miércoles, 19 de agosto de 2026

LIBRE ALBEDRIO.

Nada más alegre que una sintonía que enamora: música, ambiente y momento coincidiendo en ese extraño equilibrio de placeres que, cuando consiguen reunirse, convierten un instante cualquiera en plenitud. Cuánto aprendizaje cabe entonces en el pensamiento, cuánta necesidad de prolongarlo. Es como una ola generosa de felicidad que se acerca hasta tocar aquello que uno considera esencial: actitud, virtud, creatividad, entendimiento. Equilibrio, al fin y al cabo. Una especie de poesía interior que te permite avanzar al compás de lo que verdaderamente sientes.

Hay momentos así, encuentros con sueños del pasado, cuando la mente vuelve a ser esencia personal, anárquica, exigente, incluso egoísta e individualista, porque también necesitamos un territorio exclusivamente nuestro para pensar. Sin embargo, cuando ese pensamiento encuentra la manera de compartirse, aparece otro equilibrio y se abre una enorme capacidad de expresión y creatividad.

Yo siempre soñé con algo parecido: madurar en ese equilibrio del encuentro, enriquecer la vida con plenitud, aprendizaje y satisfacción. Tres virtudes que unas veces encontramos y otras perseguimos durante años. Corremos hacia ellas creyendo que difícilmente podemos equivocarnos, sobre todo cuando la voluntad se antepone a los placeres fáciles y nos obliga a mirar más lejos. Todo suma: los aciertos, los resultados, los errores que terminamos admitiendo y hasta esos momentos que, con el paso del tiempo, aprendemos a valorar de otra manera.

Hoy he vuelto a encontrarme con algunos de aquellos pensamientos puros. Escapan muchas veces de las normas de la realidad y se refugian en esos pequeños circos mentales donde siguen viviendo las decisiones que tomamos con miedo, sin miedo o simplemente porque quisimos tomarlas. Ahí aparece el libre albedrío: esa capacidad tan personal de decidir incluso sabiendo que podemos equivocarnos. Pensamientos que algunas veces pueden parecer ególatras porque nos pertenecen únicamente a nosotros, pero que no necesariamente tienen que convertirse en palabra ni mucho menos en obra. Pensar también es una forma de libertad.

El sol hoy es calor y abundancia, como el aire. Es esencia de verano, como en todos aquellos veranos de otros tiempos. Y mientras lo contemplo pienso también en esa particular odisea humana que persigue la virtud de lo extraordinario. Podemos leer pensamientos maravillosos, teorías, filosofías y paradojas, pero difícilmente conectaremos con su verdadera esencia si antes no existe una voluntad personal para comprenderlas. Hace falta aprendizaje, convencimiento y, sobre todo, tolerancia para entender que otras personas pueden recorrer caminos distintos para llegar a conclusiones igualmente válidas.

Seguí entonces escarbando en el teclado, animando al pensamiento a contar sus propias historias. Buenas, malas, mejores, equivocadas o incoherentes. Me dejé servir por esa bandeja desordenada de palabras que aparece cuando uno escribe sin demasiadas defensas, intentando convertirlas después en frases capaces de interpretar el pensamiento, la actitud y hasta el grado de libertad con el que dejamos salir nuestros sentimientos.

Porque escribir también consiste en eso: ordenar el desorden.

Después de todo, queda la interpretación. Una especie de laberinto donde cada uno toma las riendas de sus propias preguntas y acepta que las respuestas pueden ser diferentes según quién las mire. Ahí comienza quizá lo verdaderamente interesante. Algunos encontrarán parentescos con la filosofía; otros verán simplemente un entretenimiento literario, una reflexión sin necesidad de grandes justificaciones; y habrá quienes intenten adivinar cuántas interpretaciones pueden esconderse detrás de estas palabras.

Todas serán posibles.

Porque probablemente el libre albedrío también consiste en eso: en conservar la capacidad de pensar por uno mismo, admitir la posibilidad del error, cambiar de camino cuando sea necesario y seguir defendiendo el derecho a elegir aquello que queremos ser.

Sin embargo, existo.

