domingo, 2 de agosto de 2026

El paisaje aprendido


Siempre ha rondado por mi cabeza la necesidad de reconocer mi paisaje. Esa asignatura la descubrí siendo niño, con aquella mirada curiosa que me obligaba a levantar la vista y contemplar más allá, imaginando cómo sería aquella otra dimensión que se dibujaba en el horizonte.

En ese sueño infantil encontraba la motivación para aprender. Era una curiosidad insistente que, algunas veces, llegaba a intimidar al abuelo por la profundidad y la extensión con la que yo intentaba comprender el mundo.

Corría el año 1970, tal vez. Yo apenas tenía siete años y mi abuelo se había apoderado de mi enseñanza y de mi compañía. Decía que yo era su talismán. Presumía delante de sus amigos de tener un nieto noble, bueno, espabilado y curioso.

Con los años comprendí que la abuela había cultivado en él las virtudes de un hombre sabio y paternal, cercano y profundamente familiar. Cuando nosotros nacimos, y después de perder a nuestro padre siendo aún joven, los abuelos nos rescataron a los hermanos para criarnos y completar con nosotros su ya numerosa familia.

Yo pasé a ser su nieto favorito. Tal vez porque veía en mí una joven promesa o porque encontró en mis preguntas un filón para ejercer de maestro.

—Abuelo, ¿qué hierba es esta? —le preguntaba, con unos pajumes entre las manos.

Él respondía alegremente:

—Son cerrillos.

Seguíamos caminando y, unos metros más adelante, volvía a la carga:

—Abuelo, ¿y esta hierba cómo se llama?

—Cerrajas —decía, convencido de sus conocimientos y disfrutando de aquella pequeña maestría.

—¿Y esta?

—Cardos.

Como me daba cuenta de que parecía conocerlas todas, decidía cambiar la táctica.

—Abuelo, ¿cómo se llama aquel lugar?

Le señalaba con el dedo un montículo, una hondonada o una cresta del terreno. Él observaba que la clase había cambiado de materia y respondía:

—Ese lugar se llama el Palmital Alto.

—¿Y aquellos riscos que se ven allá abajo? ¿Cómo se llama aquel sitio, abuelo?

Miraba detenidamente para confirmar hacia dónde apuntaba mi dedo.

—Aquello es el Risco de la Vieja.

—¿Y por qué le llaman así?

—Porque allí vivió, dentro de unas cuevas, una señora muy viejita.

Así transcurrían nuestras clases y tertulias. Eran excepcionales. Con el tiempo, aquella relación siempre me recordó al niño interpretado por Manuel Lozano en La lengua de las mariposas, aprendiendo junto al maestro encarnado por Fernando Fernán Gómez.

Entre mi abuelo y yo también existía una especie de competición por el conocimiento. Como él era sabio, yo intentaba aprendérmelo todo y esperaba encontrar el momento de pillarlo en un renuncio o frente a algo que desconociera. Me pasaba el día buscando la manera de robarle un poco de su sabiduría.

—¿Y esta hierba, abuelo?

Cuando no se acordaba del nombre, respondía:

—Eso son pamplinas.

Entonces yo lo miraba con la satisfacción de quien había descubierto una contradicción.

—Pero tú una vez me dijiste que las pamplinas eran mentirijillas.

Él sonreía hacia dentro y exclamaba:

—Este chiquillo me va a volver loco.

Un día señalé hacia la lejanía.

—Mira allá, abuelo.

El horizonte apenas permitía distinguir el paisaje. Solo se adivinaban las líneas del relieve. Yo insistía en localizar un punto concreto, una forma casi cúbica que sobresalía en la distancia.

—Encima de aquella montaña grande. ¿Ves aquella parte plana del relieve?

Él miraba, pero no terminaba de descubrir lo que yo marcaba con el dedo en el aire.

—Eso es para allá, para Las Breñas, muchacho.

—No, abuelo, no. Las Breñas están más abajo. Yo digo por encima de Las Breñas.

Después de mirar nuevamente, cansado ya de seguir el juego del conocimiento, terminó diciendo:

—No sé, Felillo.

Entonces lo dejé tranquilo durante un rato, satisfecho de haber comprobado que no lo sabía todo.

Pero seguía siendo un gran maestro.

Tuvieron que pasar unos veinticinco años. El abuelo ya había desaparecido cuando, un día, mientras practicaba trial con una moto de campo por la zona de Las Breñas, me detuve precisamente en aquel lugar que habíamos señalado con el dedo durante una de aquellas clases de naturaleza y relieves.

Recordé sus palabras. Recordé también su duda.

Encontré a un pastor de la zona y le señalé el punto exacto.

—Eso es el Malpaso —respondió con rotundidad.

Después me explicó su historia.

Por allí descendía el camino real que comunicaba Cazadores con Telde. Justo en aquel punto había unos escalones y saltos en la roca que las bestias debían salvar cargadas con mercancías. Muchas resbalaban o caían con todo su peso, y por eso el lugar terminó siendo bautizado como el Malpaso.

Volví entonces a convertirme en aquel niño que preguntaba al abuelo.

—¿Y aquel lugar que está más arriba?

—Las Moriscas —contestó.

Antes de que pudiera formular una nueva pregunta, continuó enumerando los nombres del territorio, dejando claro que conocía aquellos paisajes y sus lindes mejor que nadie:

—Los Marrubios, Majalete, el Vijete, Guindaledán, el Morrete, Los Majanos, Hoya Medina…

Mientras hablaba, su dedo dibujaba sobre el paisaje una galaxia geométrica. Marcaba barrancos, montañas, caminos y lomos como si la tierra fuera una gran pizarra o el mapa subterráneo del metro londinense.

Aquel pastor desconocido, sabio y solitario, se parecía mucho a mi abuelo cuando impartía sus mejores lecciones.

Entonces comprendí que los nombres de los lugares no solo sirven para orientarnos. También conservan historias, accidentes, leyendas, trabajos y vidas pasadas. Son palabras depositadas sobre el territorio para que las siguientes generaciones puedan reconocerlo.

Mi abuelo me enseñó a preguntar.

El pastor me ayudó a encontrar una respuesta veinticinco años después.

Y entre ambos me enseñaron que el paisaje no se contempla solamente con los ojos. El paisaje se aprende, se escucha, se recorre y se guarda en la memoria.

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