En el movimiento laboral de antaño, la primera necesidad era el transporte para acudir a los curros, y la moto fue la solución inmediata y viable para toda aquella revolución industrial y social que se estaba fraguando. Esta explicación viene a cuento porque, allá donde abundan los motoristas, suceden historias. Y nuestra magua es no poder descubrirlas a la velocidad que nos gustaría. Por ello invertimos imaginación narrativa y crónica de tiempos pasados.
Anastasio Guerra compró una Montesa Brío 81 a mediados de los años sesenta. Era el rey de la carretera y de La Peña. A buen seguro, las tertulias y las salidas giraban en torno a las bondades de aquella máquina, adquirida en Viuda de Peñate, en la capital.
Debemos recordar que la Brío 81 tenía una particularidad y notoriedad manifiesta: lucía dos salidas de escape ancladas a un mismo cilindro. Aquel ingenio le daba una potencia y elasticidad de motor que la hacía noble de comportamiento y muy deseada por la juventud.
Su salida al mercado, en el año 1958, causó gran sensación y una destacada demanda. Mi tío Domingo Fleitas compró una de aquellas joyas de entonces y aún la conserva, después de sesenta años, en su garaje.
—Yo recuerdo bajar por la casa de Los Lagartos, por El Palmital, yendo temprano a trabajar a Telde. Iba recogiendo gente por la carretera. Iba con dos pasajeros y, si veía a otro caminante, paraba, me echaba hacia delante en el sillón y le decía: “Súbase por ahí, que llegamos todos”.
Y hasta cuatro jóvenes llegaron a ir una vez en la moto, aunque tres pasajeros era lo mínimo.
Volviendo a las vicisitudes de Anastasio, en mala hora le robaron su moto en la puerta de la casa, de noche. Él trabajaba con Miguel León y bajaban todos los días a Tirajana y a los pagos del sur, en pleno nacimiento del turismo, con la rasquera de no saber nunca dónde fue a parar la moto.
A los pocos días, vio de lejos una moto aparcada en una zona deshabitada de aquellos barrancos sureños y le comentó a Miguel:
—Coño… ¿a ver si va a ser la moto que me robaron la semana pasada?
Miguel, más absorto en sus problemas laborales que en la moto, le quitó importancia:
—¿Cómo va a estar tu moto aquí abajo, en el sur, si te la robaron en Telde? Eso será de algún ranchero o pocero que anda por ahí.
Y pasaron dos días más viendo la moto aparcada en el mismo lugar, siempre comentando la duda. Entonces la curiosidad y el deseo acabaron por intimidar a Miguel, que tomó el desvío para verificar la certeza.
Y efectivamente. Era la moto de Anastasio.
Después de robarla, la habían dejado abandonada en aquellos andurriales, quizá por miedo a las represalias. Y es que, en los tiempos de antes, no se robaban las motos para revenderlas por piezas desguazadas. La mayoría de los hurtos eran por necesidad de moverse o por la maldad del intento, pero no había terceras intenciones, ya que el brazo de la ley era muy duro.
Entonces, después de usarla durante algunas horas, la dejaban abandonada como acto de arrepentimiento.
Valsequillo
sin ti no dejará de ser un pueblo, aunque esta vez será un pueblo sin cuentos,
cuentos de verdad, de incomodo y de ocurrencias, de socarronería y de sosiego.
Aquella manera de contar las cosas solo se extrae de una mente observadora
humilde y sosegada. La que nos recuerda quienes éramos y como actuábamos.
Escucharte cuando regalabas cuentos era una forma de seguir unido a la tierra,
a la memoria brillante de un trabajador de la vida.
Fuiste
maestro carpintero de artesanía, podrás charlar con Jesús -competente en la
profesión- de la madera de su cruz, si de verdad pesaba arrastrar los pecados
del mundo para regalar amor, para arreglar el mundo, el país, el pueblo. Que
tertulias más sagradas y omnipotentes, tu observando a toda la parroquia
apostólica y extrayendo sus fobias y matices, para contarnos cuando vengan a
por nosotros la compañía de la luz.
Tenteniguada
es en el paisaje tus recuerdos, tus inquietudes, tu maestría, tus tertulias y
enseñanzas, siempre aconsejando, siempre dando ejemplos, pequeños o grandes,
pero de una sabiduría especial, sin aplausos, ni exigencias, por naturaleza
ejemplar de tus propios designios. Los rincones de ese altar te echaran de
menos como nosotros, tu esencia pertenece a ese pueblo de altura, maravilloso.
Donde San Juan, se prestó a festejar con su iluminada y sabia vida
Este
año esas hogueras más luminosas que nunca y más purificadoras que siempre, hará
honor a tu persona, a tu pueblo que siempre unido en las dichas y las
reivindicaciones, encontró el mejor ejemplo en ti, la referencia de un hombre
bueno y comprometido con la cultura y la sociedad, siempre al frente de todos como
un guía infalible e inagotable.
En
la cultura y en el club Hypatia, fuiste siempre el narrador de las épocas, la
sal de la escritura y la voz de la opinión. Adorabas a los grandes clásicos y
siempre te entusiasmabas con el legado de Gabo y su eterna literatura mágica.
Hoy
llueven flores amarillas mágicas sobre Tenteniguada. En la famosa novela “Cien años de soledad”
de Gabriel García Márquez, Esta
lluvia ocurrió la noche en que murió José Arcadio Buendía, cubriendo el pueblo
con una colcha tan compacta que tuvieron que despejarla con palas. Aunque
prefiero las charlas apasionadas con la muerte en “las intermitencias de la
muerte” de Jose Saramago, una sátira filosófica donde la muerte decide
dejar de hacer su trabajo, obligando a la sociedad a replantearse sus
estructuras. "La ridícula idea de no volver a verte" (Rosa
Montero): Escrito tras la muerte de su marido, entrelaza el duelo personal con
la vida y la pérdida de la científica Marie Curie.
