad de las imprevisiones —con aguas guerreras sin control, buscando escape— no hubo, de momento, que lamentar víctimas. El caos se tornó activo en el sufragio de abnegar una realidad imprevisible.

Los meteorólogos sucumbieron en cumbres urgentes ante un nuevo fenómeno impensado. Argumentaban, en los pocos canales informativos —sólo Radio Nacional, Onda Media— cayó la televisión, cayeron las líneas telefónicas, cayó la luz eléctrica. Activaron la cronología del temporal: era una cascada de damas sin control de detención.

La gente más joven buscaba a los viejos ante la falta de información. No había viejos; nadie sabía dónde estaban. Muertos, tal vez. Los más cercanos a la tierra se daban la cachucha para atrás y rascaban el mentón hablando de un temporal que ni sus tatarabuelos podían contar…

sábado, 8 de noviembre de 2025

Colapso estacional


Nadie les advirtió que el pueblo es otro crisol de opiniones y culturas. Encerrarse en un argumento suicida, atrincherando la puerta de la escucha, solo conduce a la destrucción más oportuna.

Una docena de años de empoderamiento napoleónico es un viaje a ninguna parte: oficio agreste, objetivos de campamento y respuestas condicionadas. El tiempo es un sprint hacia logros cuyo valor no puede ser virreinato de atormentados oficios, ni de ellos se espera la dicha.

Pasar página en un pueblo es una transición de fe. La vara que mide el tiempo no puede escandalizarnos cuando la escuela estaba desestructurada, y los maestros de la enseñanza usaron su vara de ejecución más precaria: sin asamblea, sin chamanes, sin socios de claustro, sin consejeros, con proyectos expuestos a la deriva de los iluminados.

Aprender a gobernar es una asignatura social exigente; aplicar delegaciones, una competencia democrática estricta. La suma del éxito en la participación se valora por las aptitudes, y se congratula de las actitudes que alimentan la cadena de impulso.

El tsunami pasó: era una ventisca constante que arreciaba los rincones de la libertad y el mandamiento. Estos pasajes se miden por las constantes, y la lenta variabilidad apenas coge impulso para las minucias de cantina. Los pasillos se llenan de cáscaras de Manises trituradas, de porquerías y dejadez, por falta de ética y responsabilidad.

El día después


La sensación es un ánimo seductor, un nuevo amanecer de sonrisa de serena, no hay vencedores, ni disputas; no más agravios al pueblo que somos todos, no más impropios ni egocentrismos. Se necesita algo más que cordura y tolerancia, para afrontar el nuevo reto y lamentablemente, pasa por la urgencia de escanear y chequear los hábitos: Lagunas, malas mañas, desorganización administrativa, programación, expedientes obsoletos. Hay que recuperar la confianza en quienes sostienen la administración y liberar los servicios públicos de toda carga política

Apenas un año y medio antes del reto electoral, para demostrar al pueblo, que se puede hacer las cosas diferentes, no es fácil, si no se transparenta la gestión y la información camina por los conductos correctos, Volver a la vieja escuela que sembró ilusión, que alimentó las corrientes creativas y generadoras de salud pública; todo tiene un orden prioritario, y una rebelión comprometida, hace falta lucidez y cooperación. Valsequillo es un reto para cualquier gestión municipal, un proyecto común que implica verdad y trabajo, esperanza y resultados.

No me gustan los dias después. Son la bilis de una resaca efímera, el encuentro primario entre profesores nuevos y alumnos viejos tras las vacaciones. Comenzar por la garantía liberadora y el conocimiento del estado de sitio, habrá que tirar de manual, de una hoja de ruta real que motive y libere, que desate y genere. La sociedad es rebelde e inconformista y puede remar en la acción y avanzar arropados por la corriente, no más espejismos, ni plegarias; solo el trabajo de cada individuo hará más fuerte su comunidad, la convicción de buenos proyectos para la comunidad, siempre pensando en el futuro, aún con el malestar del presente.

