Hay mucho de verdad en todos los atardeceres. La luz intensa termina cediendo su reino al paisaje después de haberlo incendiado durante horas, y entonces la tierra parece respirar. Se refresca su piel caliente de tanta candela diurna y Lanzarote cambia lentamente de semblante. Las sombras se alargan, las montañas recuperan sus perfiles y el horizonte se vuelve más profundo mientras el fuego del día comienza a recogerse detrás del mar.
Esta
tierra de volcanes, arena y viento posee una extraña capacidad para atraparnos.
No necesita exuberancias. Su belleza nace precisamente de lo esencial: de una
piel tostada por los siglos, de las cicatrices abiertas por antiguas
erupciones, de los conos volcánicos que se levantan sobre el paisaje y de ese
viento que nunca vemos, pero que sentimos pasar, limpiando la corteza de la
isla y dejando sobre el rostro la caricia salada de su presencia.
La
piedra negra, la arena dorada, la cal de las casas, el azul profundo del cielo,
los verdes que consiguen abrirse paso entre las cenizas y las parras escondidas
detrás de los muros de piedra forman parte de una composición sencilla, pero
extraordinariamente hermosa. Y sobre todo ello está la luz, una luz diferente,
intensa, capaz de darle al paisaje una dimensión que se queda grabada en la
memoria.
Tal
vez fue también esa claridad la que atrapó a José Saramago cuando descubrió
Lanzarote y comprendió que aquel paisaje podía ofrecerle algo que necesitaba.
Quizás silencio, distancia y un horizonte suficientemente ancho para dejar
caminar sus pensamientos sin tropezar con demasiados límites.
El
escritor portugués encontró en esta isla un lugar donde calmar la sed de sus
herramientas literarias y decidió quedarse. Desde Tías contemplaría muchas
tardes ese territorio mineral, las montañas desnudas y la inmensidad atlántica,
mientras continuaba construyendo sus mundos literarios y profundizando en las
grandes preguntas que siempre acompañaron su escritura.
Sus
cegueras, sus personajes duplicados, sus reflexiones sobre el ser humano, el
poder, la dignidad y la conciencia siguieron creciendo desde una casa
lanzaroteña abierta al horizonte, mientras aquel hombre nacido en una humilde
aldea portuguesa se convertía en uno de los escritores más importantes de
nuestro tiempo.
Pero
Saramago nunca olvidó de dónde venía.
Antes
de Lanzarote estuvo Azinhaga.
Antes
del escritor estuvo el niño.
Y
antes del Premio Nobel estuvieron sus abuelos.
Azinhaga,
en el Ribatejo portugués, fue el territorio primero de su memoria. Allí
aprendió que las cosas sencillas podían contener una profundidad inmensa.
Aprendió de los animales, de los árboles, de los caminos, de las faenas del
campo y de aquellas personas que, teniendo poco, poseían una sabiduría
construida con trabajo, necesidad y observación.
Entre
ellos estaban sus abuelos, Jerónimo y Josefa.
De
ellos heredó mucho más que recuerdos. Aprendió el respeto por la tierra, la
dignidad del esfuerzo, la importancia de la palabra, la solidaridad y esa forma
sencilla de compartir lo poco o mucho que pudiera haber en una casa.
En
Las pequeñas memorias, Saramago regresaría muchos años después a aquel
niño para recuperar ese universo que seguía viviendo dentro de él. Volvió a los
caminos, a los árboles, a los animales, a las voces y a las personas que habían
formado su primera mirada sobre el mundo.
De
aquella Azinhaga de su niñez hasta este Lanzarote de su madurez había miles de
kilómetros, pero también existía un hilo invisible que unía ambos lugares. En
uno aprendió a mirar; en el otro encontró un paisaje donde seguir pensando y
escribiendo.
Del
Ribatejo verde y agrícola a la desnudez volcánica de Lanzarote. Del pequeño
José al maestro Saramago. Y entre ambos paisajes, toda una vida.
