Abajo, en las cuarterías, las mujeres daban consejo y aventaban, “jablantiniando”, los apuros del casorio.
Todo estaba preparado en El Rincón y por fin, apareció el coche de Pepito el de Bartolo, con el fotingo apuntadito cuesta arriba a la puerta del local. Tremendo revuelo tras las cortinas y los visillos. Y como andaban en fiestas, todo se distrajo un poco. Llegó el párroco, rosario en mano, a recibirlos.
—¿Trajo los anillos? —preguntó.
Y el tolete de Lucrecio se tiró mano a la chaqueta esrengada y anduvo hurgando los agujeros hasta encontrar, enganchado, el cajetín. Tuvo que virar el bolsillo al revés para desengancharlo.
—Aquí está, padre.
Mientras tanto, las hablantinas alongadas a los pretiles le sacaban el cuero a la muchacha, que desde que sus padres se fueron a echar tomateros nadie le echaba ojo en el barrio… aunque Ambrosio le echó algo más. Y tuvieron que casarla en plena luz del día para callar los chismes.
La pareja de la Guardia Civil se anduvo por la zona, siempre arrastrando la capa. Tremendos personajes, con tricornio y bigote de mando. Hoy estaban de buenas porque iban a lambiar gratis por las fiestas.
Los indianos afloraron con los bártulos de tiempos mejores: maletas de madera, sorianas blancas, sombreros de ala corta y miradas perdidas de salitre atlántico, de quienes cruzaron el océano de ida y vuelta. Aquí dejaron sus cuevas y sobrinos, como quien deja motivos para regresar; unas chapas donde plantar papas, unas higueras blancas y unos matos agarrados a los cantiles.
Ahora regresaban con más regocijo que perras, porque el eco del canto que recitaron apenas les devolvió perlas. Aún resuena en las memorias aquello de que salieron huyendo de las decadencias de estas tierras:
“A Cuba me voy, padre,
a comer plátanos fritos,
porque los pobres de Canarias
son esclavos de los ricos”.
Allí estaban todos, recién llegados. Bajaron los enseres del coche pirata que pudieron traer y aprovecharon, entre saludos felices a los viejos conocidos, para comprometer al retratista que andaba con el daguerrotipo en mano, dispuesto a inmortalizarlos ahora que andaban guapos, aunque igual de flacos que cuando partieron.
La fiesta de las tradiciones en El Rincón de Tenteniguada nos llenó de un gozo espontáneo, de un recuerdo casi doliente, de la esencia de un pasado que nunca se ha ido, porque sigue insistiendo en quedarse, como los burros y las gallinas cuando se les da campo y trabajo.
Cuántas sonrisas sorteadas. Cuántos gozos disfrazados. Unos de edad avanzada; otros, remendando el pasado que tuvieron, aunque esta vez lo hilvanen con risas y fiestas.
Unas tradiciones que hacen honor a lo rural y antiguo, a los pasajes olvidados de nuestros antepasados, al esfuerzo de una vida dura y llana.
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