miércoles, 13 de mayo de 2026

FIESTA DE LAS TRADICIONES


 La pendiente del Rincón no perdona. La cuesta es revirada y le hace dar unos pujidos de más al Opel de Pepito cuando afronta la subida para el casorio. Y viene al caso el encargo de maestro Pancho para casar a la hija con el gandul del hijo de Lucrecio. A Romualdita ya se le notaba el bulto y, aunque todos tenían claro que aquel melón fue plantado por el leño de Ambrosio en las cuevas de la umbría, entre los familiares se anduvieron pronto para casar a la muchacha —que le faltaba un hervor—. La reputación de maestro Pancho ya andaba de boca en boca.

Abajo, en las cuarterías, las mujeres daban consejo y aventaban, “jablantiniando”, los apuros del casorio.

Todo estaba preparado en El Rincón y por fin, apareció el coche de Pepito el de Bartolo, con el fotingo apuntadito cuesta arriba a la puerta del local. Tremendo revuelo tras las cortinas y los visillos. Y como andaban en fiestas, todo se distrajo un poco. Llegó el párroco, rosario en mano, a recibirlos.

—¿Trajo los anillos? —preguntó.

Y el tolete de Lucrecio se tiró mano a la chaqueta esrengada y anduvo hurgando los agujeros hasta encontrar, enganchado, el cajetín. Tuvo que virar el bolsillo al revés para desengancharlo.

—Aquí está, padre.

Mientras tanto, las hablantinas alongadas a los pretiles le sacaban el cuero a la muchacha, que desde que sus padres se fueron a echar tomateros nadie le echaba ojo en el barrio… aunque Ambrosio le echó algo más. Y tuvieron que casarla en plena luz del día para callar los chismes.

La pareja de la Guardia Civil se anduvo por la zona, siempre arrastrando la capa. Tremendos personajes, con tricornio y bigote de mando. Hoy estaban de buenas porque iban a lambiar gratis por las fiestas.

Los indianos afloraron con los bártulos de tiempos mejores: maletas de madera, sorianas blancas, sombreros de ala corta y miradas perdidas de salitre atlántico, de quienes cruzaron el océano de ida y vuelta. Aquí dejaron sus cuevas y sobrinos, como quien deja motivos para regresar; unas chapas donde plantar papas, unas higueras blancas y unos matos agarrados a los cantiles.

Ahora regresaban con más regocijo que perras, porque el eco del canto que recitaron apenas les devolvió perlas. Aún resuena en las memorias aquello de que salieron huyendo de las decadencias de estas tierras:

“A Cuba me voy, padre,
a comer plátanos fritos,
porque los pobres de Canarias
son esclavos de los ricos”.

Allí estaban todos, recién llegados. Bajaron los enseres del coche pirata que pudieron traer y aprovecharon, entre saludos felices a los viejos conocidos, para comprometer al retratista que andaba con el daguerrotipo en mano, dispuesto a inmortalizarlos ahora que andaban guapos, aunque igual de flacos que cuando partieron.

La fiesta de las tradiciones en El Rincón de Tenteniguada nos llenó de un gozo espontáneo, de un recuerdo casi doliente, de la esencia de un pasado que nunca se ha ido, porque sigue insistiendo en quedarse, como los burros y las gallinas cuando se les da campo y trabajo.

Cuántas sonrisas sorteadas. Cuántos gozos disfrazados. Unos de edad avanzada; otros, remendando el pasado que tuvieron, aunque esta vez lo hilvanen con risas y fiestas.

Unas tradiciones que hacen honor a lo rural y antiguo, a los pasajes olvidados de nuestros antepasados, al esfuerzo de una vida dura y llana.

jueves, 7 de mayo de 2026

AMANECE Y LLUEVE OTRA VEZ

 

Mi nieta vino a verme en la mañana como la luz del día inmortal, un ciclón de energía adorable, una tierna primavera de colores que brilla, y en su mirada los genes; los genes que identifican nuestro viaje a través del universo, allá donde se cruzan los caminos y continúan su andar.

Hoy es capicúa de existencia: 6363, combinación matemática que asustaba en mi niñez por la dimensión del viaje que partía desde la infancia. Llegar allá, tan lejos, parecía imposible. Pero ahí estaba la dinámica de los giros terrestres para centrifugar la vida, enseñar con experiencias, vivir con gratitud y cultivar con integridad.

Pasajeros del amor y la curiosidad, caminantes de hacer caminos al transitar, aprendices de la vida y su tenacidad, responsables del silencio y la algarabía, del concierto y la paz. El destino viene enhebrando desde lejos, tejiendo formas y maneras, esculpiendo labores, conocimientos y cultivando la amistad; y, en tantos avatares predispuestos, la luz que clarifica esa expresión de vivir.

El patio está mojado y sigue cayendo ese polvo de agua que imanta la tierra. La mañana aún no ha sacudido su frío tempranero; el sol encontró a la tierra elegante, con capa y sombrero. Nubes bajas, colchones de algodón que duermen arropados por el calor que aún desprende la tierra.

No recuerdo disfrutar tanto del tiempo desde mi niñez, cuando lo calaba, lo quería leer y comprender. Cuando era niño, y con apenas siete u ocho años, acompañaba al abuelo al mercado. Con aquel vetusto y simpático “cuatro latas” —Renault 4L— recogíamos a un señor de la Orilla del Palmital. Su nombre era Juanito Marrero, pero nosotros le llamábamos “el hombre del tiempo”, porque su conversación comenzaba siempre por el tiempo y continuaba en charla inacabable.

Una de aquellas mañanas estivales de verano, con noches intensas y acaloradas, en las que apenas duermevelas aliviaban el sopor de los calores y el sueño, bajamos de nuevo al mercado con el abuelo. Y ya estábamos pensando en los titulares del hombre del tiempo, por su carácter continuo de insistencia.

Cuando Juanito entró en el cuatro latas, llegó con tal sofoco que su expresión fue diabólica y agorera:

—¡Yass, Miguelito, fuerte candela, ¡cristiano! ¡Esto es insoportable!

Mi abuelo, acalorado también, aguantaba el tipo, pero ya comenzaba a hartarse de tener que soportar también sus calenturas.

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