martes, 18 de agosto de 2026

LANZAROTE NO ES MI TIERRA, PERO ES TIERRA MÍA

 

Hay mucho de verdad en todos los atardeceres. La luz intensa termina cediendo su reino al paisaje después de haberlo incendiado durante horas, y entonces la tierra parece respirar. Se refresca su piel caliente de tanta candela diurna y Lanzarote cambia lentamente de semblante. Las sombras se alargan, las montañas recuperan sus perfiles y el horizonte se vuelve más profundo mientras el fuego del día comienza a recogerse detrás del mar.

Esta tierra de volcanes, arena y viento posee una extraña capacidad para atraparnos. No necesita exuberancias. Su belleza nace precisamente de lo esencial: de una piel tostada por los siglos, de las cicatrices abiertas por antiguas erupciones, de los conos volcánicos que se levantan sobre el paisaje y de ese viento que nunca vemos, pero que sentimos pasar, limpiando la corteza de la isla y dejando sobre el rostro la caricia salada de su presencia.

La piedra negra, la arena dorada, la cal de las casas, el azul profundo del cielo, los verdes que consiguen abrirse paso entre las cenizas y las parras escondidas detrás de los muros de piedra forman parte de una composición sencilla, pero extraordinariamente hermosa. Y sobre todo ello está la luz, una luz diferente, intensa, capaz de darle al paisaje una dimensión que se queda grabada en la memoria.

Tal vez fue también esa claridad la que atrapó a José Saramago cuando descubrió Lanzarote y comprendió que aquel paisaje podía ofrecerle algo que necesitaba. Quizás silencio, distancia y un horizonte suficientemente ancho para dejar caminar sus pensamientos sin tropezar con demasiados límites.

El escritor portugués encontró en esta isla un lugar donde calmar la sed de sus herramientas literarias y decidió quedarse. Desde Tías contemplaría muchas tardes ese territorio mineral, las montañas desnudas y la inmensidad atlántica, mientras continuaba construyendo sus mundos literarios y profundizando en las grandes preguntas que siempre acompañaron su escritura.

Sus cegueras, sus personajes duplicados, sus reflexiones sobre el ser humano, el poder, la dignidad y la conciencia siguieron creciendo desde una casa lanzaroteña abierta al horizonte, mientras aquel hombre nacido en una humilde aldea portuguesa se convertía en uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo.

Pero Saramago nunca olvidó de dónde venía.

Antes de Lanzarote estuvo Azinhaga.

Antes del escritor estuvo el niño.

Y antes del Premio Nobel estuvieron sus abuelos.

Azinhaga, en el Ribatejo portugués, fue el territorio primero de su memoria. Allí aprendió que las cosas sencillas podían contener una profundidad inmensa. Aprendió de los animales, de los árboles, de los caminos, de las faenas del campo y de aquellas personas que, teniendo poco, poseían una sabiduría construida con trabajo, necesidad y observación.

Entre ellos estaban sus abuelos, Jerónimo y Josefa.

De ellos heredó mucho más que recuerdos. Aprendió el respeto por la tierra, la dignidad del esfuerzo, la importancia de la palabra, la solidaridad y esa forma sencilla de compartir lo poco o mucho que pudiera haber en una casa.

En Las pequeñas memorias, Saramago regresaría muchos años después a aquel niño para recuperar ese universo que seguía viviendo dentro de él. Volvió a los caminos, a los árboles, a los animales, a las voces y a las personas que habían formado su primera mirada sobre el mundo.

De aquella Azinhaga de su niñez hasta este Lanzarote de su madurez había miles de kilómetros, pero también existía un hilo invisible que unía ambos lugares. En uno aprendió a mirar; en el otro encontró un paisaje donde seguir pensando y escribiendo.

Del Ribatejo verde y agrícola a la desnudez volcánica de Lanzarote. Del pequeño José al maestro Saramago. Y entre ambos paisajes, toda una vida.

Tal vez por eso pudo definir su relación con esta isla con una frase aparentemente sencilla, pero llena de sentimiento:

«Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía».

Cada vez que regreso a Lanzarote esa frase adquiere también para mí un significado especial.

Volver cada verano nos llena el alma. Hace ya más de treinta años que venimos construyendo recuerdos en esta isla y, cuando el tiempo se acumula de esa manera, los lugares dejan de ser solamente lugares y comienzan a formar parte de nuestra propia vida.

Aquí están los encuentros familiares, las conversaciones, las comidas alrededor de una mesa, las risas, los hijos creciendo, los paseos, las carreteras, el olor del mar y tantas pequeñas cosas que con los años terminan formando una memoria común.

Lanzarote tiene para nosotros esa capacidad de reunirnos. El gran hermano nos espera y alrededor suyo volvemos a encontrarnos, compartiendo unos días en los que recuperamos el tiempo familiar, la conversación y esa cercanía que tantas veces la rutina va aplazando durante el resto del año.

Por eso regresar a la casa de José Saramago tiene también algo especial. No es solamente visitar la vivienda de un escritor al que admiro. Es entrar en el lugar donde quedaron sus libros, sus objetos, su mesa de trabajo y una parte importante de sus últimos años. Es mirar aquel paisaje que él miraba y tratar de imaginar cuántas ideas, dudas y personajes comenzaron allí.

La casa conserva todavía una sensación de cercanía. Escuchar hablar de José permite descubrir al hombre detrás del escritor: el joven que tuvo que abrirse camino, el lector incansable, el trabajador, el autodidacta, el escritor, el Premio Nobel y, finalmente, aquel hombre mayor que continuó observando el mundo con enorme lucidez.

Y entre toda esa trayectoria permanece también algo del niño de Azinhaga.

Algo aprendido junto a sus abuelos.

Algo tan sencillo como ofrecer un café.

Al terminar la visita llegamos a la cocina de José y allí aparece uno de esos pequeños detalles que ayudan a entender a una persona. Saramago tenía la costumbre de ofrecer café a quienes visitaban su casa. El buchito de café era una manera sencilla de recibir, agradecer y conversar.

Quizás también aquello venía de lejos, de las costumbres humildes de Azinhaga, de aquellas casas donde no sobraba nada, pero siempre había una silla, una conversación o algo que ofrecer al visitante.

Ese gesto me gusta especialmente porque acerca al escritor a la persona. Después de tanta literatura, de tantos reconocimientos y de un Premio Nobel, queda finalmente algo tan simple como compartir un café en la cocina.

Y eso también cuenta una vida.

Salimos de la casa y Lanzarote continúa allí, con sus montañas, su viento y esa luz que lentamente comienza a bajar sobre el horizonte.