Amigo
Lelo, haberte conocido y haber compartido contigo momentos inolvidables, me da
la certeza de que vivir y morir es solo un trámite alegre e ingrato. Que Dios
nos consuele a nosotros por que este último gesto de la vida. No es mérito de
la muerte, si no de haber vivido en la integridad de la existencia. Hasta
siempre amigo.
Abajo, en las cuarterías, las mujeres daban consejo y aventaban, “jablantiniando”, los apuros del casorio.
Todo estaba preparado en El Rincón y por fin, apareció el coche de Pepito el de Bartolo, con el fotingo apuntadito cuesta arriba a la puerta del local. Tremendo revuelo tras las cortinas y los visillos. Y como andaban en fiestas, todo se distrajo un poco. Llegó el párroco, rosario en mano, a recibirlos.
—¿Trajo los anillos? —preguntó.
Y el tolete de Lucrecio se tiró mano a la chaqueta esrengada y anduvo hurgando los agujeros hasta encontrar, enganchado, el cajetín. Tuvo que virar el bolsillo al revés para desengancharlo.
—Aquí está, padre.
Mientras tanto, las hablantinas alongadas a los pretiles le sacaban el cuero a la muchacha, que desde que sus padres se fueron a echar tomateros nadie le echaba ojo en el barrio… aunque Ambrosio le echó algo más. Y tuvieron que casarla en plena luz del día para callar los chismes.
La pareja de la Guardia Civil se anduvo por la zona, siempre arrastrando la capa. Tremendos personajes, con tricornio y bigote de mando. Hoy estaban de buenas porque iban a lambiar gratis por las fiestas.
Los indianos afloraron con los bártulos de tiempos mejores: maletas de madera, sorianas blancas, sombreros de ala corta y miradas perdidas de salitre atlántico, de quienes cruzaron el océano de ida y vuelta. Aquí dejaron sus cuevas y sobrinos, como quien deja motivos para regresar; unas chapas donde plantar papas, unas higueras blancas y unos matos agarrados a los cantiles.
Ahora regresaban con más regocijo que perras, porque el eco del canto que recitaron apenas les devolvió perlas. Aún resuena en las memorias aquello de que salieron huyendo de las decadencias de estas tierras:
“A Cuba me voy, padre,
a comer plátanos fritos,
porque los pobres de Canarias
son esclavos de los ricos”.
Allí estaban todos, recién llegados. Bajaron los enseres del coche pirata que pudieron traer y aprovecharon, entre saludos felices a los viejos conocidos, para comprometer al retratista que andaba con el daguerrotipo en mano, dispuesto a inmortalizarlos ahora que andaban guapos, aunque igual de flacos que cuando partieron.
La fiesta de las tradiciones en El Rincón de Tenteniguada nos llenó de un gozo espontáneo, de un recuerdo casi doliente, de la esencia de un pasado que nunca se ha ido, porque sigue insistiendo en quedarse, como los burros y las gallinas cuando se les da campo y trabajo.
Cuántas sonrisas sorteadas. Cuántos gozos disfrazados. Unos de edad avanzada; otros, remendando el pasado que tuvieron, aunque esta vez lo hilvanen con risas y fiestas.
Unas tradiciones que hacen honor a lo rural y antiguo, a los pasajes olvidados de nuestros antepasados, al esfuerzo de una vida dura y llana.
Mi
nieta vino a verme en la mañana como la luz del día inmortal, un ciclón de
energía adorable, una tierna primavera de colores que brilla, y en su mirada
los genes; los genes que identifican nuestro viaje a través del universo, allá
donde se cruzan los caminos y continúan su andar.
Hoy
es capicúa de existencia: 6363, combinación matemática que asustaba en mi niñez
por la dimensión del viaje que partía desde la infancia. Llegar allá, tan
lejos, parecía imposible. Pero ahí estaba la dinámica de los giros terrestres
para centrifugar la vida, enseñar con experiencias, vivir con gratitud y
cultivar con integridad.
Pasajeros
del amor y la curiosidad, caminantes de hacer caminos al transitar, aprendices
de la vida y su tenacidad, responsables del silencio y la algarabía, del
concierto y la paz. El destino viene enhebrando desde lejos, tejiendo formas y
maneras, esculpiendo labores, conocimientos y cultivando la amistad; y, en
tantos avatares predispuestos, la luz que clarifica esa expresión de vivir.
El
patio está mojado y sigue cayendo ese polvo de agua que imanta la tierra. La
mañana aún no ha sacudido su frío tempranero; el sol encontró a la tierra
elegante, con capa y sombrero. Nubes bajas, colchones de algodón que duermen
arropados por el calor que aún desprende la tierra.
No
recuerdo disfrutar tanto del tiempo desde mi niñez, cuando lo calaba, lo quería
leer y comprender. Cuando era niño, y con apenas siete u ocho años, acompañaba
al abuelo al mercado. Con aquel vetusto y simpático “cuatro latas” —Renault 4L—
recogíamos a un señor de la Orilla del Palmital. Su nombre era Juanito Marrero,
pero nosotros le llamábamos “el hombre del tiempo”, porque su conversación
comenzaba siempre por el tiempo y continuaba en charla inacabable.
