Escarbo en la memoria como quien hunde las manos en la tierra húmeda. Entre los pliegues del tiempo emerge un aroma que marcó mi infancia. Basta detectarlo en el aire —leve, casi invisible— para que un relámpago de luz me devuelva a aquellos años en los que mi relación con la naturaleza era pura intemperie, libertad sin nombre, experiencia sin límites.
Éramos pobres, sí, y la supervivencia era un
oficio cotidiano. Pero en nuestra infancia cabía el mundo entero. Teníamos las
horas del día abiertas como un campo sin cercas, dedicadas al descubrimiento y
a la acción, a medir la mente y el cuerpo contra sus propias fronteras. Era la
libertad de la vida rural, donde el aprendizaje se hacía a golpes de realidad y
el banco de pruebas era uno mismo. La primavera era la estación más cercana al
milagro: una explosión de color, flores desbordadas y campos verdes hasta doler
en los ojos. Era el tiempo más feliz del año, aunque el frío nos castigara la
piel, la agrietara y la endureciera; aunque las manos se abrieran en contacto
con la tierra y los tallos, y el calor del hogar fuera apenas un consuelo
triste frente a la crudeza de afuera.
Durante ese vaivén del sol gobernaban las
lloviznas y el frío persistente. Los inviernos nos parecían eternos: largos de
humedad, duros de escarcha, de ese frío que muerde y pela. Tal vez no fueran
distintos a los de ahora, pero nuestros cuerpos pequeños, mal abrigados y
valientes, estaban más expuestos a la intemperie. Y el frío, como la tierra
misma, siempre ha sido antiguo y fiel compañero del paso de las estaciones.
Yo trazaba mis aventuras en las montañas de
medianías. Conocía la piel del paisaje como se conoce un cuerpo amado: por
memoria y por emoción. Cada ladera tenía su latido, cada sendero su carácter. Y
entre todos los lugares hubo uno que selló mi destino olfativo: las retamas.
Blancas, amarillas, indias, negras. Abundantes, olorosas, desbordadas de vida.
Un regalo divino anunciando la llegada de la primavera. Eran refugio y despensa
para las abejas, que zumbaban ebrias de polen, propagando el paisaje canario con
la generosidad de quien no sabe guardarse nada.
Regresaba a casa con un ramillete de retamas
entre las manos, como un niño enamorado que ofrece a su madre el presente más
puro que conoce. Ella las recibía con una sonrisa lenta, porque aquel perfume
también habitaba en su memoria. Entonces me contaba su propia historia:
Por el paredón bajaba el camino que venía de la
Atalaya, cruzaba el barranco de la Pepina y seguía por la umbría hacia los
Picos y San Roque. A ese sendero, hoy borrado por el tiempo, lo llamaban el
camino de las Talayeras.
Por allí transitaban los ranchos de mujeres de la
Atalaya. Caminaban hacia San Roque, Montaña Las Palmas, Tecén, Las Capotas y
Valsequillo, a recoger retamas. Volvían al atardecer con los haces cargados
sobre la cabeza y la espalda. Mi madre, siendo niña, las miraba pasar absorta
en sus juegos, atrapada por el imán invisible de aquel perfume. No sabía
entonces para qué servían tantas flores, tanto olor transportado, pero algo en
su interior quedó marcado para siempre: la certeza de pertenecer a la naturaleza,
de formar parte de ella.
Esa herencia continúa. Vive en los genes, en los
hijos y en los nietos. En Valsequillo, la ruta de las Haciendas hacia los
cernícalos sigue impregnada de esa abundancia. El color se desborda, el aire se
espesa de fragancia, y el paisaje queda atrapado en una generosidad antigua.
Cuántos recuerdos.
Cuánto perfume de retamas sigue sosteniendo la
memoria

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