Por lo tanto, insisto…

 

martes, 18 de agosto de 2026

LANZAROTE NO ES MI TIERRA, PERO ES TIERRA MÍA

 

Hay mucho de verdad en todos los atardeceres. La luz intensa termina cediendo su reino al paisaje después de haberlo incendiado durante horas, y entonces la tierra parece respirar. Se refresca su piel caliente de tanta candela diurna y Lanzarote cambia lentamente de semblante. Las sombras se alargan, las montañas recuperan sus perfiles y el horizonte se vuelve más profundo mientras el fuego del día comienza a recogerse detrás del mar.

Esta tierra de volcanes, arena y viento posee una extraña capacidad para atraparnos. No necesita exuberancias. Su belleza nace precisamente de lo esencial: de una piel tostada por los siglos, de las cicatrices abiertas por antiguas erupciones, de los conos volcánicos que se levantan sobre el paisaje y de ese viento que nunca vemos, pero que sentimos pasar, limpiando la corteza de la isla y dejando sobre el rostro la caricia salada de su presencia.

La piedra negra, la arena dorada, la cal de las casas, el azul profundo del cielo, los verdes que consiguen abrirse paso entre las cenizas y las parras escondidas detrás de los muros de piedra forman parte de una composición sencilla, pero extraordinariamente hermosa. Y sobre todo ello está la luz, una luz diferente, intensa, capaz de darle al paisaje una dimensión que se queda grabada en la memoria.

Tal vez fue también esa claridad la que atrapó a José Saramago cuando descubrió Lanzarote y comprendió que aquel paisaje podía ofrecerle algo que necesitaba. Quizás silencio, distancia y un horizonte suficientemente ancho para dejar caminar sus pensamientos sin tropezar con demasiados límites.

El escritor portugués encontró en esta isla un lugar donde calmar la sed de sus herramientas literarias y decidió quedarse. Desde Tías contemplaría muchas tardes ese territorio mineral, las montañas desnudas y la inmensidad atlántica, mientras continuaba construyendo sus mundos literarios y profundizando en las grandes preguntas que siempre acompañaron su escritura.

Sus cegueras, sus personajes duplicados, sus reflexiones sobre el ser humano, el poder, la dignidad y la conciencia siguieron creciendo desde una casa lanzaroteña abierta al horizonte, mientras aquel hombre nacido en una humilde aldea portuguesa se convertía en uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo.

Pero Saramago nunca olvidó de dónde venía.

Antes de Lanzarote estuvo Azinhaga.

Antes del escritor estuvo el niño.

Y antes del Premio Nobel estuvieron sus abuelos.

Azinhaga, en el Ribatejo portugués, fue el territorio primero de su memoria. Allí aprendió que las cosas sencillas podían contener una profundidad inmensa. Aprendió de los animales, de los árboles, de los caminos, de las faenas del campo y de aquellas personas que, teniendo poco, poseían una sabiduría construida con trabajo, necesidad y observación.

Entre ellos estaban sus abuelos, Jerónimo y Josefa.

De ellos heredó mucho más que recuerdos. Aprendió el respeto por la tierra, la dignidad del esfuerzo, la importancia de la palabra, la solidaridad y esa forma sencilla de compartir lo poco o mucho que pudiera haber en una casa.

En Las pequeñas memorias, Saramago regresaría muchos años después a aquel niño para recuperar ese universo que seguía viviendo dentro de él. Volvió a los caminos, a los árboles, a los animales, a las voces y a las personas que habían formado su primera mirada sobre el mundo.

De aquella Azinhaga de su niñez hasta este Lanzarote de su madurez había miles de kilómetros, pero también existía un hilo invisible que unía ambos lugares. En uno aprendió a mirar; en el otro encontró un paisaje donde seguir pensando y escribiendo.

Del Ribatejo verde y agrícola a la desnudez volcánica de Lanzarote. Del pequeño José al maestro Saramago. Y entre ambos paisajes, toda una vida.

Tal vez por eso pudo definir su relación con esta isla con una frase aparentemente sencilla, pero llena de sentimiento:

«Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía».

Cada vez que regreso a Lanzarote esa frase adquiere también para mí un significado especial.

Volver cada verano nos llena el alma. Hace ya más de treinta años que venimos construyendo recuerdos en esta isla y, cuando el tiempo se acumula de esa manera, los lugares dejan de ser solamente lugares y comienzan a formar parte de nuestra propia vida.

