martes, 18 de agosto de 2026

LANZAROTE NO ES MI TIERRA, PERO ES TIERRA MÍA

 

Hay mucho de verdad en todos los atardeceres. La luz intensa termina cediendo su reino al paisaje después de haberlo incendiado durante horas, y entonces la tierra parece respirar. Se refresca su piel caliente de tanta candela diurna y Lanzarote cambia lentamente de semblante. Las sombras se alargan, las montañas recuperan sus perfiles y el horizonte se vuelve más profundo mientras el fuego del día comienza a recogerse detrás del mar.

Esta tierra de volcanes, arena y viento posee una extraña capacidad para atraparnos. No necesita exuberancias. Su belleza nace precisamente de lo esencial: de una piel tostada por los siglos, de las cicatrices abiertas por antiguas erupciones, de los conos volcánicos que se levantan sobre el paisaje y de ese viento que nunca vemos, pero que sentimos pasar, limpiando la corteza de la isla y dejando sobre el rostro la caricia salada de su presencia.

La piedra negra, la arena dorada, la cal de las casas, el azul profundo del cielo, los verdes que consiguen abrirse paso entre las cenizas y las parras escondidas detrás de los muros de piedra forman parte de una composición sencilla, pero extraordinariamente hermosa. Y sobre todo ello está la luz, una luz diferente, intensa, capaz de darle al paisaje una dimensión que se queda grabada en la memoria.

Tal vez fue también esa claridad la que atrapó a José Saramago cuando descubrió Lanzarote y comprendió que aquel paisaje podía ofrecerle algo que necesitaba. Quizás silencio, distancia y un horizonte suficientemente ancho para dejar caminar sus pensamientos sin tropezar con demasiados límites.

El escritor portugués encontró en esta isla un lugar donde calmar la sed de sus herramientas literarias y decidió quedarse. Desde Tías contemplaría muchas tardes ese territorio mineral, las montañas desnudas y la inmensidad atlántica, mientras continuaba construyendo sus mundos literarios y profundizando en las grandes preguntas que siempre acompañaron su escritura.

Sus cegueras, sus personajes duplicados, sus reflexiones sobre el ser humano, el poder, la dignidad y la conciencia siguieron creciendo desde una casa lanzaroteña abierta al horizonte, mientras aquel hombre nacido en una humilde aldea portuguesa se convertía en uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo.

Pero Saramago nunca olvidó de dónde venía.

Antes de Lanzarote estuvo Azinhaga.

Antes del escritor estuvo el niño.

Y antes del Premio Nobel estuvieron sus abuelos.

Azinhaga, en el Ribatejo portugués, fue el territorio primero de su memoria. Allí aprendió que las cosas sencillas podían contener una profundidad inmensa. Aprendió de los animales, de los árboles, de los caminos, de las faenas del campo y de aquellas personas que, teniendo poco, poseían una sabiduría construida con trabajo, necesidad y observación.

Entre ellos estaban sus abuelos, Jerónimo y Josefa.

De ellos heredó mucho más que recuerdos. Aprendió el respeto por la tierra, la dignidad del esfuerzo, la importancia de la palabra, la solidaridad y esa forma sencilla de compartir lo poco o mucho que pudiera haber en una casa.

En Las pequeñas memorias, Saramago regresaría muchos años después a aquel niño para recuperar ese universo que seguía viviendo dentro de él. Volvió a los caminos, a los árboles, a los animales, a las voces y a las personas que habían formado su primera mirada sobre el mundo.

De aquella Azinhaga de su niñez hasta este Lanzarote de su madurez había miles de kilómetros, pero también existía un hilo invisible que unía ambos lugares. En uno aprendió a mirar; en el otro encontró un paisaje donde seguir pensando y escribiendo.

Del Ribatejo verde y agrícola a la desnudez volcánica de Lanzarote. Del pequeño José al maestro Saramago. Y entre ambos paisajes, toda una vida.

Tal vez por eso pudo definir su relación con esta isla con una frase aparentemente sencilla, pero llena de sentimiento:

«Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía».

