jueves, 8 de enero de 2026

Refugio y melancolía de invierno

 


Tras el cristal de la ventana, el paisaje verde intenso se cubre de gasa de agua blanca; todo queda inerte, absorto. El ruido de la lluvia, al arreciar sobre la tierra y sus elementos, danza como una orquesta entrañable de bienestar y melancolía de refugio. Hogar y libros se encienden en el pensamiento. En este ciclo invernal, el reino del alisio abrió los pasillos del frío y permitió la llegada de las borrascas, en compases de riego generoso; saborear estos instantes es sentir palpitar la vida.

Yo, encantado, escudriño el paisaje como un halcón peregrino y mido la abundancia de la tierra madre. La Pachamama, entregada al parto de vida de los dioses, se manifiesta como una expresión monumental de la existencia y su explosión divina. Son los inviernos fríos los que doman el carácter y fertilizan el semblante de la poesía del tiempo. Surgen entonces rayos de luz que rasgan las nubes y proyectan sobre los campos enchumbados su manto agradable de energía. Recibo este regalo en los ojos del alma: una comunión de elementos que se exhibe sin permiso en su reino.

La inolvidable secuencia de este vivir —pura melancolía— se asoma a mis hombros como un duende que susurra y lee mis páginas. En la historia del libro se cuentan detalles destilados de una naturaleza excepcional. A veces vuelvo atrás para saborear las palabras: es una prosa brillante, cargada de música; una lírica afinada y exquisita, como manantial cuidado de sabiduría literaria. El entendimiento y la percepción se activan mientras sigo el eco de las palabras, observo su rastro y reconozco la huella leve que dejan al caer sobre la página. La lectura continúa, a veces devorada, buscando estribillos, frases dulces. Escucho el aplauso y la melodía se apaga. Regreso atrás: ahora solo quiero leer, beber a sorbos las palabras, no analizar.

Acabo la página, levanto la mirada y cierro las tapas duras del libro. Vuelvo a leer su título. Analizo. Lo abro de nuevo y acaricio el papel que guarda los textos: soportes de una verdad, pasaporte de un milagro llamado cuento. Pocas cosas encierran tantos secretos como un libro, tantos pensamientos encriptados esperando ser transferidos y revelados según el grado de entendimiento.

Miro a través de la ventana, tomando aliento en la ensoñación. El sol proyecta halos de colores y esparce luz potente sobre los campos. En las hojas de las plantas del jardín se revelan las estructuras de las gotas, que deciden rodar y dejarse caer por el tobogán de las hojas alargadas. Es un respiro transitorio: en la distancia se redibuja otra cortina blanquecina de rocío, dispuesta a abatir el valle de nuevo.

Vuelvo la mirada al refugio y a la muralla donde se amontonan los libros, formando un cerco tertuliano. Los observo a todos, tantos amigos ilustres: Balzac, Galdós, Proust, Victor Hugo, Miguel Delibes, García Márquez, Juan Rulfo, Holmes, Dickens, Cortázar, Galeano, Faulkner, Joyce, Camus, Hemingway, Cercas, Frisch, Saramago… Qué afortunado me siento este invierno, con tantos amigos interesantes amenizando mi melancolía.


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