viernes, 31 de julio de 2026

LA GRANJA DESAFINADA

 


Esta mañana de caldera calentita, la naturaleza ha decidido manifestarse.

Para eso están los gallos, vecinos de Pedro, que han levantado la voz en plena calle. Suelen madrugar y darle cuerda al despertador natural del Portillo de los Pérez, pero últimamente andan calentitos. Entre las afonías, las madrugadas y las supuestas noches de copas, se han vuelto un poco parlanchines y sociópatas analógicos.

Término extraño, seguramente incorrecto, pero perfectamente aplicable a estos individuos de plumas brillantes y altanera mirada.

Lo cierto es que por la zona abundan sus gallardías. Caminan con el pecho inflado y van marcando con sus patas, abiertas en forma de «Y» griega, las tierras tostadas junto a los muros derruidos de la orilla.

Un día de estos terminarán bajando al barranco, deslizándose como kamikazes por los toboganes de tuneras, piedras y tierra seca.

Mientras tanto, seguiremos escuchándolos cantar.

Ya lo llevo avisando desde hace tiempo.

Pero nada.

Ni puto caso.

Por ahí dicen que están más destemplados que los monaguillos en ayunas y que desafinan más que el piano de una iglesia abandonada.

—¡Qué bárbaros todos! —dijo Eric Clapton.

Críticas sin ningún fundamento profesional, naturalmente. Porque los gallos fueron los antecesores naturales y milenarios de los grandes inventos modernos, entre ellos el reloj de pared.

—Confirmado —añadió Joe Bonamassa.

No nos queda nada con estos vecinos, ya te digo.

Será mejor ir bajando al desayuno del molino, que ya amanece y esta mañana abundan los gusanitos al fresco.

Freya, entretanto, ha detectado más ruido de lo normal en el patio de su casa.

Los grillos ensordecen.

En ese timbre impertinente, repetitivo y casi metálico, ella encuentra una nostalgia del pasado. Recuerda aquellas noches en las que la luna despertaba los instintos musicales de esos pequeños chirriadores vestidos de negro azabache.

Van trajeados como cobradores del frac: chistera imaginaria, bigotes de antena y ojos pardos, siempre atentos a cualquier movimiento de la oscuridad.

No roncan.

Gritan.

Chirrían como los frenos de un Alfa Romeo abandonado durante años en una cuesta húmeda.

Pero Freya escucha algo distinto en aquellas espeluznantes melodías bohemias. Detrás del estrépito encuentra una especie de hechizo atormentado, un sonido antiguo que le devuelve aromas, noches y recuerdos.

Aquí, en la orilla de Las Vegas, los burros también siguen empeñados en cantar.

Y nadie les dice lo mal que rebuznan.

Llevan tres meses.

Tres meses y…

Noche y día.

No paran.

No sé si ensayan para el próximo Festival de Eurovisión, si sueñan con convertirse en barítonos, si han fundado una coral rural o si han iniciado una huelga laboral de duración indefinida.

Creo sinceramente que el tiempo libre les rebuzna.

Y a nosotros nos castiga.

Una repetición infinita, un canto desangelado que oscila entre el orgasmo desgañitado y el trombón desafinado. Empiezan con una nota grave, toman aire, levantan el hocico y sueltan hacia el barranco una queja monumental, como si llevaran siglos reclamando mejores condiciones laborales.

Luego callan unos segundos.

Uno piensa que todo ha terminado.

Pero no.

El de más abajo responde.

Después contesta el de la ladera.

Y al momento se suma otro desde el fondo del barranco.

Aquello ya no es un rebuzno.

Es una mesa redonda.

Una tertulia animal sin moderador.

Los gallos llevan el compás, los grillos sostienen la percusión y los burros ocupan la sección de viento, convencidos de que han sido llamados para interpretar la gran sinfonía rural de la mañana.

Solo falta que aparezca una cabra tocando el acordeón.

En la granja de Pepito:

¡Ia, ia, oh!

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