Como
dice Freya, —con generosidad y juicio—, gracias a José M.ª Millares por
despertar conciencia poética y cautivar al aprendiz de lector. Fue un rocío de
palabras y pensamientos que cayó de repente sobre un campo minado de frescura
primaveral, y nos enganchó el frescor de sus musas para reconvertir en
expresión nuestras inquietudes dormidas, nuestros sueños inagotables: esa
fuente de poder en la que se estancan nuestros pensamientos, reteniendo
experiencias y dibujando bocetos con el pincel de Picasso.
Garabatos
que luego coloreas como el grito de los niños en un recreo, intentando llamar
la atención.
Esta
actividad lectora se consagra en la palabra escrita —bebiendo de sus fuentes—,
se extiende en el pensamiento reflexivo y se galantea en la expresión oral.
Descubrir el estímulo que acerca el estribillo al cancionero produce
vibraciones y percepciones sensoriales que liberan nuestras letras prisioneras,
esas que guardamos en fila india jugando al escondite, sin revelar su
identidad, porque el autor que llevamos dentro vive atrapado en su colchón de
paz y pleitea con sus enemigos: la moral, la incomprensión, el ridículo, la
satisfacción.
El
mayor enemigo del poeta es sentirse prisionero de sus palabras. Entonces se
asoma a las ventanas, sacando la mano a la brújula del viento, y derrama al
aire su libertad: sus musas, sus gritos desordenados, sus relatos encadenados,
sus pensamientos encapsulados, azarosos de ser vistos por un enemigo cruel y
despiadado.
No
hay consuelo en la incomprensión, ni coraje en la redacción sin emoción; no hay
música sin latido, ni conciertos sin alma, ni público en las plateas. No hay
telón sin misterio, ni público sin identidad.
De
repente, esos conciertos y ensayos estallan: saltan notas encadenadas y
melodías recitadas. Se forman coros, tarareos de la mano de una sonrisa feliz,
una emoción contenida. En el aire, un misterio mágico: un duende susurra y
golpea la sensibilidad para despertar a los poetas que llevamos dentro. Las
musas se desatan, transcriben, gritan, corren por los pasillos llamando al
recreo.
—Hay ensayo, hay ensayo —balbucean.
Hypatia,
la dulce voz de las musas, despierta.
Afuera
es primavera invernal: frío que se siente, verde que duele, y el aire limpio
golpea. Clara la mente idea; en la calle, el aliento, el corazón y el momento.
La
vida hace cosquillas y en la cara asoma una sonrisa tímida. Los ojos vigilan y
el aire, lleno de aromas, ayuda a colgar en las líneas letras ordenadas en
partituras, a orear.



















