jueves, 22 de enero de 2026

Perfume de retamas

Escarbo en la memoria como quien hunde las manos en la tierra húmeda. Entre los pliegues del tiempo emerge un aroma que marcó mi infancia. Basta detectarlo en el aire —leve, casi invisible— para que un relámpago de luz me devuelva a aquellos años en los que mi relación con la naturaleza era pura intemperie, libertad sin nombre, experiencia sin límites.

Éramos pobres, sí, y la supervivencia era un oficio cotidiano. Pero en nuestra infancia cabía el mundo entero. Teníamos las horas del día abiertas como un campo sin cercas, dedicadas al descubrimiento y a la acción, a medir la mente y el cuerpo contra sus propias fronteras. Era la libertad de la vida rural, donde el aprendizaje se hacía a golpes de realidad y el banco de pruebas era uno mismo. La primavera era la estación más cercana al milagro: una explosión de color, flores desbordadas y campos verdes hasta doler en los ojos. Era el tiempo más feliz del año, aunque el frío nos castigara la piel, la agrietara y la endureciera; aunque las manos se abrieran en contacto con la tierra y los tallos, y el calor del hogar fuera apenas un consuelo triste frente a la crudeza de afuera.

Durante ese vaivén del sol gobernaban las lloviznas y el frío persistente. Los inviernos nos parecían eternos: largos de humedad, duros de escarcha, de ese frío que muerde y pela. Tal vez no fueran distintos a los de ahora, pero nuestros cuerpos pequeños, mal abrigados y valientes, estaban más expuestos a la intemperie. Y el frío, como la tierra misma, siempre ha sido antiguo y fiel compañero del paso de las estaciones.

Yo trazaba mis aventuras en las montañas de medianías. Conocía la piel del paisaje como se conoce un cuerpo amado: por memoria y por emoción. Cada ladera tenía su latido, cada sendero su carácter. Y entre todos los lugares hubo uno que selló mi destino olfativo: las retamas. Blancas, amarillas, indias, negras. Abundantes, olorosas, desbordadas de vida. Un regalo divino anunciando la llegada de la primavera. Eran refugio y despensa para las abejas, que zumbaban ebrias de polen, propagando el paisaje canario con la generosidad de quien no sabe guardarse nada.

Regresaba a casa con un ramillete de retamas entre las manos, como un niño enamorado que ofrece a su madre el presente más puro que conoce. Ella las recibía con una sonrisa lenta, porque aquel perfume también habitaba en su memoria. Entonces me contaba su propia historia:

Por el paredón bajaba el camino que venía de la Atalaya, cruzaba el barranco de la Pepina y seguía por la umbría hacia los Picos y San Roque. A ese sendero, hoy borrado por el tiempo, lo llamaban el camino de las Talayeras.

Por allí transitaban los ranchos de mujeres de la Atalaya. Caminaban hacia San Roque, Montaña Las Palmas, Tecén, Las Capotas y Valsequillo, a recoger retamas. Volvían al atardecer con los haces cargados sobre la cabeza y la espalda. Mi madre, siendo niña, las miraba pasar absorta en sus juegos, atrapada por el imán invisible de aquel perfume. No sabía entonces para qué servían tantas flores, tanto olor transportado, pero algo en su interior quedó marcado para siempre: la certeza de pertenecer a la naturaleza, de formar parte de ella.

Esa herencia continúa. Vive en los genes, en los hijos y en los nietos. En Valsequillo, la ruta de las Haciendas hacia los cernícalos sigue impregnada de esa abundancia. El color se desborda, el aire se espesa de fragancia, y el paisaje queda atrapado en una generosidad antigua.

Cuántos recuerdos.

Cuánto perfume de retamas sigue sosteniendo la memoria

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entrada destacada

PASAJES AL MACHU PICCHU

Amaneció en el Valle Sagrado. Los Incas, establecieron aquí su imperio fundaron sus credenciales y adoraciones en toda su cultura se ad...

SIEMPRE ES MOMENTO PARA EL RECUERDO