Esta mañana de caldera calentita, la naturaleza ha decidido manifestarse.
Para eso están los gallos, vecinos de Pedro, que han levantado la voz en plena calle. Suelen madrugar y darle cuerda al despertador natural del Portillo de los Pérez, pero últimamente andan calentitos. Entre las afonías, las madrugadas y las supuestas noches de copas, se han vuelto un poco parlanchines y sociópatas analógicos.
Término extraño, seguramente incorrecto, pero perfectamente aplicable a estos individuos de plumas brillantes y altanera mirada.
Lo cierto es que por la zona abundan sus gallardías. Caminan con el pecho inflado y van marcando con sus patas, abiertas en forma de «Y» griega, las tierras tostadas junto a los muros derruidos de la orilla.
Un día de estos terminarán bajando al barranco, deslizándose como kamikazes por los toboganes de tuneras, piedras y tierra seca.
Mientras tanto, seguiremos escuchándolos cantar.
Ya lo llevo avisando desde hace tiempo.
Pero nada.
Ni puto caso.
Por ahí dicen que están más destemplados que los monaguillos en ayunas y que desafinan más que el piano de una iglesia abandonada.
—¡Qué bárbaros todos! —dijo Eric Clapton.
Críticas sin ningún fundamento profesional, naturalmente. Porque los gallos fueron los antecesores naturales y milenarios de los grandes inventos modernos, entre ellos el reloj de pared.
