domingo, 2 de agosto de 2026

El paisaje aprendido


Siempre ha rondado por mi cabeza la necesidad de reconocer mi paisaje. Esa asignatura la descubrí siendo niño, con aquella mirada curiosa que me obligaba a levantar la vista y contemplar más allá, imaginando cómo sería aquella otra dimensión que se dibujaba en el horizonte.

En ese sueño infantil encontraba la motivación para aprender. Era una curiosidad insistente que, algunas veces, llegaba a intimidar al abuelo por la profundidad y la extensión con la que yo intentaba comprender el mundo.

Corría el año 1970, tal vez. Yo apenas tenía siete años y mi abuelo se había apoderado de mi enseñanza y de mi compañía. Decía que yo era su talismán. Presumía delante de sus amigos de tener un nieto noble, bueno, espabilado y curioso.

Con los años comprendí que la abuela había cultivado en él las virtudes de un hombre sabio y paternal, cercano y profundamente familiar. Cuando nosotros nacimos, y después de perder a nuestro padre siendo aún joven, los abuelos nos rescataron a los hermanos para criarnos y completar con nosotros su ya numerosa familia.

Yo pasé a ser su nieto favorito. Tal vez porque veía en mí una joven promesa o porque encontró en mis preguntas un filón para ejercer de maestro.

—Abuelo, ¿qué hierba es esta? —le preguntaba, con unos pajumes entre las manos.

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