Entonces vuelvo a pensar en aquella frase.

Después de más de treinta años viniendo a esta isla, entiendo perfectamente lo que quiso decir Saramago.

Yo nací en otra tierra y mis raíces están en otra isla, pero Lanzarote ha ido entrando también en nuestra memoria familiar. Aquí hemos dejado veranos, encuentros, fotografías, conversaciones y muchos momentos importantes de nuestras vidas.

No necesito buscar muchas más explicaciones.

Hay lugares que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de uno porque allí se han quedado las personas que queremos y los recuerdos que hemos ido construyendo juntos.

Quizás sea eso lo que siento cuando regreso cada verano y vuelvo a mirar el paisaje, cuando nos reunimos con la familia o cuando contemplamos otra puesta de sol sobre esta tierra volcánica que conocemos ya desde hace tantos años.

Y entonces aquella frase de José Saramago deja de parecerme solamente una hermosa definición de su relación con Lanzarote.

También encuentro en ella algo nuestro.

Algo que después de tantos años puedo sentir como propio.

Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía.


FAMARA


El espejo del cielo se mira cada tarde sobre la arena mojada de esta playa del norte, y parece atraer hacia sí las estrellas con un poderoso magnetismo. Hay lugares que contemplamos y otros que, sin saber cómo, terminan contemplándonos a nosotros. Famara pertenece a esos últimos.

Millones de olas milenarias llevan siglos jugando a voltear pequeñas crestas encantadas de rizos y lentejuelas. Aquí naufragaron las piedras del volcán y quedaron sometidas a la lima interminable del rozamiento, redondeándose poco a poco hasta convertirse en pequeños huevos de gaviota abandonados en la orilla. Aquí también las corrientes marinas esconden su traición bajo la belleza: te toman en volandas y pueden lanzarte lejos de tierra, hacia ese olvido peligroso donde el hombre descubre, demasiado tarde, que contra el mar nunca se lucha de igual a igual.

La arena, levantada miles de veces por el viento, golpea y taladra la vegetación, fabrica dunas doradas y las va levantando en pequeñas cordilleras que avanzan tierra adentro. Bajo el sol abrazador, todo parece evaporarse. Los campos pierden sus colores, el paisaje se vuelve mineral y la isla adopta por momentos la apariencia de un inmenso desierto que prolonga sus siluetas hasta el horizonte.

Hoy, al regresar, volví a recordar aquellas tardes de nuestra juventud, contemplando la que siempre he considerado una de las puestas de sol más hermosas de Canarias.

Entonces veraneábamos en la ensenada, en las villas de Famara, bajo los riscos que cada tarde daban su último adiós al día con despedidas monumentales de luces, colores y tonalidades. Allí jugábamos con los niños pequeños, tirándonos por las dunas, improvisando volteretas y toboganes sobre la arena. Era una diversión sencilla, casi primitiva, con sabor a infancia.

Nuestros hijos apenas tenían unos pocos años.

Y creo que aquellos primeros atardeceres comenzaron ya a pintarles el corazón de sensibilidad y armonía. Cada jornada en aquel paraíso de sol constituía un regalo. Una emoción nueva. Una pequeña ceremonia familiar celebrada delante del océano.

Por las mañanas madrugábamos para caminar sobre la playa firme. Con la marea baja, el mar parecía haberse escondido cientos de metros hacia dentro y tocar nuevamente el agua obligaba a caminar buscando unas olas que se alejaban misteriosamente con su retirada.

A veces me preguntaba:

¿Cómo podía existir tanta belleza dormida bajo aquel cielo?

Bajo los riscos escarpados, frente a la inmensidad azul, la respuesta parecía estar precisamente en no encontrar ninguna explicación. Bastaba con mirar.

El rumor del mar se nos metía incluso en los sueños.

Por las noches aquellas aguas parecían hablarnos de sirenas, navegantes y piratas naufragados en sus trampas. Inventábamos historias sobre los caprichos del Creador, que había levantado aquella muralla gigantesca para proteger la playa, extendido después un enorme tapiz de arena para dibujar su concha dorada y traído finalmente al sol para que cada tarde limpiara su rostro sobre el océano.

Hasta las caracolas parecían participar del sortilegio. Permanecían durante horas tendidas junto al mar, bañadas, arrastradas y pulidas, hasta terminar blancas y secas sobre la orilla, confundidas entre aquellas piedras que las olas habían lavado durante siglos.

En aquellas tardes mis hijos se contagiaron de mar y de puestas de sol.

De arenas doradas.

De dunas encadenadas.

Del rumor de unas olas que parecían contarles historias.

Y quizás algunas cosas permanecen escondidas durante años esperando encontrar su verdadera explicación.

Porque mucho tiempo después, una niña llegó a nuestra familia llevando precisamente aquel nombre.

Famara.

Mi nieta.

De alguna manera, aquella playa había viajado con nosotros durante todos esos años. Se había quedado prendida en la memoria de sus padres, entre aquellos juegos infantiles, aquellas caminatas y aquellos atardeceres contemplados cuando apenas comenzaban a descubrir el mundo.

Por eso siempre he pensado que Famara es también hija de aquella playa y de aquellos sueños.

Hoy toda la familia regresamos allí.

Volvimos a caminar por la arena y a contemplar juntos la puesta de sol. Pero esta vez el tiempo había cambiado los papeles. Los niños de entonces eran ahora los padres. Nosotros habíamos llegado convertidos en abuelos. Y aquella pequeña que caminaba entre nosotros llevaba en su propio nombre toda la memoria del paisaje.

Fue un regalo concedido al recuerdo y a la continuidad.

Famara parecía poseída por ese espíritu de luz que rebota sobre la arena y enciende toda la ensenada. El sol descendía lentamente frente a nosotros y convertía el horizonte en una poesía de tierra y agua, una fruta golosa de colores maduros, una melodía dulce que se iba apagando poco a poco sobre el océano.

Entonces comprendí que aquel atardecer también hablaba de nosotros.

Era, de alguna manera, el atardecer de nuestras propias vidas de abuelos. No como una despedida, sino como esa luz más serena que llega después de haber recorrido un largo día.

El mismo destello que iluminó nuestra juventud regresaba ahora para enseñarnos su continuidad.

Muchos años atrás habíamos estado allí jugando con nuestros hijos sobre las dunas. Ahora eran ellos quienes contemplaban el paisaje con su hija.

Famara había tomado el relevo.

Sus padres conservaban el recuerdo.

Nosotros, la bohemia.

Y la playa permanecía exactamente allí, indiferente al calendario, repitiendo una vez más el milagro de su atardecer.