Una
de aquellas mañanas estivales de verano, con noches intensas y acaloradas, en
las que apenas duermevelas aliviaban el sopor de los calores y el sueño,
bajamos de nuevo al mercado con el abuelo. Y ya estábamos pensando en los
titulares del hombre del tiempo, por su carácter continuo de insistencia.
Cuando
Juanito entró en el cuatro latas, llegó con tal sofoco que su expresión fue
diabólica y agorera:
—¡Yass,
Miguelito, fuerte candela, ¡cristiano! ¡Esto es insoportable!
Mi abuelo, acalorado también, aguantaba el tipo, pero ya comenzaba a hartarse de tener que soportar también sus calenturas.
Su infinita gracia luminosa marcó el umbral y sometió a las sombras al marco de su identidad. Aquella infancia rural, entre el tedio y la frustración, mendigaba libretillos de vaqueros y letras para alimentar nuestra imaginación y nuestra sed de saber. Aunque, para ser honesto, todo comenzó mucho antes.
Primero
fueron los tebeos: la creatividad desbordada de descifrar sus casilleros de
caricaturas, las expresiones costumbristas, el vocabulario desenfadado e
ingenioso de unos personajes deformados en sus perfiles y ajustados al pulso de
un autor imaginativo y justiciero.
No
había nada que alegrara más el alma infantil que recibir aquellos tebeos. Eran
un caudal de felicidad: la visión de un mundo paralelo lleno de gracia, donde
los personajes eran mis amigos. Me contaban otras versiones del mundo y yo
quería corretear con ellos en sus aventuras. Y, cuando ya estaba harto de
novelas e historietas con final justiciero, llegaron El Jabato y El Capitán
Trueno, dispuestos a luchar contra tiranos e injusticias.
Yo
planchaba las revistas, las guardaba en su perfil más plácido y volvía a ellas
mil veces, porque no tenía qué leer, y solo me hacía feliz mi pequeño archivo
de pobre bibliotecario.
Uno
de los recuerdos más sensoriales que conservo —cuando la familia bajaba a casa,
a Telde— era escaparme a la biblioteca León y Castillo para hurgar entre
libros, títulos, sinopsis y carátulas. Yo quería leerlos todos. Mi mente
intentaba resumirlos devorando con la vista las imágenes y los chistes. Aquel
tesoro dormido en los estantes era tan abundante y generoso que susurraba en
silencio su existencia. Y cuando sentía que acariciaba sus cubiertas,
despertaban y me hacían guiños de ternura.
Pasaron
algunos años de salteador de libros ininteligibles, de lector en tránsito hacia
la comprensión, pero seguía leyendo. Hasta la Biblia: una grande y sagrada que
tenía mi abuelo, quien se convirtió en evangelista ya de mayor, ante la
infinita incomprensión de mi abuela, que atribuyó aquello a una locura
transitoria de la edad o algo parecido. Aunque, en su infinita sabiduría, se lo
reprochaba con el amor que le tenía a aquel hombre tan aventurero de la vida.
Yo,
cuando el abuelo trabajaba, cogía aquella Biblia a hurtadillas e intentaba
adivinar, como un detective, qué escondían aquellas letras tan sabias y
universales para haberlo atrapado en su destino. Creo que fue una estrategia
más social que afectiva: él y su habilidad para envolverlo todo en misterios y
silencios. Aunque su amor paternal infinito estaba regido por otras leyes de la
naturaleza.
Y
un día, en aquella juventud errante e inconformista, cayó en mis manos Juan
Salvador Gaviota. Recuerdo que me detuve de pronto: quedé pasmado con su
lectura, hipnotizado por su relato. De repente, todo dentro de mí se sacudió
con una felicidad contenida; se abrió una puerta corredera al entendimiento y
se calmaron mis búsquedas de lecturas comprensibles. Fue un subidón de
adrenalina que cambió hasta mi comportamiento. Era como si me hubiera pasado la
vida esperando ese momento de revelación que por fin había llegado.
Entonces
salté al vacío de la lectura. Ya no me importaba si entendía o no las
historias. Yo solo quería leer, dejarme llevar por los relatos en un viaje
interminable hacia otros mundos. Y en esos otros mundos sigo soñando con
aquellas vibraciones y entusiasmos.
Un
mundo sin letras sería una infinita injusticia de caos.
Feliz
Día del Libro y del Autor.
Yayo.
Cumple diecisiete. Ya eres mayor chaval. Como corre el tiempo, como salta esa
juventud, que encesta triples a granel. Estamos muy orgullosos de ese
deportista full que llevas dentro y que has ido cultivando desde pequeñajo.
Tenemos
guardado en el patio de casa las tres marcas del enganche de la canasta, que
empezamos a subir de altura por el listón, por que tu crecías, y lo más triste es
que ya de pequeñito nos dabas una paliza a canastas increíble. Comenzamos por la altura y luego por la
lejanía. Un día te aposté desde la esquina de la fuente. A mi me costaba llegar
y tu arqueabas el cuerpo espín ese pequeño que tenías. Y no solo llegabas a la
canasta si no que nos humillabas con los encestes, Cabrito. Aquel día fue cuando
dejamos de jugar al baloncesto, para no nos humillaras con tus excepcionales
canastas de profesional… Aunque cuando miramos la canasta, que sigue ahí en tu
honor. Nos acordamos siempre de ti. Yayo.
Bueno
chavalote, esperamos que pronto llegues a la NBA, -O al menos seas un
profesional del baloncesto- y no dejes de ilusionarte porque tú si puedes. Eres
un grande y estamos muy orgullosos de ti. Cabroncete. Ah... ¡Y no te preocupes
por la edad, eso se pasa pronto!
