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Altozano - San Francisco |
La pita -claxon- de la
camioneta Ford Transit, tocaba con breves intervalos, como una llamada al
corral de los regalos para la chiquillería de la casa de Altozano 15. Angelito
Santana, nuestro Angelito hombre bueno, sencillo y noble, -padre de Angel,
Guillermo e Inma- Tío político de Tavo, Feli, y padrino de Rosa Marina esperaba,
que saliéramos corriendo para subir al volteo de la pequeña camioneta de
reparto de alfalfa. Antes de entrar en la cochera de San Francisco. El mientras
subíamos entusiasmados, por la experiencia de colgarnos a la barandilla, iba
abriendo los portones viejos de la antigua sociedad recreativa del barrio de
los artesanos, convertida años después en cochera mayor, para los propietarios
del barrio de San francisco. Aquel lugar era tan grande para nuestros pequeños
ojos que cuando entrabamos, el eco del ruido de la camioneta despertaba a los
duendes del garaje, y aventaban el olor aceite quemado y a madera envejecida
como para echarnos de aquel lugar misterioso lleno de latas de aceite viejo y
gomas lisas. Trapos tiznados y alguna botella de mil usos. El polvo de la carcoma
del suelo, dibujaba las huellas de los neumáticos de la camioneta. Angelito
entraba hasta el fondo, mientras nosotros cantábamos atrás mirando los perfiles
en la altura -como si de una carroza andante se tratara- y avisando del retroceso
en las labores de aparcamiento. Aquella maniobra duraba 5 minutos escasos, pero
para nosotros era todo un mundo de diversión, una alegría contenida de experiencia
infantil en los carros del futuro. Y angelito nos sacaba del garaje, con la
expresión de habernos regalado tales alegrías paternales.
Angelito nos dijo adiós desde
un silencio que siempre interpretó con elegancia humana. Nos llevaba a la playa
en aquel Renault 8 invencible, donde cabíamos dos familias y 8 personas
amontonadas. El coche doblaba las ruedas traseras, que se escondían debajo del
guardabarros y de la playa Melenara a Telde por su barrio natal del calero, pasábamos
como el coche escarranchado con la familia santana a bordo.
Angelito me regaló,
responsabilidad, ejemplo de trabajo y respeto. Un hombre sencillo de una gran
personalidad, que siempre brindó a los suyos amor paternal de entonces. Nos exigió
responsabilidades juveniles y sosiego con la comunidad familiar. Hoy San
Francisco debió echar de menos al angel que le acompaño durante años repartiendo
la alfalfa a las cabras de las azoteas de la gente rica de Telde. Al portero
del colegio de San Juan que controlaba los niños y sus acciones, y aconsejaba su
educación y respeto. Al hombre que cada tarde miraba en la azotea el tejado uniforme,
el paso del tiempo sobre el cielo eterno de los faycanes.
Angelito dijo adiós con el mismo
silencio que le acompañó en su vida, con el mismo amor que compartió con los
suyos. Un abrazo eterno querido Angelito.
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