LA CASA DEL HUMO

En aquellos pasajes del tiempo antiguo, en una vida rural que impregnaba el paisaje, apenas existían viviendas, solo caminos de herradura transitados por bestias. Una mirada a ese tiempo revela una evolución aborigen basada en la subsistencia y la explotación de la tierra. Tierras que empezaban a ordenarse en terrazas construidas en las laderas, donde las profesiones más notables se distinguían entre parederos, piqueros de cueva y artesanos del uso cotidiano: la cestería —mimbres, palma, pencas—.

No resulta difícil imaginar la vida a orillas del camino: el pastoreo, los sembrados, las recolectas, los entierros o los actos religiosos.

Aquel Valsequillo de cuevas y barrancos, de cumbres peladas del siglo XIX, estaba condicionado por el poder de la tierra sobre el hombre y el esmero de este en extraerle sus frutos. Las laderas y andurriales, encendidos de almendreros, higueras y frutales, y los barranquillos cubiertos de tuneras, formaban un paisaje en armonía rural, casi como un bordado.

Las cumbres de Botija y El Piquillo, ese macizo montañoso que cierra la gran depresión Valsequillera al sur, eran tierras de pastores y ganado. La trashumancia llenaba los caminos de cumbre de arrieros y pastores que a diario conectaban servicios: bajaban leche, queso o grano, y subían utensilios, pan y abrigos. Muchos paisanos nacían y crecían en la montaña, sin bajar al pueblo más que una o dos veces al año. El suministro y las necesidades de supervivencia se resolvían a su alrededor.

La historia de la Casa del Humo guarda una tragedia en su toponimia —como recordaba Paco Luis, contador de leyendas—. Arriba, en la cumbre, detrás de El Piquillo, se crió una familia de pastores venidos de las cumbres de Gáldar, cuyos nombres y apellidos se han perdido por falta de registros o por el olvido. Levantaron una casa de piedra con techos de paja y adobe. Tenían sus animales en una amplia gallanía de cuevas que rodeaban la casa, que altanera asomaba al barranco de los cernícalos, en el lugar conocido como el Risco del Drago.

Con el tiempo, los padres desaparecieron y quedaron los dos hermanos: gemelos, de complexión robusta y solterones, dedicados con esmero artesanal a su vida de pastoreo. La convivencia entre ellos debió de ser buena, marcada por la unidad y el apego al asentamiento en esas cumbres. Aunque algo distantes y bastante silvestres, cuentan que hubo días en que se notó un humo constante saliendo de la casa. Nadie le prestó atención: quizá quemaban rastrojos o estaban horneando.

Pasaron varios días con la casa echando humo, mientras los balidos de las cabras y ovejas, hambrientas, se oían desde lejos. Algunos pastores de Cuevas Caídas se acercaron a interesarse por la situación y se encontraron con la tragedia.

Los restos calcinados de los dos hermanos y varias cabras quedaron atrapados en un incendio que no les dio tiempo a escapar. Asfixiados primero y luego calcinados, sus cuerpos fueron hallados entre los rescoldos aún humeantes. Las investigaciones y suposiciones de quienes acudieron al rescate apuntaron a que se quedaron dormidos con velas encendidas. El fuego, propagado rápidamente por el pasto y los utensilios inflamables, fue fatal

Desde aquellos remotos años —que la memoria no alcanza a ubicar con certeza, más que la imaginación— se le llama al lugar La Casa del Humo. Y así se conoce, aunque muchos desconozcan su leyenda.

 

Sollozos que no son lluvias

El patio se convirtió en un espejo lavado que, mirando la tristeza de la tarde, se alegró del acontecimiento otoñal.

Llueve apenas —perceptibles gotas de polvo—; por momentos hacen cortinillas de metal, como mariposas permeables que danzan en el vacío y refrescan la estación de la meditación.

Mirando el cielo plomizo, asoma la luna llena que anda vigilando el encapotado de nubes acolchadas.

Siempre pensé que lo mejor de esta estación estaba en su melancolía indiferente y tarambana, como contrapartida deseada a la fragua de la luz de esta tierra sedienta.

