El patio se convirtió en un espejo lavado que, mirando la tristeza de la tarde, se alegró del acontecimiento otoñal.
Llueve
apenas —perceptibles gotas de polvo—; por momentos hacen cortinillas de metal,
como mariposas permeables que danzan en el vacío y refrescan la estación de la
meditación.
Mirando
el cielo plomizo, asoma la luna llena que anda vigilando el encapotado de nubes
acolchadas.
Siempre
pensé que lo mejor de esta estación estaba en su melancolía indiferente y
tarambana, como contrapartida deseada a la fragua de la luz de esta tierra
sedienta.
Las
plantas no se mueven: sus hojas reciben el frescor húmedo del llanto.
El
agua destila con la parsimonia de la calma; no se oyen los animales, que
deciden echarse la siesta o meditar celebrando el cambio.
“Algo
de lluvias en medianías y cumbres”, rezaban las noticias. Esquelas y mapas
meteorológicos apuntan la misma tristeza.
Las
nubes grises y oscuras suelen aferrarse a las montañas para evitar ser
arrastradas por el viento o la evaporación en el espacio abierto; forman un
rebaño amontonado y juegan a moverse en corrientes de pequeños grupos que
manejan la danza, a veces como las golondrinas, sin saber que trazan figuras
geométricas ovaladas de una belleza impresionante con sus vuelos acrobáticos.
Las
ovejas, sin embargo, representan la huida del miedo a los lobos: se amontonan
formando un muro de lana y se lamentan de su condición de borregos.
Los
compases de la peregrinación de sus cencerros enfilan los galpones: es el canto
del regreso, la señal de la retirada.
El
frío es amigo de la lana; se presta y embadurna de cobijos de pelo sin
escardar, de pezuñas desnudas que trotan entre andurriales dejando caer las
orejas agitadas y el balido del llanto localizado.
Los
pastores entienden su lengua y se comunican a ciegas con el silbido.
Los
perros son sargentos de maniobras de acción inmediata.
Todo
fluye bajo la sensibilidad del cielo, sobre el lienzo de forraje seco que
mantienen los campos apenas con rastrojos.
Pronto
habrá retoños, y tras estos sollozos escasamente visibles hay un mundo de
espera y apariencias que se agita para entrar en acción.
Otoño
de indiferencia, ya no recuerdas tus memorias.
Abandonado
a los caprichos del cielo, te comportas con la tierra según el crédito de tus
llantos.
No
dejes que los cuervos graznen desdicha ni los grajos desgracia; permite que la
oficialidad del duelo mantenga el protocolo de tu gloria, aunque las hojas
sigan cayendo por gravedad y aburrimiento, aunque los caracoles no peregrinen
arrastrando sus periscopios alzados y mueran resecos en sus conchas de magnesio
blanco.
No
queda abundancia de otros tiempos, ni se viran las tornas esperando las
miserias.
Los
sacrificios a los dioses pasaron a la leyenda de otros olimpos.
El
tiempo bondadoso ahora es un cobarde que no enseña su destino, que no encuentra
el bando de su acción.
El
cielo sigue encapotado y arrepentido; no hay señales de duelo ni regalos
pendientes.
La
tierra ni resuella: solo enmudece y permanece en silencio despectivo.
Ya
la gente no reza: ha perdido la fe en las plegarias.
El
desaire se apodera creando ambientes raros, la incertidumbre galopa buscando
asilos, nadie reconoce la herencia.
Los
rastros se han borrado, los mojones han desaparecido, el camino ha evaporado
las huellas; reniegan de pisar los últimos vestigios por dependencia.
No
reconozco este llanto, aunque la orquesta entone a Chopin, Beethoven o Mozart
en una marcha fúnebre sin gracia.

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