Aquí están los encuentros familiares, las conversaciones, las comidas alrededor de una mesa, las risas, los hijos creciendo, los paseos, las carreteras, el olor del mar y tantas pequeñas cosas que con los años terminan formando una memoria común.

Lanzarote tiene para nosotros esa capacidad de reunirnos. El gran hermano nos espera y alrededor suyo volvemos a encontrarnos, compartiendo unos días en los que recuperamos el tiempo familiar, la conversación y esa cercanía que tantas veces la rutina va aplazando durante el resto del año.

Por eso regresar a la casa de José Saramago tiene también algo especial. No es solamente visitar la vivienda de un escritor al que admiro. Es entrar en el lugar donde quedaron sus libros, sus objetos, su mesa de trabajo y una parte importante de sus últimos años. Es mirar aquel paisaje que él miraba y tratar de imaginar cuántas ideas, dudas y personajes comenzaron allí.

La casa conserva todavía una sensación de cercanía. Escuchar hablar de José permite descubrir al hombre detrás del escritor: el joven que tuvo que abrirse camino, el lector incansable, el trabajador, el autodidacta, el escritor, el Premio Nobel y, finalmente, aquel hombre mayor que continuó observando el mundo con enorme lucidez.

Y entre toda esa trayectoria permanece también algo del niño de Azinhaga.

Algo aprendido junto a sus abuelos.

Algo tan sencillo como ofrecer un café.

Al terminar la visita llegamos a la cocina de José y allí aparece uno de esos pequeños detalles que ayudan a entender a una persona. Saramago tenía la costumbre de ofrecer café a quienes visitaban su casa. El buchito de café era una manera sencilla de recibir, agradecer y conversar.

Quizás también aquello venía de lejos, de las costumbres humildes de Azinhaga, de aquellas casas donde no sobraba nada, pero siempre había una silla, una conversación o algo que ofrecer al visitante.

Ese gesto me gusta especialmente porque acerca al escritor a la persona. Después de tanta literatura, de tantos reconocimientos y de un Premio Nobel, queda finalmente algo tan simple como compartir un café en la cocina.

Y eso también cuenta una vida.

Salimos de la casa y Lanzarote continúa allí, con sus montañas, su viento y esa luz que lentamente comienza a bajar sobre el horizonte.

Entonces vuelvo a pensar en aquella frase.

Después de más de treinta años viniendo a esta isla, entiendo perfectamente lo que quiso decir Saramago.

Yo nací en otra tierra y mis raíces están en otra isla, pero Lanzarote ha ido entrando también en nuestra memoria familiar. Aquí hemos dejado veranos, encuentros, fotografías, conversaciones y muchos momentos importantes de nuestras vidas.

No necesito buscar muchas más explicaciones.

Hay lugares que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de uno porque allí se han quedado las personas que queremos y los recuerdos que hemos ido construyendo juntos.

Quizás sea eso lo que siento cuando regreso cada verano y vuelvo a mirar el paisaje, cuando nos reunimos con la familia o cuando contemplamos otra puesta de sol sobre esta tierra volcánica que conocemos ya desde hace tantos años.

Y entonces aquella frase de José Saramago deja de parecerme solamente una hermosa definición de su relación con Lanzarote.

También encuentro en ella algo nuestro.

Algo que después de tantos años puedo sentir como propio.

Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía.


FAMARA


El espejo del cielo se mira cada tarde sobre la arena mojada de esta playa del norte, y parece atraer hacia sí las estrellas con un poderoso magnetismo. Hay lugares que contemplamos y otros que, sin saber cómo, terminan contemplándonos a nosotros. Famara pertenece a esos últimos.

Millones de olas milenarias llevan siglos jugando a voltear pequeñas crestas encantadas de rizos y lentejuelas. Aquí naufragaron las piedras del volcán y quedaron sometidas a la lima interminable del rozamiento, redondeándose poco a poco hasta convertirse en pequeños huevos de gaviota abandonados en la orilla. Aquí también las corrientes marinas esconden su traición bajo la belleza: te toman en volandas y pueden lanzarte lejos de tierra, hacia ese olvido peligroso donde el hombre descubre, demasiado tarde, que contra el mar nunca se lucha de igual a igual.