Las plantas no se mueven: sus hojas reciben el frescor húmedo del llanto.

El agua destila con la parsimonia de la calma; no se oyen los animales, que deciden echarse la siesta o meditar celebrando el cambio.

“Algo de lluvias en medianías y cumbres”, rezaban las noticias. Esquelas y mapas meteorológicos apuntan la misma tristeza.

Las nubes grises y oscuras suelen aferrarse a las montañas para evitar ser arrastradas por el viento o la evaporación en el espacio abierto; forman un rebaño amontonado y juegan a moverse en corrientes de pequeños grupos que manejan la danza, a veces como las golondrinas, sin saber que trazan figuras geométricas ovaladas de una belleza impresionante con sus vuelos acrobáticos.

Las ovejas, sin embargo, representan la huida del miedo a los lobos: se amontonan formando un muro de lana y se lamentan de su condición de borregos.

Los compases de la peregrinación de sus cencerros enfilan los galpones: es el canto del regreso, la señal de la retirada.

El frío es amigo de la lana; se presta y embadurna de cobijos de pelo sin escardar, de pezuñas desnudas que trotan entre andurriales dejando caer las orejas agitadas y el balido del llanto localizado.

Los pastores entienden su lengua y se comunican a ciegas con el silbido.

Los perros son sargentos de maniobras de acción inmediata.

Todo fluye bajo la sensibilidad del cielo, sobre el lienzo de forraje seco que mantienen los campos apenas con rastrojos.

Pronto habrá retoños, y tras estos sollozos escasamente visibles hay un mundo de espera y apariencias que se agita para entrar en acción.

Otoño de indiferencia, ya no recuerdas tus memorias.

Abandonado a los caprichos del cielo, te comportas con la tierra según el crédito de tus llantos.

No dejes que los cuervos graznen desdicha ni los grajos desgracia; permite que la oficialidad del duelo mantenga el protocolo de tu gloria, aunque las hojas sigan cayendo por gravedad y aburrimiento, aunque los caracoles no peregrinen arrastrando sus periscopios alzados y mueran resecos en sus conchas de magnesio blanco.

No queda abundancia de otros tiempos, ni se viran las tornas esperando las miserias.

Los sacrificios a los dioses pasaron a la leyenda de otros olimpos.

El tiempo bondadoso ahora es un cobarde que no enseña su destino, que no encuentra el bando de su acción.

El cielo sigue encapotado y arrepentido; no hay señales de duelo ni regalos pendientes.

La tierra ni resuella: solo enmudece y permanece en silencio despectivo.

Ya la gente no reza: ha perdido la fe en las plegarias.

El desaire se apodera creando ambientes raros, la incertidumbre galopa buscando asilos, nadie reconoce la herencia.

Los rastros se han borrado, los mojones han desaparecido, el camino ha evaporado las huellas; reniegan de pisar los últimos vestigios por dependencia.

No reconozco este llanto, aunque la orquesta entone a Chopin, Beethoven o Mozart en una marcha fúnebre sin gracia.

 

domingo, 26 de octubre de 2025

PASO DE LA MULA

 


El registro de la toponimia de los rincones del paisaje de Valsequillo acaba manifestando encuentros, sucesos cotidianos o elementos naturales que destacan en su hábitat. Desde siempre nos llaman poderosamente la atención estos sitios que, con el tiempo, van perdiendo su identidad por falta de comunicación y uso; la mayoría de las veces, por la desaparición de quienes usaron su nombre para señalar el lugar en cuestión.

Para quienes gustan del descubrimiento —la aventura del saber o la curiosidad de descubrir—, añadimos ese catálogo de nombres a una lista de la memoria, que supone además una garantía: preservar aquello que el olvido constante trata de borrar con su poder silencioso.