Las olas seguían llegando y el rumor de su voz susurrando


jueves, 6 de agosto de 2026

COSAS DEL VERANO


Calores y olores

Entre aquel verano y este, entre el del pasado y el del presente, solo parece existir una cosa en común: el calor y esa sensación de agobio que se pega al cuerpo.

El sol abraza el ecuador de la tierra y la estación gobierna sus extremos con la cadencia inevitable de los ciclos. Atiza la candela sobre los llanos, que parecen arder bajo las llamaradas del vapor. Estalla el pastizal. Los ocres aparecen, secando y resquebrajando las hierbas altas, bebiéndose hasta la última savia verde de sus tallos.

No hay tregua. Apenas un pacto con el alisio, que refresca la frente con la caricia de la aurora, mantiene una esponja húmeda flotando sobre el norte y la costa y, después, se retira tímidamente al mediodía para dejar paso a la imposición del astro rey. Solo ese pacto de amor con la isla mantiene la lealtad agradecida de su presencia.

Recuerdo aquellos veranos de mi niñez, cuando todo se limitaba al encierro. Veranos de tumbarse a dormir arrente del piso, buscando el frescor de las baldosas; noches de sofoco y tardes enteras jugando en los pasillos de la casa, huyendo de los latigazos del sol.

Mi madre nos encerraba y guardaba la llave para impedir que escapáramos a los embates de aquel castigador solajero.

Mi hermano Tavo era el peligro.

Buscaba mil excusas para forzar la salida. Cuando mi madre se quedaba dormida durante la siesta, él saltaba por la ventana de la cocina y reptaba por la pared que daba a la casa del abuelo. Yo, al principio, lo denunciaba. Después comprendí que aquella prisión de la que él quería escapar también era la mía.

Nos costaba entender los extremos de protección de nuestra madre.

Entonces comenzaban las negociaciones mientras ella bordaba:

—Mamá, ¿a qué hora podemos salir?

Ella fijaba un horario inamovible:

—A las seis de la tarde.

Y allí permanecíamos, todo el tiempo, intentando arañarle minutos al encierro. Primero pedíamos salir a las cinco y media. Luego a las cinco y cuarto. Después a las cinco. Cualquier rebaja nos parecía una victoria.

La suerte aparecía algunas veces en forma de trabajos caseros o de encargos forasteros. Podía llegar algún repartidor que se había hecho amigo de mi hermano y se lo llevaba de acompañante en el furgón durante el reparto.

A mí, en cambio, me seducía la bondad del abuelo.

—Que baje el muchacho a ayudarme en la cueva a amarrar las hierbas —avisaba.

Y allá iba yo.

Nos sentábamos a la puerta de la cueva, al fresquito, haciendo manojos de tomillo, laurel, doradilla, cola de caballo, hierbaluisa, manzanilla y caña limón, o llenando pequeñas bolsitas de orégano.

—¿Y a cuánto vendes estas bolsas, abuelo?

—A pesetas.

—¿Y los manojos de hierbas?

—A una cincuenta.

—¿Y cuántos tenemos que amarrar?

Entonces me daba el ajuste:

—Treinta manojos de cada clase y cincuenta bolsitas de orégano.

Parecía poca cosa cuando lo decía, pero el trabajo se alargaba durante toda la tarde.

Desde un pequeño transistor, colgado de una tacha de la pared, las ondas emitían radionovelas. A veces aquello resultaba un tedio soporífero, apenas amortiguado por las sombras frescas que salían de la cueva, por la compañía del abuelo y por aquellas voces radiofónicas que nos transportaban hacia mundos imaginarios.

Había días más divertidos, en los que nuestra conversación avanzaba entre aprendizajes, ocurrencias y simpatías. El abuelo tenía una gracia especial, un estilo propio que utilizaba según la intensidad del momento. De repente, sin previo aviso, se ponía a soltar pedos escandalosos para liberar los potajes y provocar mis risas.

Y aquello, algunas veces, se nos iba de las manos.

¡Menudo escándalo podían formar algunas de sus digestiones!

Durante los descansos publicitarios de las radionovelas aparecía un personaje que anunciaba los productos con marcado acento mexicano. La invasión musical de las rancheras y los corridos era entonces notabilísima, igual que la de los puntos cubanos. Durante los años sesenta y setenta, la influencia de la cultura mexicana fue extraordinaria.

Aquel actor anunciaba un matamoscas en aerosol, una especie de Mosfertil de la época. Con voz de galán mexicano decía:

—Lupita, ¿has olido el último perfume que traje de Europa? Oro… ¡Oro Matón!

Alargaba las palabras con aquel acento tan chamaco, solemne y exagerado, que a mí me parecía irresistible.

Desde entonces, cada vez que el abuelo tenía una de sus sonoras ventosidades, yo soltaba inmediatamente lo que estuviera haciendo, levantaba la cabeza y, poniendo la voz del actor radiofónico, recitaba:

—Lupita, ¿has olido el último perfume que traje de Europa? Oro… ¡Oro Matón!

El abuelo se moría de risa con mi actuación y con el sentido oportuno que yo le daba al anuncio. Yo permanecía siempre alerta, esperando detectar aquellos olores jediondos para interpretar de nuevo mi papel.

La abuela, al escuchar el escándalo que teníamos armado en la puerta de la cueva, aparecía con unas tazas de café.

Aquel buchito negro y dulce despertaba la tarde y armonizaba la vida.

Durante mucho tiempo llegué a imaginar que el café lo había inventado mi abuela, únicamente para regalarnos aquellos pequeños buchitos de amor familiar.

Porque hay aromas que no desaparecen nunca.

Todavía hoy, cuando el verano aprieta y el aire caliente se queda inmóvil sobre los campos, regreso a aquella cueva, a los manojos de hierbas, a las radionovelas y a las risas del abuelo.

Y comprendo que pocas imágenes pueden ser más hermosas que escuchar su risa en una tarde de verano, sentado a la puerta de la cueva, mientras se acerca lentamente el aroma del café de mi infancia.

domingo, 2 de agosto de 2026

El paisaje aprendido


Siempre ha rondado por mi cabeza la necesidad de reconocer mi paisaje. Esa asignatura la descubrí siendo niño, con aquella mirada curiosa que me obligaba a levantar la vista y contemplar más allá, imaginando cómo sería aquella otra dimensión que se dibujaba en el horizonte.

En ese sueño infantil encontraba la motivación para aprender. Era una curiosidad insistente que, algunas veces, llegaba a intimidar al abuelo por la profundidad y la extensión con la que yo intentaba comprender el mundo.