La arena, levantada miles de veces por el viento, golpea y taladra la vegetación, fabrica dunas doradas y las va levantando en pequeñas cordilleras que avanzan tierra adentro. Bajo el sol abrazador, todo parece evaporarse. Los campos pierden sus colores, el paisaje se vuelve mineral y la isla adopta por momentos la apariencia de un inmenso desierto que prolonga sus siluetas hasta el horizonte.

Hoy, al regresar, volví a recordar aquellas tardes de nuestra juventud, contemplando la que siempre he considerado una de las puestas de sol más hermosas de Canarias.

Entonces veraneábamos en la ensenada, en las villas de Famara, bajo los riscos que cada tarde daban su último adiós al día con despedidas monumentales de luces, colores y tonalidades. Allí jugábamos con los niños pequeños, tirándonos por las dunas, improvisando volteretas y toboganes sobre la arena. Era una diversión sencilla, casi primitiva, con sabor a infancia.

Nuestros hijos apenas tenían unos pocos años.

Y creo que aquellos primeros atardeceres comenzaron ya a pintarles el corazón de sensibilidad y armonía. Cada jornada en aquel paraíso de sol constituía un regalo. Una emoción nueva. Una pequeña ceremonia familiar celebrada delante del océano.

Por las mañanas madrugábamos para caminar sobre la playa firme. Con la marea baja, el mar parecía haberse escondido cientos de metros hacia dentro y tocar nuevamente el agua obligaba a caminar buscando unas olas que se alejaban misteriosamente con su retirada.

A veces me preguntaba:

¿Cómo podía existir tanta belleza dormida bajo aquel cielo?

Bajo los riscos escarpados, frente a la inmensidad azul, la respuesta parecía estar precisamente en no encontrar ninguna explicación. Bastaba con mirar.

El rumor del mar se nos metía incluso en los sueños.

Por las noches aquellas aguas parecían hablarnos de sirenas, navegantes y piratas naufragados en sus trampas. Inventábamos historias sobre los caprichos del Creador, que había levantado aquella muralla gigantesca para proteger la playa, extendido después un enorme tapiz de arena para dibujar su concha dorada y traído finalmente al sol para que cada tarde limpiara su rostro sobre el océano.

Hasta las caracolas parecían participar del sortilegio. Permanecían durante horas tendidas junto al mar, bañadas, arrastradas y pulidas, hasta terminar blancas y secas sobre la orilla, confundidas entre aquellas piedras que las olas habían lavado durante siglos.

En aquellas tardes mis hijos se contagiaron de mar y de puestas de sol.

De arenas doradas.

De dunas encadenadas.

Del rumor de unas olas que parecían contarles historias.

Y quizás algunas cosas permanecen escondidas durante años esperando encontrar su verdadera explicación.

Porque mucho tiempo después, una niña llegó a nuestra familia llevando precisamente aquel nombre.

Famara.

Mi nieta.

De alguna manera, aquella playa había viajado con nosotros durante todos esos años. Se había quedado prendida en la memoria de sus padres, entre aquellos juegos infantiles, aquellas caminatas y aquellos atardeceres contemplados cuando apenas comenzaban a descubrir el mundo.

Por eso siempre he pensado que Famara es también hija de aquella playa y de aquellos sueños.

Hoy toda la familia regresamos allí.

Volvimos a caminar por la arena y a contemplar juntos la puesta de sol. Pero esta vez el tiempo había cambiado los papeles. Los niños de entonces eran ahora los padres. Nosotros habíamos llegado convertidos en abuelos. Y aquella pequeña que caminaba entre nosotros llevaba en su propio nombre toda la memoria del paisaje.

Fue un regalo concedido al recuerdo y a la continuidad.

Famara parecía poseída por ese espíritu de luz que rebota sobre la arena y enciende toda la ensenada. El sol descendía lentamente frente a nosotros y convertía el horizonte en una poesía de tierra y agua, una fruta golosa de colores maduros, una melodía dulce que se iba apagando poco a poco sobre el océano.

Entonces comprendí que aquel atardecer también hablaba de nosotros.

