En ese sueño infantil encontraba la motivación para aprender. Era una curiosidad insistente que, algunas veces, llegaba a intimidar al abuelo por la profundidad y la extensión con la que yo intentaba comprender el mundo.
Corría el año 1970, tal vez. Yo apenas tenía siete años y mi abuelo se había apoderado de mi enseñanza y de mi compañía. Decía que yo era su talismán. Presumía delante de sus amigos de tener un nieto noble, bueno, espabilado y curioso.
Con los años comprendí que la abuela había cultivado en él las virtudes de un hombre sabio y paternal, cercano y profundamente familiar. Cuando nosotros nacimos, y después de perder a nuestro padre siendo aún joven, los abuelos nos rescataron a los hermanos para criarnos y completar con nosotros su ya numerosa familia.
Yo pasé a ser su nieto favorito. Tal vez porque veía en mí una joven promesa o porque encontró en mis preguntas un filón para ejercer de maestro.
—Abuelo, ¿qué hierba es esta? —le preguntaba, con unos pajumes entre las manos.
