Mi
nieta vino a verme en la mañana como la luz del día inmortal, un ciclón de
energía adorable, una tierna primavera de colores que brilla, y en su mirada
los genes; los genes que identifican nuestro viaje a través del universo, allá
donde se cruzan los caminos y continúan su andar.
Hoy
es capicúa de existencia: 6363, combinación matemática que asustaba en mi niñez
por la dimensión del viaje que partía desde la infancia. Llegar allá, tan
lejos, parecía imposible. Pero ahí estaba la dinámica de los giros terrestres
para centrifugar la vida, enseñar con experiencias, vivir con gratitud y
cultivar con integridad.
Pasajeros
del amor y la curiosidad, caminantes de hacer caminos al transitar, aprendices
de la vida y su tenacidad, responsables del silencio y la algarabía, del
concierto y la paz. El destino viene enhebrando desde lejos, tejiendo formas y
maneras, esculpiendo labores, conocimientos y cultivando la amistad; y, en
tantos avatares predispuestos, la luz que clarifica esa expresión de vivir.
El
patio está mojado y sigue cayendo ese polvo de agua que imanta la tierra. La
mañana aún no ha sacudido su frío tempranero; el sol encontró a la tierra
elegante, con capa y sombrero. Nubes bajas, colchones de algodón que duermen
arropados por el calor que aún desprende la tierra.
No
recuerdo disfrutar tanto del tiempo desde mi niñez, cuando lo calaba, lo quería
leer y comprender. Cuando era niño, y con apenas siete u ocho años, acompañaba
al abuelo al mercado. Con aquel vetusto y simpático “cuatro latas” —Renault 4L—
recogíamos a un señor de la Orilla del Palmital. Su nombre era Juanito Marrero,
pero nosotros le llamábamos “el hombre del tiempo”, porque su conversación
comenzaba siempre por el tiempo y continuaba en charla inacabable.
Una
de aquellas mañanas estivales de verano, con noches intensas y acaloradas, en
las que apenas duermevelas aliviaban el sopor de los calores y el sueño,
bajamos de nuevo al mercado con el abuelo. Y ya estábamos pensando en los
titulares del hombre del tiempo, por su carácter continuo de insistencia.
Cuando
Juanito entró en el cuatro latas, llegó con tal sofoco que su expresión fue
diabólica y agorera:
—¡Yass,
Miguelito, fuerte candela, ¡cristiano! ¡Esto es insoportable!
Mi abuelo, acalorado también, aguantaba el tipo, pero ya comenzaba a hartarse de tener que soportar también sus calenturas.



