Felicidades
Yayo. Te queremos mucho en Valsequillo muchacho.
Como
dice Freya, —con generosidad y juicio—, gracias a José M.ª Millares por
despertar conciencia poética y cautivar al aprendiz de lector. Fue un rocío de
palabras y pensamientos que cayó de repente sobre un campo minado de frescura
primaveral, y nos enganchó el frescor de sus musas para reconvertir en
expresión nuestras inquietudes dormidas, nuestros sueños inagotables: esa
fuente de poder en la que se estancan nuestros pensamientos, reteniendo
experiencias y dibujando bocetos con el pincel de Picasso.
Garabatos
que luego coloreas como el grito de los niños en un recreo, intentando llamar
la atención.
Esta
actividad lectora se consagra en la palabra escrita —bebiendo de sus fuentes—,
se extiende en el pensamiento reflexivo y se galantea en la expresión oral.
Descubrir el estímulo que acerca el estribillo al cancionero produce
vibraciones y percepciones sensoriales que liberan nuestras letras prisioneras,
esas que guardamos en fila india jugando al escondite, sin revelar su
identidad, porque el autor que llevamos dentro vive atrapado en su colchón de
paz y pleitea con sus enemigos: la moral, la incomprensión, el ridículo, la
satisfacción.
El
mayor enemigo del poeta es sentirse prisionero de sus palabras. Entonces se
asoma a las ventanas, sacando la mano a la brújula del viento, y derrama al
aire su libertad: sus musas, sus gritos desordenados, sus relatos encadenados,
sus pensamientos encapsulados, azarosos de ser vistos por un enemigo cruel y
despiadado.
No
hay consuelo en la incomprensión, ni coraje en la redacción sin emoción; no hay
música sin latido, ni conciertos sin alma, ni público en las plateas. No hay
telón sin misterio, ni público sin identidad.
De
repente, esos conciertos y ensayos estallan: saltan notas encadenadas y
melodías recitadas. Se forman coros, tarareos de la mano de una sonrisa feliz,
una emoción contenida. En el aire, un misterio mágico: un duende susurra y
golpea la sensibilidad para despertar a los poetas que llevamos dentro. Las
musas se desatan, transcriben, gritan, corren por los pasillos llamando al
recreo.
—Hay ensayo, hay ensayo —balbucean.
Hypatia,
la dulce voz de las musas, despierta.
Afuera
es primavera invernal: frío que se siente, verde que duele, y el aire limpio
golpea. Clara la mente idea; en la calle, el aliento, el corazón y el momento.
La
vida hace cosquillas y en la cara asoma una sonrisa tímida. Los ojos vigilan y
el aire, lleno de aromas, ayuda a colgar en las líneas letras ordenadas en
partituras, a orear.
Ayer disfrute
del reconocimiento de la poesía, de Jose Mª Millares Sall en el club de lectura
Hypatia. Pero pude entender y descifrar la belleza de las palabras cuando Rosi
recitó la melodía de sus partituras con una frescura transparente que caló, En el
ambiente. descifrando los códigos de la voz.
Hoy el
pensamiento me intimida, me recuerda y adormece
Sin mayor reparo
ni intención, quedé absorto en la emoción y a escribir acontece
No quiero
desvelar poesía escrita en el papel,
sino el pulso que se enciende cuando vibra en otro ser;
pensamientos literarios, hondos, libres, sin atar,
como un cauce que en la noche no se deja descifrar
Lengua que
brota del silencio hermoso del pasivo,
convirtiendo en monumento la literatura recitada.
Palabras encadenadas que hablan de locuaz cautivo
y sacan el perfil altivo de quien se pronuncia en la nada.
Belleza al
encuentro del poeta suscita talante y mirada,
y una reciprocidad comulga; en estas tertulias disipadas
el mar perenne comulga.
Aires de manantiales sonoros en la opacidad del silencio:
no cambia el ritmo ni juzga
la palabra ni el aliento.
Emociones que
se encuentran, surfean y desfilan:
unas al aire cuentan, otras al sol ventilan.
Poeta es aquel
que, buscando melodía,
se encuentra partituras que nunca sonarían;
tiempos de respiro y sentencia,
recuerdos que, nublados de olvido, despiertan
el auxilio de la búsqueda:
un estío expiatorio, una deriva, un promontorio,
una madeja de hilos que, ondulados sobre lana,
siguen el orden encadenado de quien envuelve.
Las caricias
del frío resuelven
y al estío inquebrantable vuelven
por los ventanales del río.
Pájaros de la
mañana que alegres comienzan a piar,
no basta la danza del sol,
ni el temblor dorado que en las cornisas se posa,
si la voz no se inclina a escuchar
lo que en la sombra reposa.
Y el poeta
—sin saberlo— permanece
en ese borde sin dueño,
donde el lenguaje es apenas un sueño
que al pronunciarse acontece.
El fin de semana llegó cargado de nubes
obreras, trayendo enchumbados mensajes de continuidad invernal. Después de
tanta tierra amasada por la borrasca —que había ampliado su radio de acción— el
presagio sonaba a sillón y lectura mientras escucho a Michael Bennett en los
sonidos del tiempo; o a sobremesa de mantita y Netflix, atacando alguna serie
de thriller o una clásica romántica. Yo lo llamo felicidad hogareña para los
sentidos. Un buen vino, claro, también ayuda al encuentro de las
clarividencias.
El viernes ya estuvo vivo. Esa melodía
de chubascos precisos e intensos devolvió al paisaje la cara lavada y la
sensación térmica invitó al armario a sacar los abrigos. Nada más hermoso que
esos rocíos en el patio, mientras las chorreras del tejado salpican con puñales
de plata el suelo de cantería.