Arriba, en las cumbres de Botija —la cadena montañosa que muere en altura y desciende hacia el sur—, se encuentra un lugar mágico, un balcón impresionante que actúa como frontera natural con el vecino municipio de Telde. El pinar de Valsequillo, muy frecuentado en el pasado por la actividad ganadera y agrícola, es hoy apenas un lugar de paso, atravesado por una cochambrosa pista de tierra que zigzaguea remontando desde Las Haciendas por el viejo camino sur de la cumbre.

El Piquillo, Cañada Las Mimbreras y la Mesa de Los Alfaques componen la capital de altura de este espacio valsequillero. Antiguamente, fue lugar de siembras y ganado en abundancia, ocupando el Cercado Viejo, Las Mimbreras y la Cañada Botija. Desde que, en 1954, don Emilio Fillol, a través del Cabildo de Gran Canaria —siendo presidente don Matías Marrero—, decidió la plantación del pinar en estas montañas peladas que peinaban con viento los pastos, se creó el microclima perfecto de la cuenca de Valsequillo, donde cobijar en el futuro las nubes como una red natural, gracias al fenómeno del alisio.

Los años han pasado, y estas cumbres, ahora frondosas de bosque y silenciosas, cobijaron plantaciones y montes abundantes para el ganado trashumante. Para acceder al lugar, existen cuatro caminos bien definidos desde los barrios. Paso de los arrieros y lecheros, agricultores de altura que recolectaban grano y atendían su ganado. Algunos pasaban meses arriba, sin bajar al pueblo.

Está el camino de la cumbre más al sur, que sube por Las Haciendas y se entrelaza con la actual pista de tierra; el camino de Las Retamas o Retamilla, que asciende por Casas Blancas; el camino de Los Espigones, que se bifurca en Casas Blancas hacia la derecha, en dirección al Paso de la Mula; y el camino de Los Alfaques, que subía a la mesa desde la zona alta del pago de Tenteniguada.

El Paso de la Mula siempre ha sido un lugar mágico en la altura. Allí, entre los andenes de pinares que cuelgan de este palco natural, avanza el camino por el precipicio, aferrado al andén como un paso histórico de balconada. Recorriendo con la mirada la cuenca del municipio, en medio del risco uno queda atrapado por la majestuosidad de la montaña. El murmullo del viento y una melodía de bosque olvidado ofrecen sombras y nubes abundantes a partir del otoño.

Allí, los arrieros y pastores charlaron de la aldea de Valsequillo en el pasado. Los guirres y cernícalos marcaron su territorio de altura y paz.


Modelar la luz de las palabras

 

Mientras la memoria indaga en los archivos y la respuesta llega en forma de reminiscencia de reserva —como una noticia convertida en cuento o un suceso transformado en fábula— los clasifico como la crianza de los recuerdos: un filtro temporal donde el pasado reposa para que el tiempo le quite las asperezas y lo convierta en pasaje o en relato clásico.

Me encanta esta parte del proceso, cuando las cosas se manifiestan con la calidez de una memoria llena de imágenes y películas. Repasamos en cámara lenta, filtramos, eliminamos los espacios muertos y los comentarios vanos; enriquecemos los colores, iluminamos los contrastes y reescribimos un nuevo guion —atractivo, tierno, romántico— con una cadencia que invita a la lectura sencilla.

Un mensaje encriptado de verdad, decorado con el jardín de las palabras bonitas, donde la poesía se acerca a la prosa elaborada de emociones y detalles que enhebran recuerdos, reacciones y conversaciones. Allí, el paisaje se vuelve bucólico y traspasa la imaginación, haciendo florecer los recuerdos: un sortilegio de palabras labradas para el entretenimiento del alma.

Mirar hacia esos adentros mentales, en cualquier pasaje de la vida, obliga a convertir el archivo interior: extraer el resumen de la vivencia, redecorar los espacios vacíos, resumir y condensar el contenido para darle fuerza. Es el ejercicio de usar las palabras precisas y estructurar de nuevo el reto de la creación literaria, como un albedrío nacido de una inspiración entrenada para improvisar.