Cada vez que regreso a Lanzarote esa frase adquiere también para mí un significado especial.

Volver cada verano nos llena el alma. Hace ya más de treinta años que venimos construyendo recuerdos en esta isla y, cuando el tiempo se acumula de esa manera, los lugares dejan de ser solamente lugares y comienzan a formar parte de nuestra propia vida.

Aquí están los encuentros familiares, las conversaciones, las comidas alrededor de una mesa, las risas, los hijos creciendo, los paseos, las carreteras, el olor del mar y tantas pequeñas cosas que con los años terminan formando una memoria común.

Lanzarote tiene para nosotros esa capacidad de reunirnos. El gran hermano nos espera y alrededor suyo volvemos a encontrarnos, compartiendo unos días en los que recuperamos el tiempo familiar, la conversación y esa cercanía que tantas veces la rutina va aplazando durante el resto del año.

Por eso regresar a la casa de José Saramago tiene también algo especial. No es solamente visitar la vivienda de un escritor al que admiro. Es entrar en el lugar donde quedaron sus libros, sus objetos, su mesa de trabajo y una parte importante de sus últimos años. Es mirar aquel paisaje que él miraba y tratar de imaginar cuántas ideas, dudas y personajes comenzaron allí.

La casa conserva todavía una sensación de cercanía. Escuchar hablar de José permite descubrir al hombre detrás del escritor: el joven que tuvo que abrirse camino, el lector incansable, el trabajador, el autodidacta, el escritor, el Premio Nobel y, finalmente, aquel hombre mayor que continuó observando el mundo con enorme lucidez.

Y entre toda esa trayectoria permanece también algo del niño de Azinhaga.

Algo aprendido junto a sus abuelos.

Algo tan sencillo como ofrecer un café.

Al terminar la visita llegamos a la cocina de José y allí aparece uno de esos pequeños detalles que ayudan a entender a una persona. Saramago tenía la costumbre de ofrecer café a quienes visitaban su casa. El buchito de café era una manera sencilla de recibir, agradecer y conversar.

Quizás también aquello venía de lejos, de las costumbres humildes de Azinhaga, de aquellas casas donde no sobraba nada, pero siempre había una silla, una conversación o algo que ofrecer al visitante.

Ese gesto me gusta especialmente porque acerca al escritor a la persona. Después de tanta literatura, de tantos reconocimientos y de un Premio Nobel, queda finalmente algo tan simple como compartir un café en la cocina.

Y eso también cuenta una vida.

Salimos de la casa y Lanzarote continúa allí, con sus montañas, su viento y esa luz que lentamente comienza a bajar sobre el horizonte.

Entonces vuelvo a pensar en aquella frase.

Después de más de treinta años viniendo a esta isla, entiendo perfectamente lo que quiso decir Saramago.

Yo nací en otra tierra y mis raíces están en otra isla, pero Lanzarote ha ido entrando también en nuestra memoria familiar. Aquí hemos dejado veranos, encuentros, fotografías, conversaciones y muchos momentos importantes de nuestras vidas.

No necesito buscar muchas más explicaciones.

Hay lugares que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de uno porque allí se han quedado las personas que queremos y los recuerdos que hemos ido construyendo juntos.

Quizás sea eso lo que siento cuando regreso cada verano y vuelvo a mirar el paisaje, cuando nos reunimos con la familia o cuando contemplamos otra puesta de sol sobre esta tierra volcánica que conocemos ya desde hace tantos años.

Y entonces aquella frase de José Saramago deja de parecerme solamente una hermosa definición de su relación con Lanzarote.

También encuentro en ella algo nuestro.

Algo que después de tantos años puedo sentir como propio.

Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entrada destacada

PASAJES AL MACHU PICCHU

Amaneció en el Valle Sagrado. Los Incas, establecieron aquí su imperio fundaron sus credenciales y adoraciones en toda su cultura se ad...

SIEMPRE ES MOMENTO PARA EL RECUERDO