El fin de semana llegó cargado de nubes
obreras, trayendo enchumbados mensajes de continuidad invernal. Después de
tanta tierra amasada por la borrasca —que había ampliado su radio de acción— el
presagio sonaba a sillón y lectura mientras escucho a Michael Bennett en los
sonidos del tiempo; o a sobremesa de mantita y Netflix, atacando alguna serie
de thriller o una clásica romántica. Yo lo llamo felicidad hogareña para los
sentidos. Un buen vino, claro, también ayuda al encuentro de las
clarividencias.
El viernes ya estuvo vivo. Esa melodía
de chubascos precisos e intensos devolvió al paisaje la cara lavada y la
sensación térmica invitó al armario a sacar los abrigos. Nada más hermoso que
esos rocíos en el patio, mientras las chorreras del tejado salpican con puñales
de plata el suelo de cantería.
Por cierto, hay una pareja de
“pispiritas” —pájaros de agua, alpispas— que han encontrado el lugar de sus
sueños en el patio. Vienen saltando, escuchan a nuestros canarios prisioneros
en jaula y sus ensayos matutinos, y se sienten en un hábitat especial: la
fuente, las plantas… Se han enamorado de las helechas y hasta allí se reúnen
para declararse ese amor de pájaros que mueven alegre su colita larga, como una
batuta al compás del cortejo.
Hoy es día de visita a la tienda de la
tía Nieves. Siempre subimos a media mañana a tomar el buchito de café de
borreguillo, ese que se cuela y cuyo aroma invade la estancia. Recuerdo en la
niñez a una tía abuela que adoraba el café. Tomaba muchos al día y, en ese
rito, nos invitaba a los más pequeños al buchito dulce de ese aroma
inconfundible y antiguo. Allí me aficioné a la esencia de este manjar
milagroso, que enamora en el aire y despierta en el paladar el milagro de estar
vivo.
La tía Nieves tiene la tienda en Las
Vegas de Valsequillo, y allí conversamos
de las cosas de antes y de ahora. Encontrarte aún con una tiendita de aceite y
vinagre de toda la vida te empuja a pensar en las tertulias que allí se
generaban:
—Nievita,
¿tiene usted un paquete de velas y una caja de fósforos? Y mire a ver si le
queda alguna palmatoria, por si se va la luz en estos días oscuros.
—Ah, y pilas para la linterna, que uno solo se acuerda cuando las necesita y se
la encuentra vacía.
—También necesito un kilo de carburo y un litro de petróleo, que mi padre
quiere tener en la cueva del barranco.
—Y dos kilos de gofio del molino, póngamelo en cartucho de papel, que el otro,
el empaquetado en presigla, no le gusta.
Nievita sigue la retahíla entre la
balanza y el envoltorio. No tiene prisa por despachar. Allí la vida se maneja
con voluntad familiar y el pulso del día a día le sigue dando razones para
mantener abierta la tienda en su senectud. Recuerda y cuenta los pasajes de
toda una vida, con una fina ironía del destino, relatos que hoy son legado para
los suyos.
El foco de la actualidad sigue siendo
el mostrador, escaparate de las pocas gentes que aún conversan mientras ella
dosifica el tiempo, como si exprimiera su propia constancia.
La tienda de aceite y vinagre de
Nievita Ortega es la última que queda en el pueblo. Y mientras su puerta siga
abierta, el barrio conservará un latido antiguo que no entiende de cierres ni
modernidades.



