Era, de alguna manera, el atardecer de nuestras propias vidas de abuelos. No como una despedida, sino como esa luz más serena que llega después de haber recorrido un largo día.

El mismo destello que iluminó nuestra juventud regresaba ahora para enseñarnos su continuidad.

Muchos años atrás habíamos estado allí jugando con nuestros hijos sobre las dunas. Ahora eran ellos quienes contemplaban el paisaje con su hija.

Famara había tomado el relevo.

Sus padres conservaban el recuerdo.

Nosotros, la bohemia.

Y la playa permanecía exactamente allí, indiferente al calendario, repitiendo una vez más el milagro de su atardecer.

Las olas seguían llegando y el rumor de su voz susurrando


jueves, 6 de agosto de 2026

COSAS DEL VERANO


Calores y olores

Entre aquel verano y este, entre el del pasado y el del presente, solo parece existir una cosa en común: el calor y esa sensación de agobio que se pega al cuerpo.

El sol abraza el ecuador de la tierra y la estación gobierna sus extremos con la cadencia inevitable de los ciclos. Atiza la candela sobre los llanos, que parecen arder bajo las llamaradas del vapor. Estalla el pastizal. Los ocres aparecen, secando y resquebrajando las hierbas altas, bebiéndose hasta la última savia verde de sus tallos.

No hay tregua. Apenas un pacto con el alisio, que refresca la frente con la caricia de la aurora, mantiene una esponja húmeda flotando sobre el norte y la costa y, después, se retira tímidamente al mediodía para dejar paso a la imposición del astro rey. Solo ese pacto de amor con la isla mantiene la lealtad agradecida de su presencia.

Recuerdo aquellos veranos de mi niñez, cuando todo se limitaba al encierro. Veranos de tumbarse a dormir arrente del piso, buscando el frescor de las baldosas; noches de sofoco y tardes enteras jugando en los pasillos de la casa, huyendo de los latigazos del sol.

Mi madre nos encerraba y guardaba la llave para impedir que escapáramos a los embates de aquel castigador solajero.

Mi hermano Tavo era el peligro.

Buscaba mil excusas para forzar la salida. Cuando mi madre se quedaba dormida durante la siesta, él saltaba por la ventana de la cocina y reptaba por la pared que daba a la casa del abuelo. Yo, al principio, lo denunciaba. Después comprendí que aquella prisión de la que él quería escapar también era la mía.

Nos costaba entender los extremos de protección de nuestra madre.

Entonces comenzaban las negociaciones mientras ella bordaba:

—Mamá, ¿a qué hora podemos salir?

Ella fijaba un horario inamovible:

—A las seis de la tarde.

Y allí permanecíamos, todo el tiempo, intentando arañarle minutos al encierro. Primero pedíamos salir a las cinco y media. Luego a las cinco y cuarto. Después a las cinco. Cualquier rebaja nos parecía una victoria.

La suerte aparecía algunas veces en forma de trabajos caseros o de encargos forasteros. Podía llegar algún repartidor que se había hecho amigo de mi hermano y se lo llevaba de acompañante en el furgón durante el reparto.

A mí, en cambio, me seducía la bondad del abuelo.

—Que baje el muchacho a ayudarme en la cueva a amarrar las hierbas —avisaba.

Y allá iba yo.

Nos sentábamos a la puerta de la cueva, al fresquito, haciendo manojos de tomillo, laurel, doradilla, cola de caballo, hierbaluisa, manzanilla y caña limón, o llenando pequeñas bolsitas de orégano.

—¿Y a cuánto vendes estas bolsas, abuelo?

—A pesetas.

—¿Y los manojos de hierbas?

—A una cincuenta.

—¿Y cuántos tenemos que amarrar?

Entonces me daba el ajuste:

—Treinta manojos de cada clase y cincuenta bolsitas de orégano.

Parecía poca cosa cuando lo decía, pero el trabajo se alargaba durante toda la tarde.

Desde un pequeño transistor, colgado de una tacha de la pared, las ondas emitían radionovelas. A veces aquello resultaba un tedio soporífero, apenas amortiguado por las sombras frescas que salían de la cueva, por la compañía del abuelo y por aquellas voces radiofónicas que nos transportaban hacia mundos imaginarios.