Corría el año 1970, tal vez. Yo apenas tenía siete años y mi abuelo se había apoderado de mi enseñanza y de mi compañía. Decía que yo era su talismán. Presumía delante de sus amigos de tener un nieto noble, bueno, espabilado y curioso.

Con los años comprendí que la abuela había cultivado en él las virtudes de un hombre sabio y paternal, cercano y profundamente familiar. Cuando nosotros nacimos, y después de perder a nuestro padre siendo aún joven, los abuelos nos rescataron a los hermanos para criarnos y completar con nosotros su ya numerosa familia.

Yo pasé a ser su nieto favorito. Tal vez porque veía en mí una joven promesa o porque encontró en mis preguntas un filón para ejercer de maestro.

—Abuelo, ¿qué hierba es esta? —le preguntaba, con unos pajumes entre las manos.

viernes, 31 de julio de 2026

LA GRANJA DESAFINADA

 


Esta mañana de caldera calentita, la naturaleza ha decidido manifestarse.

Para eso están los gallos, vecinos de Pedro, que han levantado la voz en plena calle. Suelen madrugar y darle cuerda al despertador natural del Portillo de los Pérez, pero últimamente andan calentitos. Entre las afonías, las madrugadas y las supuestas noches de copas, se han vuelto un poco parlanchines y sociópatas analógicos.

Término extraño, seguramente incorrecto, pero perfectamente aplicable a estos individuos de plumas brillantes y altanera mirada.

Lo cierto es que por la zona abundan sus gallardías. Caminan con el pecho inflado y van marcando con sus patas, abiertas en forma de «Y» griega, las tierras tostadas junto a los muros derruidos de la orilla.

Un día de estos terminarán bajando al barranco, deslizándose como kamikazes por los toboganes de tuneras, piedras y tierra seca.

Mientras tanto, seguiremos escuchándolos cantar.

Ya lo llevo avisando desde hace tiempo.

Pero nada.

Ni puto caso.

Por ahí dicen que están más destemplados que los monaguillos en ayunas y que desafinan más que el piano de una iglesia abandonada.

—¡Qué bárbaros todos! —dijo Eric Clapton.

Críticas sin ningún fundamento profesional, naturalmente. Porque los gallos fueron los antecesores naturales y milenarios de los grandes inventos modernos, entre ellos el reloj de pared.

viernes, 26 de junio de 2026

QUEBRADA DE MEMORIA

 


Suspiros libertarios, pensamientos que aligeran,
reproches y conatos, sustancias imantadas,
desatando alegorías, rimas en cascadas,
mientras golpea el eco y el recuerdo venera.

¿Dónde quedó el pasado, si aún resuenan sus ecos?
Fraguó el olvido aislado suspiros entre huecos,
el camino es errante, igual que la memoria,
y el recuerdo perdurable va hilvanando historia.

El olvido no entiende de raíces ni certezas,
la mente escudriña el tiempo con antigua destreza,
la vida, los sueños, la genialidad escondida,
son luces que despiertan en la sombra de la vida.

Atrapando instantes, emociones y melancolías,
el alma va trazando sus propias geografías,
alumno intrépido que desafía las andanzas,
creando en cada herida melodías de esperanza.

Esta mañana el cielo amaneció tan azul e intenso,
que solo quise guardar su color sobre este lienzo.
Y leyendo a nuestro camarada Pedro,
me vi juntando letras y no me arredro.

Porque hay mañanas que despiertan la palabra,
como un rumor de luz que el alma labra,
y en cada verso que del pecho brota,
se queda suspendida una emoción remota.

El cielo puso su tinta en mi mirada,
la memoria su brisa desgastada,
y Pedro, con su voz de compañero,
me abrió de nuevo el surco del sendero.

Así nacen los versos sin medida,
entre azul, pensamiento y vieja vida,
como quien busca en la luz su propio centro
y escribe para ordenar lo que lleva dentro.


martes, 23 de junio de 2026

EL MURMULLO DE LA CONCIENCIA

 


En el pensamiento profundo del espacio,
se escucha el susurro del tiempo,
el canto de las aves que revolotean felices,
inspiradas de vida.

En los albores, pían su energía hacia la luz,
agitan sus alas y danzan en libertad.
El murmullo del mundo se despliega en planos,
escalonado por audiciones casi imperceptibles.

Y mis pies, anclados a la tierra,
comienzan a brotar poesías,
manantiales ricos de sabiduría,
a cada paso, a cada mirada, a cada pensamiento.

Todo es una afinación constante
de esta melodía de la vida.

Y la razón de vivir
me deja una huella filosófica en la memoria;
me suscita ingenio, madurez espiritual
y sosiego con mi propia historia.

Los perfumes del verano colorean el pasto encendido,
plagado de insectos y rumores pequeños.
Los frutos de la estación revientan
en apetitosos manjares de color.

Y la sombra del que siempre fui
regresa fiel a la compañía del Solajero.
Me sigue implacable
y estira sus siluetas negras,
buscando la fuga de la luz.

Siento la lectura de esta vida
como asignaturas pendientes
que se van cumpliendo en el hábito
y se siguen soñando en la ilusión
que alimenta la sabiduría de la experiencia.

 


lunes, 22 de junio de 2026

EL ROBO DE LA BRIO 81


Telde tiene en su haber un gran inventario de motoristas. De hecho, sorprendentemente, en los registros de Tráfico saltó hace pocos años la noticia de que era uno de los municipios de España con más motos registradas en los censos de la jefatura de entonces.

En el movimiento laboral de antaño, la primera necesidad era el transporte para acudir a los curros, y la moto fue la solución inmediata y viable para toda aquella revolución industrial y social que se estaba fraguando. Esta explicación viene a cuento porque, allá donde abundan los motoristas, suceden historias. Y nuestra magua es no poder descubrirlas a la velocidad que nos gustaría. Por ello invertimos imaginación narrativa y crónica de tiempos pasados.

Anastasio Guerra compró una Montesa Brío 81 a mediados de los años sesenta. Era el rey de la carretera y de La Peña. A buen seguro, las tertulias y las salidas giraban en torno a las bondades de aquella máquina, adquirida en Viuda de Peñate, en la capital.

Debemos recordar que la Brío 81 tenía una particularidad y notoriedad manifiesta: lucía dos salidas de escape ancladas a un mismo cilindro. Aquel ingenio le daba una potencia y elasticidad de motor que la hacía noble de comportamiento y muy deseada por la juventud.

Su salida al mercado, en el año 1958, causó gran sensación y una destacada demanda. Mi tío Domingo Fleitas compró una de aquellas joyas de entonces y aún la conserva, después de sesenta años, en su garaje.

