Tal vez el amor no siempre tenga rostro humano. A
veces tiene forma de valle
La carretera que sube a Valsequillo atraviesa la
Cañada Salvia India con una naturalidad antigua. No corta el valle: lo sigue.
Una curva suave, luego otra, y el paisaje comienza a desplegarse sin
estridencias. La subida no impone; acompaña.
A ambos lados, los bancales dibujan líneas
pacientes sobre la tierra. Cada franja cultivada es un gesto repetido durante
generaciones. El verde se extiende como un mar contenido, y mientras el coche
avanza, algo en mí desacelera. Subir no es solo ganar altura; es ganar
perspectiva.
En una de las primeras curvas, la hondonada se
abre por completo. El relieve ondulado respira bajo la luz cambiante. Las
ovejas, dispersas sobre la ladera, parecen nubes detenidas a ras de suelo. Más
arriba, los pinos inclinados por la ventisca sostienen su resistencia sin
dramatismo. Desde cierta distancia, el castillo de Vista Alegre observa en
silencio, como un guardián discreto del tiempo.
Es entonces cuando el presente se vuelve poroso.
Mientras el motor mantiene su ritmo constante, mi
imaginación retrocede. Sobre esa misma ladera ya no veo solo hierba: aparecen
arrieros conduciendo bestias cargadas, pasos firmes sobre senderos de polvo.
Hombres curtidos por el sol, avanzando despacio, negociando cada pendiente. Los
imagino cruzando el valle al amanecer, cuando la bruma todavía se aferra al
fondo de la cañada.
Donde hoy el asfalto suaviza el trayecto, antes
hubo caminos de piedra y tierra. Labradores inclinados sobre los surcos,
abriendo la piel del terreno con herramientas sencillas. La forma del valle no
es casual: fue trabajada. Cada bancal es memoria acumulada, cada muro de piedra
una conversación entre el hombre y la pendiente.
La carretera asciende, pero el tiempo desciende
conmigo. Veo manos que levantaron muros, espaldas que soportaron cargas,
miradas que midieron el cielo para decidir la siembra. No hay épica en esa
imagen; hay constancia. El valle no nació armónico: fue modelado con paciencia.
Un olor vegetal entra por la ventanilla
entreabierta. Tierra húmeda primero, luego hierba templada por el sol, después
el fondo áspero de tederas y cardos. El aire trae presente y pasado mezclados
en la misma respiración.
Hay un punto exacto en la subida en que el
paisaje se ordena ante los ojos. La carretera se ensancha y suelta la
velocidad, el gesto mecánico coincide con una certeza interior: este lugar no
es solo geografía. Es herencia.
Lo que más abunda en la tierra es paisaje. Pero
no todo paisaje guarda memoria. Este sí. Aquí cada curva conserva la huella de
quienes la caminaron antes de que existiera el asfalto. Cada ladera sostiene la
sombra de los que la trabajaron sin dejar nombre.
Cuando el pueblo aparece al final de la subida,
no siento que haya llegado. Siento que he atravesado capas. El presente se
sostiene sobre pasos antiguos.
Salvia India permanece abajo, extendida y fiel.
Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo,
sé que no cruzo un valle de melancolía,
sino un valle de permanencia.
Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo,
comprendo que este valle no se deja atrás.
Se queda.
El paisaje de Valsequillo no promete eternidad.
Simplemente está.
Y eso basta.

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