Tras
el cristal de la ventana, el paisaje verde intenso se cubre de gasa de agua
blanca; todo queda inerte, absorto. El ruido de la lluvia, al arreciar sobre la
tierra y sus elementos, danza como una orquesta entrañable de bienestar y
melancolía de refugio. Hogar y libros se encienden en el pensamiento. En este
ciclo invernal, el reino del alisio abrió los pasillos del frío y permitió la
llegada de las borrascas, en compases de riego generoso; saborear estos
instantes es sentir palpitar la vida.
Yo, encantado, escudriño el paisaje como un halcón peregrino y mido la abundancia de la tierra madre. La Pachamama, entregada al parto de vida de los dioses, se manifiesta como una expresión monumental de la existencia y su explosión divina. Son los inviernos fríos los que doman el carácter y fertilizan el semblante de la poesía del tiempo. Surgen entonces rayos de luz que rasgan las nubes y proyectan sobre los campos enchumbados su manto agradable de energía. Recibo este regalo en los ojos del alma: una comunión de elementos que se exhibe sin permiso en su reino.
La
inolvidable secuencia de este vivir —pura melancolía— se asoma a mis hombros
como un duende que susurra y lee mis páginas. En la historia del libro se
cuentan detalles destilados de una naturaleza excepcional. A veces vuelvo atrás
para saborear las palabras: es una prosa brillante, cargada de música; una
lírica afinada y exquisita, como manantial cuidado de sabiduría literaria. El
entendimiento y la percepción se activan mientras sigo el eco de las palabras,
observo su rastro y reconozco la huella leve que dejan al caer sobre la página.
La lectura continúa, a veces devorada, buscando estribillos, frases dulces.
Escucho el aplauso y la melodía se apaga. Regreso atrás: ahora solo quiero
leer, beber a sorbos las palabras, no analizar.
Acabo
la página, levanto la mirada y cierro las tapas duras del libro. Vuelvo a leer
su título. Analizo. Lo abro de nuevo y acaricio el papel que guarda los textos:
soportes de una verdad, pasaporte de un milagro llamado cuento. Pocas cosas
encierran tantos secretos como un libro, tantos pensamientos encriptados
esperando ser transferidos y revelados según el grado de entendimiento.
Miro
a través de la ventana, tomando aliento en la ensoñación. El sol proyecta halos
de colores y esparce luz potente sobre los campos. En las hojas de las plantas
del jardín se revelan las estructuras de las gotas, que deciden rodar y dejarse
caer por el tobogán de las hojas alargadas. Es un respiro transitorio: en la
distancia se redibuja otra cortina blanquecina de rocío, dispuesta a abatir el
valle de nuevo.
Vuelvo
la mirada al refugio y a la muralla donde se amontonan los libros, formando un
cerco tertuliano. Los observo a todos, tantos amigos ilustres: Balzac, Galdós,
Proust, Victor Hugo, Miguel Delibes, García Márquez, Juan Rulfo, Holmes,
Dickens, Cortázar, Galeano, Faulkner, Joyce, Camus, Hemingway, Cercas, Frisch,
Saramago… Qué afortunado me siento este invierno, con tantos amigos
interesantes amenizando mi melancolía.

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