—Yo recuerdo bajar por la casa de Los Lagartos, por El Palmital, yendo temprano a trabajar a Telde. Iba recogiendo gente por la carretera. Iba con dos pasajeros y, si veía a otro caminante, paraba, me echaba hacia delante en el sillón y le decía: “Súbase por ahí, que llegamos todos”.

Y hasta cuatro jóvenes llegaron a ir una vez en la moto, aunque tres pasajeros era lo mínimo.

Volviendo a las vicisitudes de Anastasio, en mala hora le robaron su moto en la puerta de la casa, de noche. Él trabajaba con Miguel León y bajaban todos los días a Tirajana y a los pagos del sur, en pleno nacimiento del turismo, con la rasquera de no saber nunca dónde fue a parar la moto.

A los pocos días, vio de lejos una moto aparcada en una zona deshabitada de aquellos barrancos sureños y le comentó a Miguel:

—Coño… ¿a ver si va a ser la moto que me robaron la semana pasada?

Miguel, más absorto en sus problemas laborales que en la moto, le quitó importancia:

—¿Cómo va a estar tu moto aquí abajo, en el sur, si te la robaron en Telde? Eso será de algún ranchero o pocero que anda por ahí.

Y pasaron dos días más viendo la moto aparcada en el mismo lugar, siempre comentando la duda. Entonces la curiosidad y el deseo acabaron por intimidar a Miguel, que tomó el desvío para verificar la certeza.

Y efectivamente. Era la moto de Anastasio.

Después de robarla, la habían dejado abandonada en aquellos andurriales, quizá por miedo a las represalias. Y es que, en los tiempos de antes, no se robaban las motos para revenderlas por piezas desguazadas. La mayoría de los hurtos eran por necesidad de moverse o por la maldad del intento, pero no había terceras intenciones, ya que el brazo de la ley era muy duro.

Entonces, después de usarla durante algunas horas, la dejaban abandonada como acto de arrepentimiento.

miércoles, 13 de mayo de 2026

FIESTA DE LAS TRADICIONES


 La pendiente del Rincón no perdona. La cuesta es revirada y le hace dar unos pujidos de más al Opel de Pepito cuando afronta la subida para el casorio. Y viene al caso el encargo de maestro Pancho para casar a la hija con el gandul del hijo de Lucrecio. A Romualdita ya se le notaba el bulto y, aunque todos tenían claro que aquel melón fue plantado por el leño de Ambrosio en las cuevas de la umbría, entre los familiares se anduvieron pronto para casar a la muchacha —que le faltaba un hervor—. La reputación de maestro Pancho ya andaba de boca en boca.

Abajo, en las cuarterías, las mujeres daban consejo y aventaban, “jablantiniando”, los apuros del casorio.

Todo estaba preparado en El Rincón y por fin, apareció el coche de Pepito el de Bartolo, con el fotingo apuntadito cuesta arriba a la puerta del local. Tremendo revuelo tras las cortinas y los visillos. Y como andaban en fiestas, todo se distrajo un poco. Llegó el párroco, rosario en mano, a recibirlos.

—¿Trajo los anillos? —preguntó.

Y el tolete de Lucrecio se tiró mano a la chaqueta esrengada y anduvo hurgando los agujeros hasta encontrar, enganchado, el cajetín. Tuvo que virar el bolsillo al revés para desengancharlo.

—Aquí está, padre.

Mientras tanto, las hablantinas alongadas a los pretiles le sacaban el cuero a la muchacha, que desde que sus padres se fueron a echar tomateros nadie le echaba ojo en el barrio… aunque Ambrosio le echó algo más. Y tuvieron que casarla en plena luz del día para callar los chismes.

La pareja de la Guardia Civil se anduvo por la zona, siempre arrastrando la capa. Tremendos personajes, con tricornio y bigote de mando. Hoy estaban de buenas porque iban a lambiar gratis por las fiestas.

Los indianos afloraron con los bártulos de tiempos mejores: maletas de madera, sorianas blancas, sombreros de ala corta y miradas perdidas de salitre atlántico, de quienes cruzaron el océano de ida y vuelta. Aquí dejaron sus cuevas y sobrinos, como quien deja motivos para regresar; unas chapas donde plantar papas, unas higueras blancas y unos matos agarrados a los cantiles.

Ahora regresaban con más regocijo que perras, porque el eco del canto que recitaron apenas les devolvió perlas. Aún resuena en las memorias aquello de que salieron huyendo de las decadencias de estas tierras:

“A Cuba me voy, padre,
a comer plátanos fritos,
porque los pobres de Canarias
son esclavos de los ricos”.

Allí estaban todos, recién llegados. Bajaron los enseres del coche pirata que pudieron traer y aprovecharon, entre saludos felices a los viejos conocidos, para comprometer al retratista que andaba con el daguerrotipo en mano, dispuesto a inmortalizarlos ahora que andaban guapos, aunque igual de flacos que cuando partieron.

La fiesta de las tradiciones en El Rincón de Tenteniguada nos llenó de un gozo espontáneo, de un recuerdo casi doliente, de la esencia de un pasado que nunca se ha ido, porque sigue insistiendo en quedarse, como los burros y las gallinas cuando se les da campo y trabajo.

Cuántas sonrisas sorteadas. Cuántos gozos disfrazados. Unos de edad avanzada; otros, remendando el pasado que tuvieron, aunque esta vez lo hilvanen con risas y fiestas.

Unas tradiciones que hacen honor a lo rural y antiguo, a los pasajes olvidados de nuestros antepasados, al esfuerzo de una vida dura y llana.

jueves, 7 de mayo de 2026

AMANECE Y LLUEVE OTRA VEZ

 

Mi nieta vino a verme en la mañana como la luz del día inmortal, un ciclón de energía adorable, una tierna primavera de colores que brilla, y en su mirada los genes; los genes que identifican nuestro viaje a través del universo, allá donde se cruzan los caminos y continúan su andar.

Hoy es capicúa de existencia: 6363, combinación matemática que asustaba en mi niñez por la dimensión del viaje que partía desde la infancia. Llegar allá, tan lejos, parecía imposible. Pero ahí estaba la dinámica de los giros terrestres para centrifugar la vida, enseñar con experiencias, vivir con gratitud y cultivar con integridad.

Pasajeros del amor y la curiosidad, caminantes de hacer caminos al transitar, aprendices de la vida y su tenacidad, responsables del silencio y la algarabía, del concierto y la paz. El destino viene enhebrando desde lejos, tejiendo formas y maneras, esculpiendo labores, conocimientos y cultivando la amistad; y, en tantos avatares predispuestos, la luz que clarifica esa expresión de vivir.

