Pedro Manrique comenta:
Hay una fecha para mí imborrable.
El 30 de junio de 1969, fecha en que se entregó Sidi Ifni a Marruecos,
fue la primera plaza colonial en el Sáhara español que se entregó.
Allí viví desde los cuatro años hasta los diez.
Fui feliz, integrado totalmente a ese rincón maravilloso a orillas del Atlántico,
Mi padre nunca vivió con las militares en los pabellones del cuartel.
Vivíamos en una casita entre playa y desierto, mis amigos eran los niños y las niñas ifneños.
Mi infancia la pasé allí.
Y recuerdo con tanta claridad el cariño, el amor
que me daban a mí y a mí familia todos los ifneños e ifneñas.
Tanto es así que la despedida fue tremenda, por los lloros de hombres y mujeres por nuestra marcha,
recuerdo los cantos (una especie de lloro y grito sordo con la
agudeza de las femeninas voces.
Nos querían y les queríamos.
Con el tiempo mi madre creo una especie de asociación en defensa de los que nacieron allí bajo la "bandera española"
no me gusta nada esa expresión.
Y sí, funcionó
la administración de la época tomaron nota y marcharon muchas familias para España,y para Canarias por supuesto.
Y aquí están sus nietos y biznietos como españoles
viviendo y trabajando dignamente en una sociedad que ahora en estos tiempos convulsos y esperpénticos,
con unos personajes racistas, xenofogos y fachas han convertido o pretenden convertir España en lo mismo .
¡Que pena!
Feli contesta:
Qué bonitos recuerdos, Pedro. No sabía que habías estado de niño en Sidi Ifni. Hay lugares que, cuando se conocen tan temprano, se quedan grabados para siempre en el corazón, en la mirada y en ese cariño transeúnte que se mezcla con los atardeceres de luz y arena.
Mi tío Pepe hizo allí la mili y, cuando yo era pequeño, me daba aquellas particulares clases de geografía que nunca olvidé. «Estuve en Sidi Ifni, en Tan-Tan, en Cabo Juby...», decía. Y mientras hablaba, iba dibujando con sus recuerdos una felicidad extraña, casi inusual, como si aquellas historias fueran auténticas memorias de África con su propia banda sonora.
Era el paisaje, la luz, la sencillez de lo material, la liberación de lo ostentoso. Todo formaba un dibujo perfecto para atrapar las ánimas del alma. Su divagar errante parecía refrescar los tormentos y acababa siempre rescatando la lucidez de la humildad y de las cosas verdaderamente hermosas de la vida.
He tenido la suerte de conocer Marruecos y Mauritania, de vivir aventuras en moto por aquellos mares de arena y de sentir la poesía profunda que existe en su paisaje y en la mirada de sus gentes. Hay algo allí difícil de explicar, una belleza desnuda que no necesita grandes adornos.
Quizá por eso resulta casi indescriptible.
Porque hay paisajes que no se miran solamente con los ojos: se quedan dentro de uno.
Y el mundo moderno, tan empeñado en disfrazarlo todo con filtros, corre el riesgo de hacernos olvidar que algunas de las imágenes más hermosas de la vida no necesitan ningún retoque.

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