Es la insistencia de la luz la que cambia la manera de ver el paisaje; los contrastes se duplican según la exposición de la mirada. Un Monet de pinceles finos y mente iluminada, una imaginación llena de paletas de colores: desbordada, lúcida, viva.
Un canal que permite el desagüe de la convicción narrativa, que no necesita guía ni temario; solo libertad creativa, para adormecer, clarificar, enredar y jugar con las letras. Letras que despiertan el entusiasmo del jeroglífico literario y buscan un nuevo amanecer.

En las tesis infinitas del vocabulario habita el bruto de las conspiraciones escritas: la habilidad de usar criterios y artimañas, siempre que cumplan los beneplácitos de la intención. que llevan a alguna parte, como un tren encarrilado en vías infinitas; en el trayecto contemplamos paisajes, descubrimos realidades paralelas que elevan, sacuden el pensamiento y limitan el lance del objetivo; una perla de conchas prehistóricas, dormidas y relucientes, en exhibición de corrientes marinas esporádicas y reveladas.

Soltar las riendas no necesita guion; apuntar intenciones solo requiere motivación y pericia. Esta exposición agudiza el ingenio como práctica de ensayo, como alegoría lectora cargada de intensidad narrativa y prosaica. Es el escaparate del placer de las lecturas, el juego de las letras que se encarrilan en frases elaboradas por el pensamiento.

Luego de la intensidad, sentí regocijo en el alma y orgullo en el pensamiento: Razones para querer y poder, para jugar y conjugar las emanaciones de una escuela de autores anónimos, héroes de un destino implacable con lo vivido


sábado, 25 de octubre de 2025

MALECONES EN EL RECUERDO

Ayer crucé una tertulia agradable con una vecina de Valsequillo que llegó al municipio hace ya 53 años. Venía de La Gavia, y lo curioso es que su recuerdo —como el de un niño— sigue intacto desde que se casó, siendo muy joven, con un señor del pueblo. Juntos emprendieron una nueva aventura al otro lado de las montañas.

En aquellos tiempos, Valsequillo era una puerta abierta al futuro, un cruce de caminos para enlaces entre latitudes y vecindades. Para los jóvenes y niños de los años setenta, venir aquí se sentía más cercano a nuestra ideología rural que bajar a Telde, ese núcleo más adelantado socialmente, casi como una capital lejana.

Eran años grises de despertar, donde nos sorprendía lo profundamente agrícola que era este pueblo, dormido entre sus propias tierras. Destacaba, con porte solemne, una iglesia grande y poderosa, que marcaba el ritmo de la vida al son del tañido de sus campanas. La ruralidad, apenas abrazada a un viejo cine descascarado por los costados, dejaba entrever los sillares de tosca de su antigua construcción. Una plaza custodiada por una araucaria esbelta y centenaria, y unos edificios coloniales anclados frente a la iglesia —como si siempre hubiesen estado allí, amarrados a la esencia fundacional de este Macondo valsequillero— daban forma a la escenografía de lo cotidiano.

La vida se despachaba en unos pocos servicios: tiendas de aceite y vinagre, herrerías, zapateros, panaderías… Apenas unos cuantos cafetines que, según la hora y la necesidad, se convertían en bares de paso urgente.

Alguien tuvo la idea de plantar cipreses intercalados a lo largo de la calle nueva, esa que conecta la iglesia con el cementerio, junto al Calvario. Como si quisieran trazar, con velas naturales, el poema del camino hacia la salvación y el porvenir de la humanidad.

El descubrimiento de aquel pueblo era, la mayor parte del año, una tristeza callada. Bajar a Telde antes de 1940 o subir a San Mateo después de 1960 era, para los jóvenes que buscaban nuevos retos más allá de la cuenca, una verdadera aventura.

Valsequillo ha tenido 54 alcaldes a lo largo de su historia, y todos —salvo contadas excepciones— han convertido la política del pueblo en un despacho personal, en nombre del poder que les otorgaba su capacidad organizativa. El egocentrismo de sus aptitudes ha dañado profundamente la posibilidad de generar sinergias fructíferas. Y eso, traducido al desarrollo local, se manifiesta en una lentitud exasperante, en una ineficacia de almanaque, donde lo único que se salva son las fiestas, como expresión de culto y deber.