El patio está mojado y sigue cayendo ese polvo de agua que imanta la tierra. La mañana aún no ha sacudido su frío tempranero; el sol encontró a la tierra elegante, con capa y sombrero. Nubes bajas, colchones de algodón que duermen arropados por el calor que aún desprende la tierra.

No recuerdo disfrutar tanto del tiempo desde mi niñez, cuando lo calaba, lo quería leer y comprender. Cuando era niño, y con apenas siete u ocho años, acompañaba al abuelo al mercado. Con aquel vetusto y simpático “cuatro latas” —Renault 4L— recogíamos a un señor de la Orilla del Palmital. Su nombre era Juanito Marrero, pero nosotros le llamábamos “el hombre del tiempo”, porque su conversación comenzaba siempre por el tiempo y continuaba en charla inacabable.

Una de aquellas mañanas estivales de verano, con noches intensas y acaloradas, en las que apenas duermevelas aliviaban el sopor de los calores y el sueño, bajamos de nuevo al mercado con el abuelo. Y ya estábamos pensando en los titulares del hombre del tiempo, por su carácter continuo de insistencia.

Cuando Juanito entró en el cuatro latas, llegó con tal sofoco que su expresión fue diabólica y agorera:

—¡Yass, Miguelito, fuerte candela, ¡cristiano! ¡Esto es insoportable!

Mi abuelo, acalorado también, aguantaba el tipo, pero ya comenzaba a hartarse de tener que soportar también sus calenturas.

lunes, 27 de abril de 2026

Generosa, siempre desprendida, llegó la luz.

 



Su infinita gracia luminosa marcó el umbral y sometió a las sombras al marco de su identidad. Aquella infancia rural, entre el tedio y la frustración, mendigaba libretillos de vaqueros y letras para alimentar nuestra imaginación y nuestra sed de saber. Aunque, para ser honesto, todo comenzó mucho antes.

Primero fueron los tebeos: la creatividad desbordada de descifrar sus casilleros de caricaturas, las expresiones costumbristas, el vocabulario desenfadado e ingenioso de unos personajes deformados en sus perfiles y ajustados al pulso de un autor imaginativo y justiciero.

No había nada que alegrara más el alma infantil que recibir aquellos tebeos. Eran un caudal de felicidad: la visión de un mundo paralelo lleno de gracia, donde los personajes eran mis amigos. Me contaban otras versiones del mundo y yo quería corretear con ellos en sus aventuras. Y, cuando ya estaba harto de novelas e historietas con final justiciero, llegaron El Jabato y El Capitán Trueno, dispuestos a luchar contra tiranos e injusticias.

Yo planchaba las revistas, las guardaba en su perfil más plácido y volvía a ellas mil veces, porque no tenía qué leer, y solo me hacía feliz mi pequeño archivo de pobre bibliotecario.

Uno de los recuerdos más sensoriales que conservo —cuando la familia bajaba a casa, a Telde— era escaparme a la biblioteca León y Castillo para hurgar entre libros, títulos, sinopsis y carátulas. Yo quería leerlos todos. Mi mente intentaba resumirlos devorando con la vista las imágenes y los chistes. Aquel tesoro dormido en los estantes era tan abundante y generoso que susurraba en silencio su existencia. Y cuando sentía que acariciaba sus cubiertas, despertaban y me hacían guiños de ternura.

Pasaron algunos años de salteador de libros ininteligibles, de lector en tránsito hacia la comprensión, pero seguía leyendo. Hasta la Biblia: una grande y sagrada que tenía mi abuelo, quien se convirtió en evangelista ya de mayor, ante la infinita incomprensión de mi abuela, que atribuyó aquello a una locura transitoria de la edad o algo parecido. Aunque, en su infinita sabiduría, se lo reprochaba con el amor que le tenía a aquel hombre tan aventurero de la vida.

Yo, cuando el abuelo trabajaba, cogía aquella Biblia a hurtadillas e intentaba adivinar, como un detective, qué escondían aquellas letras tan sabias y universales para haberlo atrapado en su destino. Creo que fue una estrategia más social que afectiva: él y su habilidad para envolverlo todo en misterios y silencios. Aunque su amor paternal infinito estaba regido por otras leyes de la naturaleza.

Y un día, en aquella juventud errante e inconformista, cayó en mis manos Juan Salvador Gaviota. Recuerdo que me detuve de pronto: quedé pasmado con su lectura, hipnotizado por su relato. De repente, todo dentro de mí se sacudió con una felicidad contenida; se abrió una puerta corredera al entendimiento y se calmaron mis búsquedas de lecturas comprensibles. Fue un subidón de adrenalina que cambió hasta mi comportamiento. Era como si me hubiera pasado la vida esperando ese momento de revelación que por fin había llegado.

Entonces salté al vacío de la lectura. Ya no me importaba si entendía o no las historias. Yo solo quería leer, dejarme llevar por los relatos en un viaje interminable hacia otros mundos. Y en esos otros mundos sigo soñando con aquellas vibraciones y entusiasmos.

Un mundo sin letras sería una infinita injusticia de caos.

Feliz Día del Libro y del Autor.


jueves, 16 de abril de 2026

Constancia y pasión por el deporte.


Yayo. Cumple diecisiete. Ya eres mayor chaval. Como corre el tiempo, como salta esa juventud, que encesta triples a granel. Estamos muy orgullosos de ese deportista full que llevas dentro y que has ido cultivando desde pequeñajo.

Tenemos guardado en el patio de casa las tres marcas del enganche de la canasta, que empezamos a subir de altura por el listón, por que tu crecías, y lo más triste es que ya de pequeñito nos dabas una paliza a canastas increíble.  Comenzamos por la altura y luego por la lejanía. Un día te aposté desde la esquina de la fuente. A mi me costaba llegar y tu arqueabas el cuerpo espín ese pequeño que tenías. Y no solo llegabas a la canasta si no que nos humillabas con los encestes, Cabrito. Aquel día fue cuando dejamos de jugar al baloncesto, para no nos humillaras con tus excepcionales canastas de profesional… Aunque cuando miramos la canasta, que sigue ahí en tu honor. Nos acordamos siempre de ti. Yayo.

Bueno chavalote, esperamos que pronto llegues a la NBA, -O al menos seas un profesional del baloncesto- y no dejes de ilusionarte porque tú si puedes. Eres un grande y estamos muy orgullosos de ti. Cabroncete. Ah... ¡Y no te preocupes por la edad, eso se pasa pronto!