Había días más divertidos, en los que nuestra conversación avanzaba entre aprendizajes, ocurrencias y simpatías. El abuelo tenía una gracia especial, un estilo propio que utilizaba según la intensidad del momento. De repente, sin previo aviso, se ponía a soltar pedos escandalosos para liberar los potajes y provocar mis risas.

Y aquello, algunas veces, se nos iba de las manos.

¡Menudo escándalo podían formar algunas de sus digestiones!

Durante los descansos publicitarios de las radionovelas aparecía un personaje que anunciaba los productos con marcado acento mexicano. La invasión musical de las rancheras y los corridos era entonces notabilísima, igual que la de los puntos cubanos. Durante los años sesenta y setenta, la influencia de la cultura mexicana fue extraordinaria.

Aquel actor anunciaba un matamoscas en aerosol, una especie de Mosfertil de la época. Con voz de galán mexicano decía:

—Lupita, ¿has olido el último perfume que traje de Europa? Oro… ¡Oro Matón!

Alargaba las palabras con aquel acento tan chamaco, solemne y exagerado, que a mí me parecía irresistible.

Desde entonces, cada vez que el abuelo tenía una de sus sonoras ventosidades, yo soltaba inmediatamente lo que estuviera haciendo, levantaba la cabeza y, poniendo la voz del actor radiofónico, recitaba:

—Lupita, ¿has olido el último perfume que traje de Europa? Oro… ¡Oro Matón!

El abuelo se moría de risa con mi actuación y con el sentido oportuno que yo le daba al anuncio. Yo permanecía siempre alerta, esperando detectar aquellos olores jediondos para interpretar de nuevo mi papel.

La abuela, al escuchar el escándalo que teníamos armado en la puerta de la cueva, aparecía con unas tazas de café.

Aquel buchito negro y dulce despertaba la tarde y armonizaba la vida.

Durante mucho tiempo llegué a imaginar que el café lo había inventado mi abuela, únicamente para regalarnos aquellos pequeños buchitos de amor familiar.

Porque hay aromas que no desaparecen nunca.

Todavía hoy, cuando el verano aprieta y el aire caliente se queda inmóvil sobre los campos, regreso a aquella cueva, a los manojos de hierbas, a las radionovelas y a las risas del abuelo.

Y comprendo que pocas imágenes pueden ser más hermosas que escuchar su risa en una tarde de verano, sentado a la puerta de la cueva, mientras se acerca lentamente el aroma del café de mi infancia.

domingo, 2 de agosto de 2026

El paisaje aprendido


Siempre ha rondado por mi cabeza la necesidad de reconocer mi paisaje. Esa asignatura la descubrí siendo niño, con aquella mirada curiosa que me obligaba a levantar la vista y contemplar más allá, imaginando cómo sería aquella otra dimensión que se dibujaba en el horizonte.

En ese sueño infantil encontraba la motivación para aprender. Era una curiosidad insistente que, algunas veces, llegaba a intimidar al abuelo por la profundidad y la extensión con la que yo intentaba comprender el mundo.

Corría el año 1970, tal vez. Yo apenas tenía siete años y mi abuelo se había apoderado de mi enseñanza y de mi compañía. Decía que yo era su talismán. Presumía delante de sus amigos de tener un nieto noble, bueno, espabilado y curioso.

Con los años comprendí que la abuela había cultivado en él las virtudes de un hombre sabio y paternal, cercano y profundamente familiar. Cuando nosotros nacimos, y después de perder a nuestro padre siendo aún joven, los abuelos nos rescataron a los hermanos para criarnos y completar con nosotros su ya numerosa familia.

Yo pasé a ser su nieto favorito. Tal vez porque veía en mí una joven promesa o porque encontró en mis preguntas un filón para ejercer de maestro.

—Abuelo, ¿qué hierba es esta? —le preguntaba, con unos pajumes entre las manos.

Entrada destacada

PASAJES AL MACHU PICCHU

Amaneció en el Valle Sagrado. Los Incas, establecieron aquí su imperio fundaron sus credenciales y adoraciones en toda su cultura se ad...

SIEMPRE ES MOMENTO PARA EL RECUERDO