En aquellos pasajes del tiempo antiguo, en una vida rural que impregnaba el paisaje, apenas existían viviendas, solo caminos de herradura transitados por bestias. Una mirada a ese tiempo revela una evolución aborigen basada en la subsistencia y la explotación de la tierra. Tierras que empezaban a ordenarse en terrazas construidas en las laderas, donde las profesiones más notables se distinguían entre parederos, piqueros de cueva y artesanos del uso cotidiano: la cestería —mimbres, palma, pencas—.
No
resulta difícil imaginar la vida a orillas del camino: el pastoreo, los
sembrados, las recolectas, los entierros o los actos religiosos.
Aquel
Valsequillo de cuevas y barrancos, de cumbres peladas del siglo XIX, estaba
condicionado por el poder de la tierra sobre el hombre y el esmero de este en
extraerle sus frutos. Las laderas y andurriales, encendidos de almendreros,
higueras y frutales, y los barranquillos cubiertos de tuneras, formaban un
paisaje en armonía rural, casi como un bordado.
Las
cumbres de Botija y El Piquillo, ese macizo montañoso que cierra la gran
depresión Valsequillera al sur, eran tierras de pastores y ganado. La
trashumancia llenaba los caminos de cumbre de arrieros y pastores que a diario
conectaban servicios: bajaban leche, queso o grano, y subían utensilios, pan y
abrigos. Muchos paisanos nacían y crecían en la montaña, sin bajar al pueblo
más que una o dos veces al año. El suministro y las necesidades de
supervivencia se resolvían a su alrededor.
La
historia de la Casa del Humo guarda una tragedia en su toponimia —como
recordaba Paco Luis, contador de leyendas—. Arriba, en la cumbre, detrás de El
Piquillo, se crió una familia de pastores venidos de las cumbres de Gáldar,
cuyos nombres y apellidos se han perdido por falta de registros o por el
olvido. Levantaron una casa de piedra con techos de paja y adobe. Tenían sus
animales en una amplia gallanía de cuevas que rodeaban la casa, que altanera
asomaba al barranco de los cernícalos, en el lugar conocido como el Risco del
Drago.
Con
el tiempo, los padres desaparecieron y quedaron los dos hermanos: gemelos, de
complexión robusta y solterones, dedicados con esmero artesanal a su vida de
pastoreo. La convivencia entre ellos debió de ser buena, marcada por la unidad
y el apego al asentamiento en esas cumbres. Aunque algo distantes y bastante
silvestres, cuentan que hubo días en que se notó un humo constante saliendo de
la casa. Nadie le prestó atención: quizá quemaban rastrojos o estaban
horneando.
Pasaron
varios días con la casa echando humo, mientras los balidos de las cabras y
ovejas, hambrientas, se oían desde lejos. Algunos pastores de Cuevas Caídas se
acercaron a interesarse por la situación y se encontraron con la tragedia.
Los
restos calcinados de los dos hermanos y varias cabras quedaron atrapados en un
incendio que no les dio tiempo a escapar. Asfixiados primero y luego
calcinados, sus cuerpos fueron hallados entre los rescoldos aún humeantes. Las
investigaciones y suposiciones de quienes acudieron al rescate apuntaron a que
se quedaron dormidos con velas encendidas. El fuego, propagado rápidamente por
el pasto y los utensilios inflamables, fue fatal
Desde
aquellos remotos años —que la memoria no alcanza a ubicar con certeza, más que
la imaginación— se le llama al lugar La Casa del Humo. Y así se conoce, aunque
muchos desconozcan su leyenda.

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