Felicidades Yayo. Te queremos mucho en Valsequillo muchacho.


domingo, 12 de abril de 2026

LA POESIA QUE NOS DESPIERTA POR DENTRO

 


Como dice Freya, —con generosidad y juicio—, gracias a José M.ª Millares por despertar conciencia poética y cautivar al aprendiz de lector. Fue un rocío de palabras y pensamientos que cayó de repente sobre un campo minado de frescura primaveral, y nos enganchó el frescor de sus musas para reconvertir en expresión nuestras inquietudes dormidas, nuestros sueños inagotables: esa fuente de poder en la que se estancan nuestros pensamientos, reteniendo experiencias y dibujando bocetos con el pincel de Picasso.

Garabatos que luego coloreas como el grito de los niños en un recreo, intentando llamar la atención.

Esta actividad lectora se consagra en la palabra escrita —bebiendo de sus fuentes—, se extiende en el pensamiento reflexivo y se galantea en la expresión oral. Descubrir el estímulo que acerca el estribillo al cancionero produce vibraciones y percepciones sensoriales que liberan nuestras letras prisioneras, esas que guardamos en fila india jugando al escondite, sin revelar su identidad, porque el autor que llevamos dentro vive atrapado en su colchón de paz y pleitea con sus enemigos: la moral, la incomprensión, el ridículo, la satisfacción.

El mayor enemigo del poeta es sentirse prisionero de sus palabras. Entonces se asoma a las ventanas, sacando la mano a la brújula del viento, y derrama al aire su libertad: sus musas, sus gritos desordenados, sus relatos encadenados, sus pensamientos encapsulados, azarosos de ser vistos por un enemigo cruel y despiadado.

No hay consuelo en la incomprensión, ni coraje en la redacción sin emoción; no hay música sin latido, ni conciertos sin alma, ni público en las plateas. No hay telón sin misterio, ni público sin identidad.

De repente, esos conciertos y ensayos estallan: saltan notas encadenadas y melodías recitadas. Se forman coros, tarareos de la mano de una sonrisa feliz, una emoción contenida. En el aire, un misterio mágico: un duende susurra y golpea la sensibilidad para despertar a los poetas que llevamos dentro. Las musas se desatan, transcriben, gritan, corren por los pasillos llamando al recreo.
—Hay ensayo, hay ensayo —balbucean.

Hypatia, la dulce voz de las musas, despierta.

Afuera es primavera invernal: frío que se siente, verde que duele, y el aire limpio golpea. Clara la mente idea; en la calle, el aliento, el corazón y el momento.

La vida hace cosquillas y en la cara asoma una sonrisa tímida. Los ojos vigilan y el aire, lleno de aromas, ayuda a colgar en las líneas letras ordenadas en partituras, a orear.

POESIA & DEBATE

Ayer disfrute del reconocimiento de la poesía, de Jose Mª Millares Sall en el club de lectura Hypatia. Pero pude entender y descifrar la belleza de las palabras cuando Rosi recitó la melodía de sus partituras con una frescura transparente que caló, En el ambiente. descifrando los códigos de la voz.

Hoy el pensamiento me intimida, me recuerda y adormece

Sin mayor reparo ni intención, quedé absorto en la emoción y a escribir acontece

No quiero desvelar poesía escrita en el papel,
sino el pulso que se enciende cuando vibra en otro ser;
pensamientos literarios, hondos, libres, sin atar,
como un cauce que en la noche no se deja descifrar

Lengua que brota del silencio hermoso del pasivo,
convirtiendo en monumento la literatura recitada.
Palabras encadenadas que hablan de locuaz cautivo
y sacan el perfil altivo de quien se pronuncia en la nada.

Belleza al encuentro del poeta suscita talante y mirada,
y una reciprocidad comulga; en estas tertulias disipadas
el mar perenne comulga.
Aires de manantiales sonoros en la opacidad del silencio:
no cambia el ritmo ni juzga
la palabra ni el aliento.

Emociones que se encuentran, surfean y desfilan:
unas al aire cuentan, otras al sol ventilan.

Poeta es aquel que, buscando melodía,
se encuentra partituras que nunca sonarían;
tiempos de respiro y sentencia,
recuerdos que, nublados de olvido, despiertan
el auxilio de la búsqueda:
un estío expiatorio, una deriva, un promontorio,
una madeja de hilos que, ondulados sobre lana,
siguen el orden encadenado de quien envuelve.

Las caricias del frío resuelven
y al estío inquebrantable vuelven
por los ventanales del río.

Pájaros de la mañana que alegres comienzan a piar,
no basta la danza del sol,
ni el temblor dorado que en las cornisas se posa,
si la voz no se inclina a escuchar
lo que en la sombra reposa.

Y el poeta —sin saberlo— permanece
en ese borde sin dueño,
donde el lenguaje es apenas un sueño
que al pronunciarse acontece.

sábado, 28 de febrero de 2026

CONVERSACIONES EN UNA TIENDA


El fin de semana llegó cargado de nubes obreras, trayendo enchumbados mensajes de continuidad invernal. Después de tanta tierra amasada por la borrasca —que había ampliado su radio de acción— el presagio sonaba a sillón y lectura mientras escucho a Michael Bennett en los sonidos del tiempo; o a sobremesa de mantita y Netflix, atacando alguna serie de thriller o una clásica romántica. Yo lo llamo felicidad hogareña para los sentidos. Un buen vino, claro, también ayuda al encuentro de las clarividencias.

El viernes ya estuvo vivo. Esa melodía de chubascos precisos e intensos devolvió al paisaje la cara lavada y la sensación térmica invitó al armario a sacar los abrigos. Nada más hermoso que esos rocíos en el patio, mientras las chorreras del tejado salpican con puñales de plata el suelo de cantería.

Por cierto, hay una pareja de “pispiritas” —pájaros de agua, alpispas— que han encontrado el lugar de sus sueños en el patio. Vienen saltando, escuchan a nuestros canarios prisioneros en jaula y sus ensayos matutinos, y se sienten en un hábitat especial: la fuente, las plantas… Se han enamorado de las helechas y hasta allí se reúnen para declararse ese amor de pájaros que mueven alegre su colita larga, como una batuta al compás del cortejo.

Hoy es día de visita a la tienda de la tía Nieves. Siempre subimos a media mañana a tomar el buchito de café de borreguillo, ese que se cuela y cuyo aroma invade la estancia. Recuerdo en la niñez a una tía abuela que adoraba el café. Tomaba muchos al día y, en ese rito, nos invitaba a los más pequeños al buchito dulce de ese aroma inconfundible y antiguo. Allí me aficioné a la esencia de este manjar milagroso, que enamora en el aire y despierta en el paladar el milagro de estar vivo.

