sábado, 8 de noviembre de 2025

LA CASA DEL HUMO

En aquellos pasajes del tiempo antiguo, en una vida rural que impregnaba el paisaje, apenas existían viviendas, solo caminos de herradura transitados por bestias. Una mirada a ese tiempo revela una evolución aborigen basada en la subsistencia y la explotación de la tierra. Tierras que empezaban a ordenarse en terrazas construidas en las laderas, donde las profesiones más notables se distinguían entre parederos, piqueros de cueva y artesanos del uso cotidiano: la cestería —mimbres, palma, pencas—.

No resulta difícil imaginar la vida a orillas del camino: el pastoreo, los sembrados, las recolectas, los entierros o los actos religiosos.

Aquel Valsequillo de cuevas y barrancos, de cumbres peladas del siglo XIX, estaba condicionado por el poder de la tierra sobre el hombre y el esmero de este en extraerle sus frutos. Las laderas y andurriales, encendidos de almendreros, higueras y frutales, y los barranquillos cubiertos de tuneras, formaban un paisaje en armonía rural, casi como un bordado.

Las cumbres de Botija y El Piquillo, ese macizo montañoso que cierra la gran depresión Valsequillera al sur, eran tierras de pastores y ganado. La trashumancia llenaba los caminos de cumbre de arrieros y pastores que a diario conectaban servicios: bajaban leche, queso o grano, y subían utensilios, pan y abrigos. Muchos paisanos nacían y crecían en la montaña, sin bajar al pueblo más que una o dos veces al año. El suministro y las necesidades de supervivencia se resolvían a su alrededor.

La historia de la Casa del Humo guarda una tragedia en su toponimia —como recordaba Paco Luis, contador de leyendas—. Arriba, en la cumbre, detrás de El Piquillo, se crió una familia de pastores venidos de las cumbres de Gáldar, cuyos nombres y apellidos se han perdido por falta de registros o por el olvido. Levantaron una casa de piedra con techos de paja y adobe. Tenían sus animales en una amplia gallanía de cuevas que rodeaban la casa, que altanera asomaba al barranco de los cernícalos, en el lugar conocido como el Risco del Drago.

Con el tiempo, los padres desaparecieron y quedaron los dos hermanos: gemelos, de complexión robusta y solterones, dedicados con esmero artesanal a su vida de pastoreo. La convivencia entre ellos debió de ser buena, marcada por la unidad y el apego al asentamiento en esas cumbres. Aunque algo distantes y bastante silvestres, cuentan que hubo días en que se notó un humo constante saliendo de la casa. Nadie le prestó atención: quizá quemaban rastrojos o estaban horneando.

Pasaron varios días con la casa echando humo, mientras los balidos de las cabras y ovejas, hambrientas, se oían desde lejos. Algunos pastores de Cuevas Caídas se acercaron a interesarse por la situación y se encontraron con la tragedia.

Los restos calcinados de los dos hermanos y varias cabras quedaron atrapados en un incendio que no les dio tiempo a escapar. Asfixiados primero y luego calcinados, sus cuerpos fueron hallados entre los rescoldos aún humeantes. Las investigaciones y suposiciones de quienes acudieron al rescate apuntaron a que se quedaron dormidos con velas encendidas. El fuego, propagado rápidamente por el pasto y los utensilios inflamables, fue fatal

Desde aquellos remotos años —que la memoria no alcanza a ubicar con certeza, más que la imaginación— se le llama al lugar La Casa del Humo. Y así se conoce, aunque muchos desconozcan su leyenda.

 

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