Por cierto, hay una pareja de
“pispiritas” —pájaros de agua, alpispas— que han encontrado el lugar de sus
sueños en el patio. Vienen saltando, escuchan a nuestros canarios prisioneros
en jaula y sus ensayos matutinos, y se sienten en un hábitat especial: la
fuente, las plantas… Se han enamorado de las helechas y hasta allí se reúnen
para declararse ese amor de pájaros que mueven alegre su colita larga, como una
batuta al compás del cortejo.
Hoy es día de visita a la tienda de la
tía Nieves. Siempre subimos a media mañana a tomar el buchito de café de
borreguillo, ese que se cuela y cuyo aroma invade la estancia. Recuerdo en la
niñez a una tía abuela que adoraba el café. Tomaba muchos al día y, en ese
rito, nos invitaba a los más pequeños al buchito dulce de ese aroma
inconfundible y antiguo. Allí me aficioné a la esencia de este manjar
milagroso, que enamora en el aire y despierta en el paladar el milagro de estar
vivo.
La tía Nieves tiene la tienda en Las
Vegas de Valsequillo, y allí conversamos
de las cosas de antes y de ahora. Encontrarte aún con una tiendita de aceite y
vinagre de toda la vida te empuja a pensar en las tertulias que allí se
generaban:
—Nievita,
¿tiene usted un paquete de velas y una caja de fósforos? Y mire a ver si le
queda alguna palmatoria, por si se va la luz en estos días oscuros.
—Ah, y pilas para la linterna, que uno solo se acuerda cuando las necesita y se
la encuentra vacía.
—También necesito un kilo de carburo y un litro de petróleo, que mi padre
quiere tener en la cueva del barranco.
—Y dos kilos de gofio del molino, póngamelo en cartucho de papel, que el otro,
el empaquetado en presigla, no le gusta.
Nievita sigue la retahíla entre la
balanza y el envoltorio. No tiene prisa por despachar. Allí la vida se maneja
con voluntad familiar y el pulso del día a día le sigue dando razones para
mantener abierta la tienda en su senectud. Recuerda y cuenta los pasajes de
toda una vida, con una fina ironía del destino, relatos que hoy son legado para
los suyos.
El foco de la actualidad sigue siendo
el mostrador, escaparate de las pocas gentes que aún conversan mientras ella
dosifica el tiempo, como si exprimiera su propia constancia.
La tienda de aceite y vinagre de
Nievita Ortega es la última que queda en el pueblo. Y mientras su puerta siga
abierta, el barrio conservará un latido antiguo que no entiende de cierres ni
modernidades.
Era tan pronto,tan pronto, que el sol encontró dormida a la luna;
y ella avergonzada, tapó su cara a la luz de su desvelo,
y siguió balanceándose en la cuna de su cielo.
Y el con su candida ternura cubrió su cuerpo de nubes blanquecinas, dejando que se diluya en un último sueño de dulzura, mientras ilumina a ese día que vaticina.
El despertar llega como un cuento
para que la vida escriba su destino,
pues lo viviente está marcado con un sino que a cada cual da experiencias diferentes.
La creación se repite día a día en esa noria que el tiempo menea,
y cada episodio marcará su melodia,
que quedará en pasado para que el presente vea.
El futuro se abre con ventanas
que asoman al infinito del será.
Los augurios son presagios de un mañana que los duendes de la vida en el renglón vacío escribirán.
Y ahora despierto pero somnoliento de mi sueño,
a la luna con agua clara,despejo de mi faz.
Y me irradio de esa luz que a mí cuerpo hace dueño de los pasos que marcan cada huella de mi estar.
Manrique.
Con qué placer meces la luna, como si el cielo fuera una cuna suspendida,
como si la noche aprendiera de tus manos, el arte secreto de despertar.
Desde este paraíso azul de mar, la aurora gira, danza, insiste.
Las horas se diluyen en la oscuridad, mientras la libertad se llena de luz.
Hay noches que sueñan en silencio, que laten despacio
esperando el instante exacto, en que todo florece.
Luz que no termina nunca. Luz que pronuncia tu nombre en lo infinito.
En algún lugar —hermoso, intacto— la razón respira en armonía.
Y si la luz no se quiebra en el miedo, si la noche aprende a florecer,
es por la huella serena de Pedro, que sabe alumbrar sin aparecer
Poetas en la oscuridad…
Tal vez el amor no siempre tenga rostro humano. A
veces tiene forma de valle
La carretera que sube a Valsequillo atraviesa la
Cañada Salvia India con una naturalidad antigua. No corta el valle: lo sigue.
Una curva suave, luego otra, y el paisaje comienza a desplegarse sin
estridencias. La subida no impone; acompaña.
A ambos lados, los bancales dibujan líneas
pacientes sobre la tierra. Cada franja cultivada es un gesto repetido durante
generaciones. El verde se extiende como un mar contenido, y mientras el coche
avanza, algo en mí desacelera. Subir no es solo ganar altura; es ganar
perspectiva.
En una de las primeras curvas, la hondonada se
abre por completo. El relieve ondulado respira bajo la luz cambiante. Las
ovejas, dispersas sobre la ladera, parecen nubes detenidas a ras de suelo. Más
arriba, los pinos inclinados por la ventisca sostienen su resistencia sin
dramatismo. Desde cierta distancia, el castillo de Vista Alegre observa en
silencio, como un guardián discreto del tiempo.
Es entonces cuando el presente se vuelve poroso.
