“Mientras haya trigo en la era, habrá pan en la mesa”
Con
esta frase tan rotunda, se iniciaba el grito de guerra de las trillas de
antaño, una actividad tradicional que apareció en las antiguas civilizaciones
de la humanidad 3000, A.C, y que fue extendiéndose por toda Europa como el
primer ingenio artesano para separar la paja de trigo y elaborar el sustento
primario del pan de la tierra.
Estos
usos agrícolas llegaron a las islas después de la conquista, ya que anterior a
ello, se machacaba el trigo en el mortero, era todo bastante primario. Luego
aparecieron las primeras trillas y eras; estas se construían con lajas de
piedra bien elaboradas para que no se perdiera el grano, y preferiblemente en
lugares ventosos para ayudar en la recolección del grano con el aventar de su
esencia.
Viajo
en el tiempo de mi memoria, para volver a la niñez y a mi barrio de la Gavia. Allí
haciendo un pequeño recuento mental del espacio, había una docena de eras bien
marcadas y algunas muy antiguas y curiosas: La Era de la tosca en el Lomo del barrio,
La era Limosna, -donde los pobres aportaban sus gavillas de centeno, a cambio
de su porción de trigo o grano, en las medidas tradicionales de las islas:
Almud, cuartas, Fanega, en otro lugar de mi barrio hay una zona llamada Media fanega,
en la que aparece tallado en la roca el cubilete de la medida antigua, que se
usaba antaño para las transacciones del fruto. Muchas eras sorteaban el paraje
del barrio, que tras las siegas eran un hervidero de manifestación artesana.
Trillar, aventar, recoger el grano, apartar la paja.
Mis
vecinos, nos invitaba a la era de su abuelo; Miguel Suárez, -tío bisabuelo mío-
en la Pepina, la habían construido con bastante laboriosidad antigua, bajo el
risco, el piso de la era parecía una calzada romana, sellada con un trabajo de
cantería magnifico. Entonces iban apilando el centeno haciendo un castillo
enorme, -y nosotros niños atrevidos, buscando diversión, nos subíamos al risco
alto, y nos tirábamos como quien se lanza al mar en zambullida. Entraba en las
piras de centeno como una bala de mortero, y tras el grito de guerra y el
impacto, aparecíamos como los fantasmas de la paja y la cara de sonrisas de felicidad.
tremendo logro de inconscientes tirarse al vacío. Muchas horas de nuestra feliz
infancia, la pasamos en la trilla, tomando el pulso a separar la paja del grano
o revolcarnos en la paja, siguiendo el instinto del placer rural.
Luego
llegaron los caballos, y el arte tradicional del ruedo, a veces con dos o tres,
animales, pero en las trillas grandes de la montaña, llegaban a ver hasta 7 y 8
bestias, era un espectáculo, como el que lucen en las fiestas del almendrero en
Valsequillo. Los hombres apostaban sus credenciales en la habilidad con el látigo
restallando al viento y girando sobre su cuerpo al compás del ruedo, con una
mano agarrando las bridas y con la otra danzando el látigo al aire. Aquí el
rito, era de caballeros aportando sus bestias y del arriero danzando su
orquesta equina en la carrera circular