La tía Nieves tiene la tienda en Las Vegas de Valsequillo, y allí conversamos de las cosas de antes y de ahora. Encontrarte aún con una tiendita de aceite y vinagre de toda la vida te empuja a pensar en las tertulias que allí se generaban:

—Nievita, ¿tiene usted un paquete de velas y una caja de fósforos? Y mire a ver si le queda alguna palmatoria, por si se va la luz en estos días oscuros.
—Ah, y pilas para la linterna, que uno solo se acuerda cuando las necesita y se la encuentra vacía.
—También necesito un kilo de carburo y un litro de petróleo, que mi padre quiere tener en la cueva del barranco.
—Y dos kilos de gofio del molino, póngamelo en cartucho de papel, que el otro, el empaquetado en presigla, no le gusta.

Nievita sigue la retahíla entre la balanza y el envoltorio. No tiene prisa por despachar. Allí la vida se maneja con voluntad familiar y el pulso del día a día le sigue dando razones para mantener abierta la tienda en su senectud. Recuerda y cuenta los pasajes de toda una vida, con una fina ironía del destino, relatos que hoy son legado para los suyos.

El foco de la actualidad sigue siendo el mostrador, escaparate de las pocas gentes que aún conversan mientras ella dosifica el tiempo, como si exprimiera su propia constancia.

La tienda de aceite y vinagre de Nievita Ortega es la última que queda en el pueblo. Y mientras su puerta siga abierta, el barrio conservará un latido antiguo que no entiende de cierres ni modernidades.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Poetas en la oscuridad

 

Era tan pronto,tan pronto, que el sol encontró dormida a la luna;

y ella avergonzada, tapó su cara a la luz de su desvelo,

y siguió balanceándose en la cuna de su cielo.

Y el con su candida ternura cubrió su cuerpo de nubes blanquecinas, dejando que se diluya en un último sueño de dulzura, mientras ilumina a ese día que vaticina.

El despertar llega como un cuento

para que la vida escriba su destino,

pues lo viviente está marcado con un sino que a cada cual da experiencias diferentes.

La creación se repite día a día en esa noria que el tiempo menea,

y cada episodio marcará su melodia,

que quedará en pasado para que el presente vea.

El futuro se abre con ventanas

que asoman al infinito del será.

Los augurios son presagios de un mañana que los duendes de la vida en el renglón vacío escribirán.

Y ahora despierto pero somnoliento de mi sueño,

a la luna con agua clara,despejo de mi faz.

Y me irradio de esa luz que a mí cuerpo hace dueño de los pasos que marcan cada huella de mi estar.


Manrique.


Con qué placer meces la luna, como si el cielo fuera una cuna suspendida,

como si la noche aprendiera de tus manos, el arte secreto de despertar.

Desde este paraíso azul de mar, la aurora gira, danza, insiste.

Las horas se diluyen en la oscuridad, mientras la libertad se llena de luz.

Hay noches que sueñan en silencio, que laten despacio

esperando el instante exacto, en que todo florece.

Luz que no termina nunca. Luz que pronuncia tu nombre en lo infinito.

En algún lugar —hermoso, intacto— la razón respira en armonía.

Y si la luz no se quiebra en el miedo, si la noche aprende a florecer,

es por la huella serena de Pedro, que sabe alumbrar sin aparecer

Poetas en la oscuridad…

sábado, 14 de febrero de 2026

AMAR VALSEQUILLO


Tal vez el amor no siempre tenga rostro humano. A veces tiene forma de valle

La carretera que sube a Valsequillo atraviesa la Cañada Salvia India con una naturalidad antigua. No corta el valle: lo sigue. Una curva suave, luego otra, y el paisaje comienza a desplegarse sin estridencias. La subida no impone; acompaña.

A ambos lados, los bancales dibujan líneas pacientes sobre la tierra. Cada franja cultivada es un gesto repetido durante generaciones. El verde se extiende como un mar contenido, y mientras el coche avanza, algo en mí desacelera. Subir no es solo ganar altura; es ganar perspectiva.

En una de las primeras curvas, la hondonada se abre por completo. El relieve ondulado respira bajo la luz cambiante. Las ovejas, dispersas sobre la ladera, parecen nubes detenidas a ras de suelo. Más arriba, los pinos inclinados por la ventisca sostienen su resistencia sin dramatismo. Desde cierta distancia, el castillo de Vista Alegre observa en silencio, como un guardián discreto del tiempo.

Es entonces cuando el presente se vuelve poroso.

Mientras el motor mantiene su ritmo constante, mi imaginación retrocede. Sobre esa misma ladera ya no veo solo hierba: aparecen arrieros conduciendo bestias cargadas, pasos firmes sobre senderos de polvo. Hombres curtidos por el sol, avanzando despacio, negociando cada pendiente. Los imagino cruzando el valle al amanecer, cuando la bruma todavía se aferra al fondo de la cañada.

Donde hoy el asfalto suaviza el trayecto, antes hubo caminos de piedra y tierra. Labradores inclinados sobre los surcos, abriendo la piel del terreno con herramientas sencillas. La forma del valle no es casual: fue trabajada. Cada bancal es memoria acumulada, cada muro de piedra una conversación entre el hombre y la pendiente.

La carretera asciende, pero el tiempo desciende conmigo. Veo manos que levantaron muros, espaldas que soportaron cargas, miradas que midieron el cielo para decidir la siembra. No hay épica en esa imagen; hay constancia. El valle no nació armónico: fue modelado con paciencia.

Un olor vegetal entra por la ventanilla entreabierta. Tierra húmeda primero, luego hierba templada por el sol, después el fondo áspero de tederas y cardos. El aire trae presente y pasado mezclados en la misma respiración.

Hay un punto exacto en la subida en que el paisaje se ordena ante los ojos. La carretera se ensancha y suelta la velocidad, el gesto mecánico coincide con una certeza interior: este lugar no es solo geografía. Es herencia.

Lo que más abunda en la tierra es paisaje. Pero no todo paisaje guarda memoria. Este sí. Aquí cada curva conserva la huella de quienes la caminaron antes de que existiera el asfalto. Cada ladera sostiene la sombra de los que la trabajaron sin dejar nombre.

Cuando el pueblo aparece al final de la subida, no siento que haya llegado. Siento que he atravesado capas. El presente se sostiene sobre pasos antiguos.

Salvia India permanece abajo, extendida y fiel.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, sé que no cruzo un valle de melancolía,

sino un valle de permanencia.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, comprendo que este valle no se deja atrás.
Se queda.

El paisaje de Valsequillo no promete eternidad.
Simplemente está.
Y eso basta.

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