jueves, 7 de mayo de 2026

AMANECE Y LLUEVE OTRA VEZ

 

Mi nieta vino a verme en la mañana como la luz del día inmortal, un ciclón de energía adorable, una tierna primavera de colores que brilla, y en su mirada los genes; los genes que identifican nuestro viaje a través del universo, allá donde se cruzan los caminos y continúan su andar.

Hoy es capicúa de existencia: 6363, combinación matemática que asustaba en mi niñez por la dimensión del viaje que partía desde la infancia. Llegar allá, tan lejos, parecía imposible. Pero ahí estaba la dinámica de los giros terrestres para centrifugar la vida, enseñar con experiencias, vivir con gratitud y cultivar con integridad.

Pasajeros del amor y la curiosidad, caminantes de hacer caminos al transitar, aprendices de la vida y su tenacidad, responsables del silencio y la algarabía, del concierto y la paz. El destino viene enhebrando desde lejos, tejiendo formas y maneras, esculpiendo labores, conocimientos y cultivando la amistad; y, en tantos avatares predispuestos, la luz que clarifica esa expresión de vivir.

El patio está mojado y sigue cayendo ese polvo de agua que imanta la tierra. La mañana aún no ha sacudido su frío tempranero; el sol encontró a la tierra elegante, con capa y sombrero. Nubes bajas, colchones de algodón que duermen arropados por el calor que aún desprende la tierra.

No recuerdo disfrutar tanto del tiempo desde mi niñez, cuando lo calaba, lo quería leer y comprender. Cuando era niño, y con apenas siete u ocho años, acompañaba al abuelo al mercado. Con aquel vetusto y simpático “cuatro latas” —Renault 4L— recogíamos a un señor de la Orilla del Palmital. Su nombre era Juanito Marrero, pero nosotros le llamábamos “el hombre del tiempo”, porque su conversación comenzaba siempre por el tiempo y continuaba en charla inacabable.

Una de aquellas mañanas estivales de verano, con noches intensas y acaloradas, en las que apenas duermevelas aliviaban el sopor de los calores y el sueño, bajamos de nuevo al mercado con el abuelo. Y ya estábamos pensando en los titulares del hombre del tiempo, por su carácter continuo de insistencia.

Cuando Juanito entró en el cuatro latas, llegó con tal sofoco que su expresión fue diabólica y agorera:

—¡Yass, Miguelito, fuerte candela, ¡cristiano! ¡Esto es insoportable!

Mi abuelo, acalorado también, aguantaba el tipo, pero ya comenzaba a hartarse de tener que soportar también sus calenturas.

Entonces, ante el impropio que buscaba aire que le refrescara un poco aquellos calores, le preguntó a mi abuelo si aquel coche no abría las ventanillas. Efectivamente, las llevaba abiertas: eran escotillas de corredera, pero con las limitaciones de los vehículos antiguos.

Recordó entonces el abuelo que en el tablero del coche había unas trampillas que, al tocarlas con el dedo, abrían una compuerta rectangular por donde entraba el aire del exterior. Aquellas trampillas no se habían abierto desde hacía mucho tiempo; un vehículo que recorría muchas pistas de tierra… imaginen.

Entonces aprovechó la ocurrencia para el desquite técnico y se lo comentó a Juanito, que pronto acercó la cara a la trampilla y presionó con el dedo índice hasta que se abrió.

La nube de tierra que le salpicó la cara, los ojos y su curiosidad fue de película de cine mudo. Los gritos de terror del hombre del tiempo produjeron en nuestras conciencias una risa traviesa de revancha cuyo recuerdo duró más de cincuenta años.

El hombre del tiempo. Un personaje que, de haber existido aún, estaría cantando notas meteorológicas o, aún peor, presagios catastrofistas.

Mi nieta me mira curiosa, como si hubiera escuchado el cuento, y me habla en su idioma. Cuando le devuelvo la mirada y pienso el milagro, me veo en un cajón de madera, soterrado bajo una mesa, con un frío que entra por todos lados. Pero yo no lo siento: estaba en otro mundo.


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