Mis primeros recuerdos de Valsequillo siguen siendo los de una triste carretera de malecones, abierta a pico y pala entre barrancos. Quince minutos de radio, con noticias locales, que emitía —en conexión directa y telefónica— el recordado Jacinto Suárez Martel. Una iglesia grande, orgullosa de proteger al santo que luchaba contra el mal endémico y social, olvidando, quizás, el poder que ejerce a su antojo. Paradoja perenne.

Aquel pueblo es continuidad de este, aunque evidentemente cincuenta años han permitido que la invasión venida de fuera encuentre aquí su paraíso de facilidades, viviendo a sus anchas, en condiciones que sangran a lo local.

Pero hay un recuerdo que nunca se me borra, una llama viva en mi memoria: la revolución juvenil del grupo Almogarén. Ellos izaron la bandera del “basta”, y dijeron: “este es mi pueblo y quiero moldearlo con sabiduría, con acción solidaria, con libertad competente”.

¡Cuánta falta hace hoy otra revolución antisistema local! Una que venga con la energía juvenil del poder de la renovación y la empatía hacia otra realidad.

Este Valsequillo se merece lo mejor.

 

sábado, 18 de octubre de 2025

LA NIEBLA


La mañana despierta con la melancolía jugosa de las pompas de jabón, buscan concentrarse como invitadas a una reunión multitudinaria de su esencia, nubes esponjosas suben lentamente ocupando los barrancos, y borrando un paisaje seco, el silencio va callando las exclamaciones del vacío, se retuerce en los costados de los muros, trepa por los riscos y cercados; acaricia los árboles como una balada en otoño, un murmullo de caricias invisibles tan solo percibidas en el tacto y la visión,  Es la antesala de algún acontecimiento prehistórico que recuerda hechos, las misivas de un cambio de ciclo, tal vez; la invasión silenciosa del poder de los dioses de la niebla, conjugando el paisaje, atrapando la luz con un velo de seda blanca espeso de tupidas colmenas microscópicas, que caen por seducción intrépida.

Primero avanza extravagante, inerte, con una magistral sensualidad agarrando espacios y soltando su asfixia tenebrosa de poder, avanza como una serpiente herida y hambrienta, con el silencio como escuadrón disciplinado, avanza y borra el paisaje, una pizarra muerta blanca va quedando bajo el traje de novia, con la que se ha disfrazado, y su poder se llama nada, todo a quedado en nada, una nada envuelta en sabanas blancas de acolchados terrones de azúcar gasificada.

El aviso no se hizo esperar, el paisaje quedó fantasma, exhibiendo sus siluetas apenas visibles en la cercanía, la humedad enfrío el aire y comenzó un llanto fino y perenne a colarse en el ambiente dormido, aletargado, invadido por esta faz de cortinillas de aire contaminado de tintes blancos que invade a destajo, que calcifica la mirada y deja un rastro invisible de antojo otoñal. Las plantas aplaudieron, las tierras buscaron el mejor asiento ante el espectáculo natural de una invasión aérea sobre sus secas pieles curtidas, todos cerraron filas ante el acontecimiento, y lloraron en compañía el suceso, lágrimas que escurrían los troncos, los tallos y las hojas, era una avanzadilla de un otoño esperado, los caprichos del aire viciado de ternura, el ejército de salvación y renovación de la fe, en la tierra madre, el cuarto elemento y su poder de seducción.

Ahora llueve tiernamente, polvo de agua; pero el manto blanco avalan su intención de refrescar el paisaje, de sellar el pacto de una bendición natural, la alegría colectiva acude a la mirada de un paisaje que se sacude de las tinieblas, alegre de la esperanza de ser atrapados por la pasión de la borrasca, es brillante la luz se oculta tras la cortina blanca, no quiere interrumpir la tregua del llanto, la intención del sueño otoñal y da paso a la gloriosa calma de la parsimonia por imposición del paisaje aletargado de sueños y melancolías.