Tal
vez por eso pudo definir su relación con esta isla con una frase aparentemente
sencilla, pero llena de sentimiento:
«Lanzarote
no es mi tierra, pero es tierra mía».
Cada
vez que regreso a Lanzarote esa frase adquiere también para mí un significado
especial.
Volver
cada verano nos llena el alma. Hace ya más de treinta años que venimos
construyendo recuerdos en esta isla y, cuando el tiempo se acumula de esa
manera, los lugares dejan de ser solamente lugares y comienzan a formar parte
de nuestra propia vida.
Aquí
están los encuentros familiares, las conversaciones, las comidas alrededor de
una mesa, las risas, los hijos creciendo, los paseos, las carreteras, el olor
del mar y tantas pequeñas cosas que con los años terminan formando una memoria
común.
Lanzarote
tiene para nosotros esa capacidad de reunirnos. El gran hermano nos espera y
alrededor suyo volvemos a encontrarnos, compartiendo unos días en los que
recuperamos el tiempo familiar, la conversación y esa cercanía que tantas veces
la rutina va aplazando durante el resto del año.
Por
eso regresar a la casa de José Saramago tiene también algo especial. No es
solamente visitar la vivienda de un escritor al que admiro. Es entrar en el
lugar donde quedaron sus libros, sus objetos, su mesa de trabajo y una parte
importante de sus últimos años. Es mirar aquel paisaje que él miraba y tratar
de imaginar cuántas ideas, dudas y personajes comenzaron allí.
La
casa conserva todavía una sensación de cercanía. Escuchar hablar de José
permite descubrir al hombre detrás del escritor: el joven que tuvo que abrirse
camino, el lector incansable, el trabajador, el autodidacta, el escritor, el
Premio Nobel y, finalmente, aquel hombre mayor que continuó observando el mundo
con enorme lucidez.
Y
entre toda esa trayectoria permanece también algo del niño de Azinhaga.
Algo
aprendido junto a sus abuelos.
Algo
tan sencillo como ofrecer un café.
Al
terminar la visita llegamos a la cocina de José y allí aparece uno de esos
pequeños detalles que ayudan a entender a una persona. Saramago tenía la
costumbre de ofrecer café a quienes visitaban su casa. El buchito de café era
una manera sencilla de recibir, agradecer y conversar.
Quizás
también aquello venía de lejos, de las costumbres humildes de Azinhaga, de
aquellas casas donde no sobraba nada, pero siempre había una silla, una
conversación o algo que ofrecer al visitante.
Ese
gesto me gusta especialmente porque acerca al escritor a la persona. Después de
tanta literatura, de tantos reconocimientos y de un Premio Nobel, queda
finalmente algo tan simple como compartir un café en la cocina.
Y
eso también cuenta una vida.
Salimos
de la casa y Lanzarote continúa allí, con sus montañas, su viento y esa luz que
lentamente comienza a bajar sobre el horizonte.
Entonces
vuelvo a pensar en aquella frase.
Después
de más de treinta años viniendo a esta isla, entiendo perfectamente lo que
quiso decir Saramago.
Yo
nací en otra tierra y mis raíces están en otra isla, pero Lanzarote ha ido
entrando también en nuestra memoria familiar. Aquí hemos dejado veranos,
encuentros, fotografías, conversaciones y muchos momentos importantes de
nuestras vidas.
No
necesito buscar muchas más explicaciones.
Hay
lugares que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de uno porque allí
se han quedado las personas que queremos y los recuerdos que hemos ido
construyendo juntos.
Quizás
sea eso lo que siento cuando regreso cada verano y vuelvo a mirar el paisaje,
cuando nos reunimos con la familia o cuando contemplamos otra puesta de sol
sobre esta tierra volcánica que conocemos ya desde hace tantos años.
Y
entonces aquella frase de José Saramago deja de parecerme solamente una hermosa
definición de su relación con Lanzarote.
También
encuentro en ella algo nuestro.
Algo
que después de tantos años puedo sentir como propio.
Lanzarote
no es mi tierra, pero es tierra mía.







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