Mientras el motor mantiene su ritmo constante, mi
imaginación retrocede. Sobre esa misma ladera ya no veo solo hierba: aparecen
arrieros conduciendo bestias cargadas, pasos firmes sobre senderos de polvo.
Hombres curtidos por el sol, avanzando despacio, negociando cada pendiente. Los
imagino cruzando el valle al amanecer, cuando la bruma todavía se aferra al
fondo de la cañada.
Donde hoy el asfalto suaviza el trayecto, antes
hubo caminos de piedra y tierra. Labradores inclinados sobre los surcos,
abriendo la piel del terreno con herramientas sencillas. La forma del valle no
es casual: fue trabajada. Cada bancal es memoria acumulada, cada muro de piedra
una conversación entre el hombre y la pendiente.
La carretera asciende, pero el tiempo desciende
conmigo. Veo manos que levantaron muros, espaldas que soportaron cargas,
miradas que midieron el cielo para decidir la siembra. No hay épica en esa
imagen; hay constancia. El valle no nació armónico: fue modelado con paciencia.
Un olor vegetal entra por la ventanilla
entreabierta. Tierra húmeda primero, luego hierba templada por el sol, después
el fondo áspero de tederas y cardos. El aire trae presente y pasado mezclados
en la misma respiración.
Hay un punto exacto en la subida en que el
paisaje se ordena ante los ojos. La carretera se ensancha y suelta la
velocidad, el gesto mecánico coincide con una certeza interior: este lugar no
es solo geografía. Es herencia.
Lo que más abunda en la tierra es paisaje. Pero
no todo paisaje guarda memoria. Este sí. Aquí cada curva conserva la huella de
quienes la caminaron antes de que existiera el asfalto. Cada ladera sostiene la
sombra de los que la trabajaron sin dejar nombre.
Cuando el pueblo aparece al final de la subida,
no siento que haya llegado. Siento que he atravesado capas. El presente se
sostiene sobre pasos antiguos.
Salvia India permanece abajo, extendida y fiel.
Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo,
sé que no cruzo un valle de melancolía,
sino un valle de permanencia.
Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo,
comprendo que este valle no se deja atrás.
Se queda.
El paisaje de Valsequillo no promete eternidad.
Simplemente está.
Y eso basta.
“Mientras haya trigo en la era, habrá pan en la mesa”
Con
esta frase tan rotunda, se iniciaba el grito de guerra de las trillas de
antaño, una actividad tradicional que apareció en las antiguas civilizaciones
de la humanidad 3000, A.C, y que fue extendiéndose por toda Europa como el
primer ingenio artesano para separar la paja de trigo y elaborar el sustento
primario del pan de la tierra.
Estos
usos agrícolas llegaron a las islas después de la conquista, ya que anterior a
ello, se machacaba el trigo en el mortero, era todo bastante primario. Luego
aparecieron las primeras trillas y eras; estas se construían con lajas de
piedra bien elaboradas para que no se perdiera el grano, y preferiblemente en
lugares ventosos para ayudar en la recolección del grano con el aventar de su
esencia.
Viajo
en el tiempo de mi memoria, para volver a la niñez y a mi barrio de la Gavia. Allí
haciendo un pequeño recuento mental del espacio, había una docena de eras bien
marcadas y algunas muy antiguas y curiosas: La Era de la tosca en el Lomo del barrio,
La era Limosna, -donde los pobres aportaban sus gavillas de centeno, a cambio
de su porción de trigo o grano, en las medidas tradicionales de las islas:
Almud, cuartas, Fanega, en otro lugar de mi barrio hay una zona llamada Media fanega,
en la que aparece tallado en la roca el cubilete de la medida antigua, que se
usaba antaño para las transacciones del fruto. Muchas eras sorteaban el paraje
del barrio, que tras las siegas eran un hervidero de manifestación artesana.
Trillar, aventar, recoger el grano, apartar la paja.
Mis
vecinos, nos invitaba a la era de su abuelo; Miguel Suárez, -tío bisabuelo mío-
en la Pepina, la habían construido con bastante laboriosidad antigua, bajo el
risco, el piso de la era parecía una calzada romana, sellada con un trabajo de
cantería magnifico. Entonces iban apilando el centeno haciendo un castillo
enorme, -y nosotros niños atrevidos, buscando diversión, nos subíamos al risco
alto, y nos tirábamos como quien se lanza al mar en zambullida. Entraba en las
piras de centeno como una bala de mortero, y tras el grito de guerra y el
impacto, aparecíamos como los fantasmas de la paja y la cara de sonrisas de felicidad.
tremendo logro de inconscientes tirarse al vacío. Muchas horas de nuestra feliz
infancia, la pasamos en la trilla, tomando el pulso a separar la paja del grano
o revolcarnos en la paja, siguiendo el instinto del placer rural.
Luego
llegaron los caballos, y el arte tradicional del ruedo, a veces con dos o tres,
animales, pero en las trillas grandes de la montaña, llegaban a ver hasta 7 y 8
bestias, era un espectáculo, como el que lucen en las fiestas del almendrero en
Valsequillo. Los hombres apostaban sus credenciales en la habilidad con el látigo
restallando al viento y girando sobre su cuerpo al compás del ruedo, con una
mano agarrando las bridas y con la otra danzando el látigo al aire. Aquí el
rito, era de caballeros aportando sus bestias y del arriero danzando su
orquesta equina en la carrera circular
Escarbo en la memoria como quien hunde las manos en la tierra húmeda. Entre los pliegues del tiempo emerge un aroma que marcó mi infancia. Basta detectarlo en el aire —leve, casi invisible— para que un relámpago de luz me devuelva a aquellos años en los que mi relación con la naturaleza era pura intemperie, libertad sin nombre, experiencia sin límites.