Ahora recuerdo, esta sensación de regocijo, son vagos episodios de niñez, descalzo, jugando con el agua de las escorrentías, mientras el frío, quería ser amigo y se dejaba acariciar sin molestias, ni abrigos. Recuerdo los caracoles y su abundancia, de pronto, todos aparecían como llamados a una manifestación de trabajo, una zafra de babosas cubriendo todas las paredes y rincones, antenas detectando su espacio y tiempo de revelación.

Ahora recuerdo el cobijo acorazado del hogar, el asilo dormido de la manta, el sueño del letargo sanador, la melancolía de pasajes olvidados, todo tiene memoria, todo se fragua en silencio, es el poder de la niebla, del fantasma de los recuerdos escondidos en la reminiscencia.

 

 

jueves, 9 de octubre de 2025

Algo está pasando en Valsequillo


Estos tiempos confusos que atravesamos en las medianías son reflejos del pasado, calcos de una historia que insiste: los que gobiernan a su antojo y los que resisten los despojos. Es como si ya hubiéramos vivido este mismo hartazgo en otras vidas, un bucle que repite su formato y sacude, una vez más, la génesis de la revolución social.

Aún anonadados en la caverna de la observación —espectadores más que actores—, sentimos agitarse en nosotros esa cansina sensación de “más de lo mismo”: atascos administrativos, falta de lucidez e ideas, compromisos latentes, proyectos sin definir; falta de ética y exceso de complacencia. Pan y circo para el pueblo, dicen los antiguos. En el lenguaje del barrio, significa estar pegados al sillón del poder, con el pasaporte sellado hacia el pelotón de fusilamiento.

Sin embargo, se respiran corrientes de cambio. Se escucha la voz de los otros, el eco que sacude los barrancos. Primero en las sombras, en murmullos de esquina; luego, en la recomposición de los viejos sistemas de defensa democrática. Todo comienza con el poder de la palabra: la iniciativa, la denuncia, los medios. La tertulia, suma de pensamiento y acción; la cultura, motor de diversidad y excelencia; el deporte, impulso de juventud, aspiraciones y retos.

Valsequillo tiene poder y deber. Tiene una tesis y una reflexión: la responsabilidad de generar el cambio. Desde la pluralidad gentilicia, desde la juventud emergente —preparada y digna de asumir los retos—, debe abrirse paso, un nuevo tiempo. Los viejos valores y formas de gestión han de ceder el paso a las virtudes frescas y las acciones honestas. Somos un pueblo de medianías, habituado a la generosidad y el talante. Pero hipotecar nuestro futuro en el juego del favoritismo y el compadreo es dilapidar las oportunidades de un pueblo más digno.

viernes, 3 de octubre de 2025

OTOÑO DE ARADO Y BARBECHO

Aún en la frontera con el alisio, las tierras respiran el otoño crepitante del final de otro ciclo. Son ocres las paletas que embadurnan el paisaje de Valsequillo, y en las frondosas vegas de frutales los pájaros, hartos de fruta madura, aborrecen los atracones, picoteando a destajo, sin provecho, aquí y allá. Revolotean entre ramas de perales e higueras, entre cirueleros mollares del país, cargados de minúsculas ciruelas amarillentas y resilientes, cuya pipa se suelta con facilidad en la boca azucarada de hebras de pulpa.

Los barranquillos guardan la densidad del aire fresco que corre entre las umbrías dormidas al amanecer. Aquí la naturaleza nos recuerda el pasado aborigen: la supervivencia en la frescura del naciente, entre la cueva y el pedregal del risco, donde el ingenio humano aprendió a aprovechar los recursos naturales.

