lunes, 27 de abril de 2026

Generosa, siempre desprendida, llegó la luz.

 



Su infinita gracia luminosa marcó el umbral y sometió a las sombras al marco de su identidad. Aquella infancia rural, entre el tedio y la frustración, mendigaba libretillos de vaqueros y letras para alimentar nuestra imaginación y nuestra sed de saber. Aunque, para ser honesto, todo comenzó mucho antes.

Primero fueron los tebeos: la creatividad desbordada de descifrar sus casilleros de caricaturas, las expresiones costumbristas, el vocabulario desenfadado e ingenioso de unos personajes deformados en sus perfiles y ajustados al pulso de un autor imaginativo y justiciero.

No había nada que alegrara más el alma infantil que recibir aquellos tebeos. Eran un caudal de felicidad: la visión de un mundo paralelo lleno de gracia, donde los personajes eran mis amigos. Me contaban otras versiones del mundo y yo quería corretear con ellos en sus aventuras. Y, cuando ya estaba harto de novelas e historietas con final justiciero, llegaron El Jabato y El Capitán Trueno, dispuestos a luchar contra tiranos e injusticias.

Yo planchaba las revistas, las guardaba en su perfil más plácido y volvía a ellas mil veces, porque no tenía qué leer, y solo me hacía feliz mi pequeño archivo de pobre bibliotecario.

Uno de los recuerdos más sensoriales que conservo —cuando la familia bajaba a casa, a Telde— era escaparme a la biblioteca León y Castillo para hurgar entre libros, títulos, sinopsis y carátulas. Yo quería leerlos todos. Mi mente intentaba resumirlos devorando con la vista las imágenes y los chistes. Aquel tesoro dormido en los estantes era tan abundante y generoso que susurraba en silencio su existencia. Y cuando sentía que acariciaba sus cubiertas, despertaban y me hacían guiños de ternura.

Pasaron algunos años de salteador de libros ininteligibles, de lector en tránsito hacia la comprensión, pero seguía leyendo. Hasta la Biblia: una grande y sagrada que tenía mi abuelo, quien se convirtió en evangelista ya de mayor, ante la infinita incomprensión de mi abuela, que atribuyó aquello a una locura transitoria de la edad o algo parecido. Aunque, en su infinita sabiduría, se lo reprochaba con el amor que le tenía a aquel hombre tan aventurero de la vida.

Yo, cuando el abuelo trabajaba, cogía aquella Biblia a hurtadillas e intentaba adivinar, como un detective, qué escondían aquellas letras tan sabias y universales para haberlo atrapado en su destino. Creo que fue una estrategia más social que afectiva: él y su habilidad para envolverlo todo en misterios y silencios. Aunque su amor paternal infinito estaba regido por otras leyes de la naturaleza.

Y un día, en aquella juventud errante e inconformista, cayó en mis manos Juan Salvador Gaviota. Recuerdo que me detuve de pronto: quedé pasmado con su lectura, hipnotizado por su relato. De repente, todo dentro de mí se sacudió con una felicidad contenida; se abrió una puerta corredera al entendimiento y se calmaron mis búsquedas de lecturas comprensibles. Fue un subidón de adrenalina que cambió hasta mi comportamiento. Era como si me hubiera pasado la vida esperando ese momento de revelación que por fin había llegado.

Entonces salté al vacío de la lectura. Ya no me importaba si entendía o no las historias. Yo solo quería leer, dejarme llevar por los relatos en un viaje interminable hacia otros mundos. Y en esos otros mundos sigo soñando con aquellas vibraciones y entusiasmos.

Un mundo sin letras sería una infinita injusticia de caos.

Feliz Día del Libro y del Autor.


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