viernes, 26 de junio de 2026

QUEBRADA DE MEMORIA

 


Suspiros libertarios, pensamientos que aligeran,
reproches y conatos, sustancias imantadas,
desatando alegorías, rimas en cascadas,
mientras golpea el eco y el recuerdo venera.

¿Dónde quedó el pasado, si aún resuenan sus ecos?
Fraguó el olvido aislado suspiros entre huecos,
el camino es errante, igual que la memoria,
y el recuerdo perdurable va hilvanando historia.

El olvido no entiende de raíces ni certezas,
la mente escudriña el tiempo con antigua destreza,
la vida, los sueños, la genialidad escondida,
son luces que despiertan en la sombra de la vida.

Atrapando instantes, emociones y melancolías,
el alma va trazando sus propias geografías,
alumno intrépido que desafía las andanzas,
creando en cada herida melodías de esperanza.

Esta mañana el cielo amaneció tan azul e intenso,
que solo quise guardar su color sobre este lienzo.
Y leyendo a nuestro camarada Pedro,
me vi juntando letras y no me arredro.

Porque hay mañanas que despiertan la palabra,
como un rumor de luz que el alma labra,
y en cada verso que del pecho brota,
se queda suspendida una emoción remota.

El cielo puso su tinta en mi mirada,
la memoria su brisa desgastada,
y Pedro, con su voz de compañero,
me abrió de nuevo el surco del sendero.

Así nacen los versos sin medida,
entre azul, pensamiento y vieja vida,
como quien busca en la luz su propio centro
y escribe para ordenar lo que lleva dentro.


martes, 23 de junio de 2026

EL MURMULLO DE LA CONCIENCIA

 


En el pensamiento profundo del espacio,
se escucha el susurro del tiempo,
el canto de las aves que revolotean felices,
inspiradas de vida.

En los albores, pían su energía hacia la luz,
agitan sus alas y danzan en libertad.
El murmullo del mundo se despliega en planos,
escalonado por audiciones casi imperceptibles.

Y mis pies, anclados a la tierra,
comienzan a brotar poesías,
manantiales ricos de sabiduría,
a cada paso, a cada mirada, a cada pensamiento.

Todo es una afinación constante
de esta melodía de la vida.

Y la razón de vivir
me deja una huella filosófica en la memoria;
me suscita ingenio, madurez espiritual
y sosiego con mi propia historia.

Los perfumes del verano colorean el pasto encendido,
plagado de insectos y rumores pequeños.
Los frutos de la estación revientan
en apetitosos manjares de color.

Y la sombra del que siempre fui
regresa fiel a la compañía del Solajero.
Me sigue implacable
y estira sus siluetas negras,
buscando la fuga de la luz.

Siento la lectura de esta vida
como asignaturas pendientes
que se van cumpliendo en el hábito
y se siguen soñando en la ilusión
que alimenta la sabiduría de la experiencia.

 


lunes, 22 de junio de 2026

EL ROBO DE LA BRIO 81


Telde tiene en su haber un gran inventario de motoristas. De hecho, sorprendentemente, en los registros de Tráfico saltó hace pocos años la noticia de que era uno de los municipios de España con más motos registradas en los censos de la jefatura de entonces.

En el movimiento laboral de antaño, la primera necesidad era el transporte para acudir a los curros, y la moto fue la solución inmediata y viable para toda aquella revolución industrial y social que se estaba fraguando. Esta explicación viene a cuento porque, allá donde abundan los motoristas, suceden historias. Y nuestra magua es no poder descubrirlas a la velocidad que nos gustaría. Por ello invertimos imaginación narrativa y crónica de tiempos pasados.

Anastasio Guerra compró una Montesa Brío 81 a mediados de los años sesenta. Era el rey de la carretera y de La Peña. A buen seguro, las tertulias y las salidas giraban en torno a las bondades de aquella máquina, adquirida en Viuda de Peñate, en la capital.

Debemos recordar que la Brío 81 tenía una particularidad y notoriedad manifiesta: lucía dos salidas de escape ancladas a un mismo cilindro. Aquel ingenio le daba una potencia y elasticidad de motor que la hacía noble de comportamiento y muy deseada por la juventud.

Su salida al mercado, en el año 1958, causó gran sensación y una destacada demanda. Mi tío Domingo Fleitas compró una de aquellas joyas de entonces y aún la conserva, después de sesenta años, en su garaje.

—Yo recuerdo bajar por la casa de Los Lagartos, por El Palmital, yendo temprano a trabajar a Telde. Iba recogiendo gente por la carretera. Iba con dos pasajeros y, si veía a otro caminante, paraba, me echaba hacia delante en el sillón y le decía: “Súbase por ahí, que llegamos todos”.

Y hasta cuatro jóvenes llegaron a ir una vez en la moto, aunque tres pasajeros era lo mínimo.

Volviendo a las vicisitudes de Anastasio, en mala hora le robaron su moto en la puerta de la casa, de noche. Él trabajaba con Miguel León y bajaban todos los días a Tirajana y a los pagos del sur, en pleno nacimiento del turismo, con la rasquera de no saber nunca dónde fue a parar la moto.

A los pocos días, vio de lejos una moto aparcada en una zona deshabitada de aquellos barrancos sureños y le comentó a Miguel:

—Coño… ¿a ver si va a ser la moto que me robaron la semana pasada?

Miguel, más absorto en sus problemas laborales que en la moto, le quitó importancia:

—¿Cómo va a estar tu moto aquí abajo, en el sur, si te la robaron en Telde? Eso será de algún ranchero o pocero que anda por ahí.

Y pasaron dos días más viendo la moto aparcada en el mismo lugar, siempre comentando la duda. Entonces la curiosidad y el deseo acabaron por intimidar a Miguel, que tomó el desvío para verificar la certeza.

Y efectivamente. Era la moto de Anastasio.

Después de robarla, la habían dejado abandonada en aquellos andurriales, quizá por miedo a las represalias. Y es que, en los tiempos de antes, no se robaban las motos para revenderlas por piezas desguazadas. La mayoría de los hurtos eran por necesidad de moverse o por la maldad del intento, pero no había terceras intenciones, ya que el brazo de la ley era muy duro.

Entonces, después de usarla durante algunas horas, la dejaban abandonada como acto de arrepentimiento.

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