Éramos pobres, sí, y la supervivencia era un
oficio cotidiano. Pero en nuestra infancia cabía el mundo entero. Teníamos las
horas del día abiertas como un campo sin cercas, dedicadas al descubrimiento y
a la acción, a medir la mente y el cuerpo contra sus propias fronteras. Era la
libertad de la vida rural, donde el aprendizaje se hacía a golpes de realidad y
el banco de pruebas era uno mismo. La primavera era la estación más cercana al
milagro: una explosión de color, flores desbordadas y campos verdes hasta doler
en los ojos. Era el tiempo más feliz del año, aunque el frío nos castigara la
piel, la agrietara y la endureciera; aunque las manos se abrieran en contacto
con la tierra y los tallos, y el calor del hogar fuera apenas un consuelo
triste frente a la crudeza de afuera.
Durante ese vaivén del sol gobernaban las
lloviznas y el frío persistente. Los inviernos nos parecían eternos: largos de
humedad, duros de escarcha, de ese frío que muerde y pela. Tal vez no fueran
distintos a los de ahora, pero nuestros cuerpos pequeños, mal abrigados y
valientes, estaban más expuestos a la intemperie. Y el frío, como la tierra
misma, siempre ha sido antiguo y fiel compañero del paso de las estaciones.
Yo trazaba mis aventuras en las montañas de
medianías. Conocía la piel del paisaje como se conoce un cuerpo amado: por
memoria y por emoción. Cada ladera tenía su latido, cada sendero su carácter. Y
entre todos los lugares hubo uno que selló mi destino olfativo: las retamas.
Blancas, amarillas, indias, negras. Abundantes, olorosas, desbordadas de vida.
Un regalo divino anunciando la llegada de la primavera. Eran refugio y despensa
para las abejas, que zumbaban ebrias de polen, propagando el paisaje canario con
la generosidad de quien no sabe guardarse nada.
Regresaba a casa con un ramillete de retamas
entre las manos, como un niño enamorado que ofrece a su madre el presente más
puro que conoce. Ella las recibía con una sonrisa lenta, porque aquel perfume
también habitaba en su memoria. Entonces me contaba su propia historia:
Por el paredón bajaba el camino que venía de la
Atalaya, cruzaba el barranco de la Pepina y seguía por la umbría hacia los
Picos y San Roque. A ese sendero, hoy borrado por el tiempo, lo llamaban el
camino de las Talayeras.
Por allí transitaban los ranchos de mujeres de la
Atalaya. Caminaban hacia San Roque, Montaña Las Palmas, Tecén, Las Capotas y
Valsequillo, a recoger retamas. Volvían al atardecer con los haces cargados
sobre la cabeza y la espalda. Mi madre, siendo niña, las miraba pasar absorta
en sus juegos, atrapada por el imán invisible de aquel perfume. No sabía
entonces para qué servían tantas flores, tanto olor transportado, pero algo en
su interior quedó marcado para siempre: la certeza de pertenecer a la naturaleza,
de formar parte de ella.
Esa herencia continúa. Vive en los genes, en los
hijos y en los nietos. En Valsequillo, la ruta de las Haciendas hacia los
cernícalos sigue impregnada de esa abundancia. El color se desborda, el aire se
espesa de fragancia, y el paisaje queda atrapado en una generosidad antigua.
Cuántos recuerdos.
Cuánto perfume de retamas sigue sosteniendo la
memoria
Que noche tan
larga, llena de duendecillos que atrapan la luz
Que destilan
los sueños, que se mecen en los páramos de tu imaginación, aunque llegue la
escarcha y el frío tirite; tus rimas son caudal de afluente de cumbres llenas
de manantiales que emocionan la vida, sacuden las almas y añoran los silencios.
Que esa melodía del bosque de tus palabras, no apague la llama del poeta que
canta a la noche y a las altaneras estrellas de tu galaxia amiga.
Querido Pedro,
siempre en el riachuelo de la vida, salpicando las emociones de sentirla.
Que no falte
el cauce ni la sed, ni la noche donde cantar despacio.
Porque mientras alguien nombre la luz—aunque sea en voz baja—
el poeta seguirá despierto.
Tras
el cristal de la ventana, el paisaje verde intenso se cubre de gasa de agua
blanca; todo queda inerte, absorto. El ruido de la lluvia, al arreciar sobre la
tierra y sus elementos, danza como una orquesta entrañable de bienestar y
melancolía de refugio. Hogar y libros se encienden en el pensamiento. En este
ciclo invernal, el reino del alisio abrió los pasillos del frío y permitió la
llegada de las borrascas, en compases de riego generoso; saborear estos
instantes es sentir palpitar la vida.
Yo, encantado, escudriño el paisaje como un halcón peregrino y mido la abundancia de la tierra madre. La Pachamama, entregada al parto de vida de los dioses, se manifiesta como una expresión monumental de la existencia y su explosión divina. Son los inviernos fríos los que doman el carácter y fertilizan el semblante de la poesía del tiempo. Surgen entonces rayos de luz que rasgan las nubes y proyectan sobre los campos enchumbados su manto agradable de energía. Recibo este regalo en los ojos del alma: una comunión de elementos que se exhibe sin permiso en su reino.
