Nada más alegre que una sintonía que enamora: música, ambiente y momento coincidiendo en ese extraño equilibrio de placeres que, cuando consiguen reunirse, convierten un instante cualquiera en plenitud. Cuánto aprendizaje cabe entonces en el pensamiento, cuánta necesidad de prolongarlo. Es como una ola generosa de felicidad que se acerca hasta tocar aquello que uno considera esencial: actitud, virtud, creatividad, entendimiento. Equilibrio, al fin y al cabo. Una especie de poesía interior que te permite avanzar al compás de lo que verdaderamente sientes.
Hay momentos así, encuentros con
sueños del pasado, cuando la mente vuelve a ser esencia personal, anárquica,
exigente, incluso egoísta e individualista, porque también necesitamos un
territorio exclusivamente nuestro para pensar. Sin embargo, cuando ese
pensamiento encuentra la manera de compartirse, aparece otro equilibrio y se
abre una enorme capacidad de expresión y creatividad.
Yo siempre soñé con algo
parecido: madurar en ese equilibrio del encuentro, enriquecer la vida con
plenitud, aprendizaje y satisfacción. Tres virtudes que unas veces encontramos
y otras perseguimos durante años. Corremos hacia ellas creyendo que difícilmente
podemos equivocarnos, sobre todo cuando la voluntad se antepone a los placeres
fáciles y nos obliga a mirar más lejos. Todo suma: los aciertos, los
resultados, los errores que terminamos admitiendo y hasta esos momentos que,
con el paso del tiempo, aprendemos a valorar de otra manera.
Hoy he vuelto a encontrarme con
algunos de aquellos pensamientos puros. Escapan muchas veces de las normas de
la realidad y se refugian en esos pequeños circos mentales donde siguen
viviendo las decisiones que tomamos con miedo, sin miedo o simplemente porque
quisimos tomarlas. Ahí aparece el libre albedrío: esa capacidad tan personal de
decidir incluso sabiendo que podemos equivocarnos. Pensamientos que algunas
veces pueden parecer ególatras porque nos pertenecen únicamente a nosotros,
pero que no necesariamente tienen que convertirse en palabra ni mucho menos en
obra. Pensar también es una forma de libertad.
El sol hoy es calor y abundancia,
como el aire. Es esencia de verano, como en todos aquellos veranos de otros
tiempos. Y mientras lo contemplo pienso también en esa particular odisea humana
que persigue la virtud de lo extraordinario. Podemos leer pensamientos
maravillosos, teorías, filosofías y paradojas, pero difícilmente conectaremos
con su verdadera esencia si antes no existe una voluntad personal para
comprenderlas. Hace falta aprendizaje, convencimiento y, sobre todo, tolerancia
para entender que otras personas pueden recorrer caminos distintos para llegar
a conclusiones igualmente válidas.
Seguí entonces escarbando en el
teclado, animando al pensamiento a contar sus propias historias. Buenas, malas,
mejores, equivocadas o incoherentes. Me dejé servir por esa bandeja desordenada
de palabras que aparece cuando uno escribe sin demasiadas defensas, intentando
convertirlas después en frases capaces de interpretar el pensamiento, la
actitud y hasta el grado de libertad con el que dejamos salir nuestros
sentimientos.
Porque escribir también consiste
en eso: ordenar el desorden.
Después de todo, queda la
interpretación. Una especie de laberinto donde cada uno toma las riendas de sus
propias preguntas y acepta que las respuestas pueden ser diferentes según quién
las mire. Ahí comienza quizá lo verdaderamente interesante. Algunos encontrarán
parentescos con la filosofía; otros verán simplemente un entretenimiento
literario, una reflexión sin necesidad de grandes justificaciones; y habrá
quienes intenten adivinar cuántas interpretaciones pueden esconderse detrás de
estas palabras.
Todas serán posibles.
Porque probablemente el libre
albedrío también consiste en eso: en conservar la capacidad de pensar por uno
mismo, admitir la posibilidad del error, cambiar de camino cuando sea necesario
y seguir defendiendo el derecho a elegir aquello que queremos ser.
Sin embargo, existo.
Por lo tanto, insisto…

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