sábado, 8 de noviembre de 2025

Sollozos que no son lluvias

El patio se convirtió en un espejo lavado que, mirando la tristeza de la tarde, se alegró del acontecimiento otoñal.

Llueve apenas —perceptibles gotas de polvo—; por momentos hacen cortinillas de metal, como mariposas permeables que danzan en el vacío y refrescan la estación de la meditación.

Mirando el cielo plomizo, asoma la luna llena que anda vigilando el encapotado de nubes acolchadas.

Siempre pensé que lo mejor de esta estación estaba en su melancolía indiferente y tarambana, como contrapartida deseada a la fragua de la luz de esta tierra sedienta.

Las plantas no se mueven: sus hojas reciben el frescor húmedo del llanto.

El agua destila con la parsimonia de la calma; no se oyen los animales, que deciden echarse la siesta o meditar celebrando el cambio.

“Algo de lluvias en medianías y cumbres”, rezaban las noticias. Esquelas y mapas meteorológicos apuntan la misma tristeza.

Las nubes grises y oscuras suelen aferrarse a las montañas para evitar ser arrastradas por el viento o la evaporación en el espacio abierto; forman un rebaño amontonado y juegan a moverse en corrientes de pequeños grupos que manejan la danza, a veces como las golondrinas, sin saber que trazan figuras geométricas ovaladas de una belleza impresionante con sus vuelos acrobáticos.

Las ovejas, sin embargo, representan la huida del miedo a los lobos: se amontonan formando un muro de lana y se lamentan de su condición de borregos.

Los compases de la peregrinación de sus cencerros enfilan los galpones: es el canto del regreso, la señal de la retirada.

El frío es amigo de la lana; se presta y embadurna de cobijos de pelo sin escardar, de pezuñas desnudas que trotan entre andurriales dejando caer las orejas agitadas y el balido del llanto localizado.

Los pastores entienden su lengua y se comunican a ciegas con el silbido.

Los perros son sargentos de maniobras de acción inmediata.

Todo fluye bajo la sensibilidad del cielo, sobre el lienzo de forraje seco que mantienen los campos apenas con rastrojos.

Pronto habrá retoños, y tras estos sollozos escasamente visibles hay un mundo de espera y apariencias que se agita para entrar en acción.

Otoño de indiferencia, ya no recuerdas tus memorias.

Abandonado a los caprichos del cielo, te comportas con la tierra según el crédito de tus llantos.

No dejes que los cuervos graznen desdicha ni los grajos desgracia; permite que la oficialidad del duelo mantenga el protocolo de tu gloria, aunque las hojas sigan cayendo por gravedad y aburrimiento, aunque los caracoles no peregrinen arrastrando sus periscopios alzados y mueran resecos en sus conchas de magnesio blanco.

No queda abundancia de otros tiempos, ni se viran las tornas esperando las miserias.

Los sacrificios a los dioses pasaron a la leyenda de otros olimpos.

El tiempo bondadoso ahora es un cobarde que no enseña su destino, que no encuentra el bando de su acción.

El cielo sigue encapotado y arrepentido; no hay señales de duelo ni regalos pendientes.

La tierra ni resuella: solo enmudece y permanece en silencio despectivo.

Ya la gente no reza: ha perdido la fe en las plegarias.

El desaire se apodera creando ambientes raros, la incertidumbre galopa buscando asilos, nadie reconoce la herencia.

Los rastros se han borrado, los mojones han desaparecido, el camino ha evaporado las huellas; reniegan de pisar los últimos vestigios por dependencia.

No reconozco este llanto, aunque la orquesta entone a Chopin, Beethoven o Mozart en una marcha fúnebre sin gracia.

 

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