Como en la subsistencia primera, fue la necesidad la que ordenó antes, y la sabiduría de la supervivencia la que sacudió la suspicacia, agudizando el ingenio para vencer a los elementos. Nuestros antepasados explotaron la tierra en armonía laboriosa, escrita en sus genes, adaptándose a las épocas y a las costumbres heredadas. Tradiciones cultivadas en los pasajes del tiempo, donde la mirada engloba los acontecimientos. Ahora, en las tertulias parroquianas, resuena la sentencia: El tiempo está cambiando… Los días se hacen más cortos, amanece antes y más al sur… Las noches refrescan… Observaciones del comportamiento natural: la primera universidad de la vida. Escudriñar el paisaje y sus movimientos, reconocer la sabiduría de la tierra en las expresiones de la luz y los elementos.

lunes, 29 de septiembre de 2025

MALDITO PERRO…


En estas latitudes de medianías, en Valsequillo, hablar del perro maldito forma parte del lenguaje popular. Desde aquel tiempo en que, al Miguelito venerado, se le cruzara en el camino de su santidad, se encumbró como defensor frente al mal y guardián perpetuo de la condición cristiana. Siempre atento a las escaramuzas del enemigo, San Miguel se levanta en la leyenda como figura de continuidad: nacimiento y muerte en un rito de resurrección permanente y de guardia.

San Miguel no busca otra cosa que alejar las tentaciones y acercar la armonía. Para ello, con su lanza ejerce el recuerdo vivo de un legado de discordias, aguijones y resistencias que nunca cesan.

Cuando llegan sus fiestas, el relevo cultural de sus hijos toma la lanza simbólica y escenifica, con acierto, la lucha mitológica. Colectivos del pueblo, jóvenes y creativos, ofrecen una exhibición de arte escénico donde la devoción se funde con la identidad.

Guion, coordinación, vestuarios, talleres artesanales, maquillaje, decoración, iluminación, sonido… todo un despliegue técnico y artístico que, año tras año, mejora cada edición. Así, el pueblo no solo honra a su patrono, sino que revive la leyenda en carne y gesto, renovando la victoria de San Miguel en el carrusel festivo de su memoria.

Este año fue el tiempo quien marcó la escena y el contenido. Un tiempo que se empeña en manipular y apagar, despojando de recursos la comunicación, las relaciones y hasta la esencia misma de la fiesta. Y, sin embargo, la actividad sigue naciendo de la iniciativa altruista de la juventud de Valsequillo, de su inagotable capacidad de superación y encuentro.

martes, 23 de septiembre de 2025

Tiempos de maldad

Mientras la maldad, sigue castigando la franja de Gaza, el mundo descubre aterrorizado la impotencia de las acciones de paz, tan solo las minorías y colectivos aportan la anarquía de la manifestación y el grito a un silencio que nos hace cómplices de nuestros miedos y hartazgo de indiferencia; esta crueldad retransmitida en directo, para los espectadores del mundo, revela las decadencias de los sistemas, incapaces de parar y  buscar soluciones a un exterminio espantoso y manipulado por mal nacidos, dejando sobre la mesa del horror, las caras de los culpables, que se escudan en la confusión y el terrorismo más atroz.

La inmensa mayoría del mundo desconoce, porque está ocurriendo este genocidio controlado; por qué los vaticinios y el destino de un pueblo, tiene que pagar una factura tan brutal por la existencia. Pavoroso e inexplicable como los designios de Dios, que mantiene el perdón para regocijo de los asesinos; esta naturaleza salvaje y confusa de credos y pasiones, no entiende de treguas, ni escatima en dolores. Es una calca del terror en las peores fronteras del ser humano, una pesadilla que contamina las conciencias del mundo, y su impotencia ante la actitud del poder corrupto e intransigente

Cuando despedacen al enemigo inventado; cuando descuarticen la miseria por parcelas, sacaran los trofeos al sol, expondrán sus contribuciones de asesino a sueldo de su propios genes, sin remordimientos, ni culpas, asistirán al reparto de un botín de escombros, por la gloria de sus principios, una nueva profecía de gloria, que vuelven a tintar de sangre inocente los destinos de un mal nacido, los proscritos del planeta, que junto a otras resistencias de la tierra, siguen levantando la bandera de la paz y el atributo divino para su existencia

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