El patio lleva una semana enchumbado, borracho de agua caída del cielo, que le ha cambiado el color piedra por un tono plomizo. Debo hacer un ejercicio de memoria para buscar referencias en el pasado —uno se pasa la vida midiendo, comparando y evaluando—. Tiene mucho que ver con la adivinanza de enmarcar las nuevas referencias del tiempo, por si en el contraste recuperamos las viejas sintonías invernales y frotamos nuestras manos, regocijándonos en la buena nueva. Frotar las manos es el equivalente al aplauso del agradecimiento.
Valsequillo
de Gran Canaria es ahora, al igual que toda la isla redonda, una exuberancia de
verde que duele a la mirada. Un verde olvidado que acentúa su tonalidad con
cada minuto de luz y agua que recibe. Una explosión natural de dimensión
nostálgica que nos recuerda la bondad de las estaciones y el milagro de una
tierra agradecida.
El
lamento ahora es el de las hormigas labriegas borradas: aquellas que en el
pasado rasuraban la yerba —segaban los cortes— y ejercían sobre el paisaje lo
cotidiano de la subsistencia. Pocos son los artesanos de la tierra que han
cambiado sus hábitos en la manía comparativa de los ciclos de antaño. El
agricultor labriego, ganadero, sacrificado del campo, tenía otra hoja de ruta:
la autarquía de su destino, su propia subsistencia sin dependencia. Las
hortalizas, los granos y los vegetales eran el día a día de un trabajo
cotidiano; el supermercado no existía, o al menos no tenía la tremenda adicción
existencial de nuestro tiempo.
No
quiero aquel pasado donde el invierno nos sacaba del poco confort que
destilaban nuestras vidas. Eran tiempos antipáticos para vivir cómodos y,
muchas veces, dignos. La necesidad de bienestar propuso el cambio de roles y de
costumbres; el equilibrio se encaminó hacia la dependencia y, en muchos casos,
al abandono rural. Los campos verdes de nuestras alegrías fueron ayer campos de
trabajo de subsistencia; hoy son parques temáticos olvidados de una naturaleza
anarquista que invade los rincones y revela la estampa del abandono en paredes
y fincas.
Entonces
la parsimonia de la vida entró en el letargo de la prosperidad y los roles de
las costumbres se guardaron en los cuartos de aperos, como las cosas del
abuelo. En ese camino al olvido quedó una melancolía romántica que se
manifiesta con constancia cuando miramos estos campos verdes que adornan
nuestro portal y dulcifican la mirada. Este verde que duele, con sentimientos
encontrados: desde la miseria y la infelicidad de una infancia dura hasta la
lentitud de un tiempo que nos atormentaba con sus puñales de frío.
Somos
parte de esa tormenta que sacude el bienestar de una felicidad inventada,
aunque también somos el recuerdo y la melancolía de un pasado que no siempre
fue tan bonito como este presente. En nuestra conciencia queda el equilibrio y
el cuidado de no olvidar los testigos y referencias de otros tiempos, para
prolongar este espacio que ahora brilla como otra salvación. Disfrutar, al
menos, de esos campos verdes que duelen a la mirada y no obviar este regalo del
cielo.
Observaba ese poder sereno de convivencia natural, esa vida líquida que se manifiesta con la parsimonia de un rito.
Intuí que el cielo lloraba de una manera particular, como solo él lo puede hacer, y en ese llanto —a veces potente, a veces sereno— se diluían todas las frustraciones del desencanto. Más allá de nuestras formas de entender los acontecimientos, esta lluvia infinita, sin tiempo para despejar, era concilio emergente desde las alturas; parte de la ejecución del bienestar como bondad y prudencia de los dioses.
Sus hoyuelos constantes en las charcas daban ternura a la mirada paciente, al pensamiento latente. El oído replicaba ese pulso como cascos de caballerías lejanos.
Vuelvo a la infancia a buscar al abuelo.
Él me daba explicaciones místicas sobre la lluvia, exaltaba su alma labriega, suavizaba su ternura en la mirada y me recordaba el poder de los elementos, el designio de los dioses, aquellos cuya fortaleza se explaya en la bondad.
—Cuando llueve mucho, hay trabajo para todos —decía.
Era la gracia artesana del respiro, del retorno y de la vida. Enumeraba tiempos y labores tras la lluvia: las tierras, las cementeras, las artes labriegas. Más allá, en su pensamiento, buscaba la satisfacción de la cosecha y el nuevo impulso económico para seguir remando a la vida.
El abuelo era sabio.
Sus convicciones sostenían el patriarcado de una familia larga, donde el ejemplo era la única moneda de cambio.
El patio sigue sacudiendo gotas continuas y alegres. Los espejos de agua miran al cielo y simulan pequeños lagos en la memoria de insectos y arácnidos. Bejucos bordados trazan autopistas entre tuneras; encajes de seda que sirven de trampas a la subsistencia. Cada hebra es arte innato.
De niño miraba expectante aquellas redes, pequeños reinos de seis patas hexagonales.
La lluvia alimenta el pensamiento y persiste la ternura de la memoria infantil, donde la admiración era contemplativa y la interacción, misterio. Las cortinas de agua caen sin reparos, como en día de fiesta.
Las regaderas del cielo vuelcan gratitud y clemencia. Vendrán los meteorólogos a hablar de vaguadas y borrascas, a bautizar tormentas con nombres de mujer. Algunas esperan todavía por el suyo.
La lluvia es un villancico tierno, la calma de una sed eterna, la plegaria del camino verde. Es plata líquida que bautiza con generosidad, abrigo de lana, brasa que dibuja el fuego.
Es compañera perfecta para la lectura y el hogar.
La magia que convierte los días copiosos en entrañables.
Amaneció en el Valle Sagrado. Los Incas, establecieron aquí su imperio fundaron sus credenciales y adoraciones en toda su cultura se ad...