sábado, 28 de febrero de 2026

CONVERSACIONES EN UNA TIENDA


El fin de semana llegó cargado de nubes obreras, trayendo enchumbados mensajes de continuidad invernal. Después de tanta tierra amasada por la borrasca —que había ampliado su radio de acción— el presagio sonaba a sillón y lectura mientras escucho a Michael Bennett en los sonidos del tiempo; o a sobremesa de mantita y Netflix, atacando alguna serie de thriller o una clásica romántica. Yo lo llamo felicidad hogareña para los sentidos. Un buen vino, claro, también ayuda al encuentro de las clarividencias.

El viernes ya estuvo vivo. Esa melodía de chubascos precisos e intensos devolvió al paisaje la cara lavada y la sensación térmica invitó al armario a sacar los abrigos. Nada más hermoso que esos rocíos en el patio, mientras las chorreras del tejado salpican con puñales de plata el suelo de cantería.

Por cierto, hay una pareja de “pispiritas” —pájaros de agua, alpispas— que han encontrado el lugar de sus sueños en el patio. Vienen saltando, escuchan a nuestros canarios prisioneros en jaula y sus ensayos matutinos, y se sienten en un hábitat especial: la fuente, las plantas… Se han enamorado de las helechas y hasta allí se reúnen para declararse ese amor de pájaros que mueven alegre su colita larga, como una batuta al compás del cortejo.

Hoy es día de visita a la tienda de la tía Nieves. Siempre subimos a media mañana a tomar el buchito de café de borreguillo, ese que se cuela y cuyo aroma invade la estancia. Recuerdo en la niñez a una tía abuela que adoraba el café. Tomaba muchos al día y, en ese rito, nos invitaba a los más pequeños al buchito dulce de ese aroma inconfundible y antiguo. Allí me aficioné a la esencia de este manjar milagroso, que enamora en el aire y despierta en el paladar el milagro de estar vivo.

La tía Nieves tiene la tienda en Las Vegas de Valsequillo, y allí conversamos de las cosas de antes y de ahora. Encontrarte aún con una tiendita de aceite y vinagre de toda la vida te empuja a pensar en las tertulias que allí se generaban:

—Nievita, ¿tiene usted un paquete de velas y una caja de fósforos? Y mire a ver si le queda alguna palmatoria, por si se va la luz en estos días oscuros.
—Ah, y pilas para la linterna, que uno solo se acuerda cuando las necesita y se la encuentra vacía.
—También necesito un kilo de carburo y un litro de petróleo, que mi padre quiere tener en la cueva del barranco.
—Y dos kilos de gofio del molino, póngamelo en cartucho de papel, que el otro, el empaquetado en presigla, no le gusta.

Nievita sigue la retahíla entre la balanza y el envoltorio. No tiene prisa por despachar. Allí la vida se maneja con voluntad familiar y el pulso del día a día le sigue dando razones para mantener abierta la tienda en su senectud. Recuerda y cuenta los pasajes de toda una vida, con una fina ironía del destino, relatos que hoy son legado para los suyos.

El foco de la actualidad sigue siendo el mostrador, escaparate de las pocas gentes que aún conversan mientras ella dosifica el tiempo, como si exprimiera su propia constancia.

La tienda de aceite y vinagre de Nievita Ortega es la última que queda en el pueblo. Y mientras su puerta siga abierta, el barrio conservará un latido antiguo que no entiende de cierres ni modernidades.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Poetas en la oscuridad

 

Era tan pronto,tan pronto, que el sol encontró dormida a la luna;

y ella avergonzada, tapó su cara a la luz de su desvelo,

y siguió balanceándose en la cuna de su cielo.

Y el con su candida ternura cubrió su cuerpo de nubes blanquecinas, dejando que se diluya en un último sueño de dulzura, mientras ilumina a ese día que vaticina.

El despertar llega como un cuento

para que la vida escriba su destino,

pues lo viviente está marcado con un sino que a cada cual da experiencias diferentes.

La creación se repite día a día en esa noria que el tiempo menea,

y cada episodio marcará su melodia,

que quedará en pasado para que el presente vea.

El futuro se abre con ventanas

que asoman al infinito del será.

Los augurios son presagios de un mañana que los duendes de la vida en el renglón vacío escribirán.

Y ahora despierto pero somnoliento de mi sueño,

a la luna con agua clara,despejo de mi faz.

Y me irradio de esa luz que a mí cuerpo hace dueño de los pasos que marcan cada huella de mi estar.


Manrique.


Con qué placer meces la luna, como si el cielo fuera una cuna suspendida,

como si la noche aprendiera de tus manos, el arte secreto de despertar.

Desde este paraíso azul de mar, la aurora gira, danza, insiste.

Las horas se diluyen en la oscuridad, mientras la libertad se llena de luz.

Hay noches que sueñan en silencio, que laten despacio

esperando el instante exacto, en que todo florece.

Luz que no termina nunca. Luz que pronuncia tu nombre en lo infinito.

En algún lugar —hermoso, intacto— la razón respira en armonía.

Y si la luz no se quiebra en el miedo, si la noche aprende a florecer,

es por la huella serena de Pedro, que sabe alumbrar sin aparecer

Poetas en la oscuridad…

sábado, 14 de febrero de 2026

AMAR VALSEQUILLO


Tal vez el amor no siempre tenga rostro humano. A veces tiene forma de valle

La carretera que sube a Valsequillo atraviesa la Cañada Salvia India con una naturalidad antigua. No corta el valle: lo sigue. Una curva suave, luego otra, y el paisaje comienza a desplegarse sin estridencias. La subida no impone; acompaña.

A ambos lados, los bancales dibujan líneas pacientes sobre la tierra. Cada franja cultivada es un gesto repetido durante generaciones. El verde se extiende como un mar contenido, y mientras el coche avanza, algo en mí desacelera. Subir no es solo ganar altura; es ganar perspectiva.

En una de las primeras curvas, la hondonada se abre por completo. El relieve ondulado respira bajo la luz cambiante. Las ovejas, dispersas sobre la ladera, parecen nubes detenidas a ras de suelo. Más arriba, los pinos inclinados por la ventisca sostienen su resistencia sin dramatismo. Desde cierta distancia, el castillo de Vista Alegre observa en silencio, como un guardián discreto del tiempo.

Es entonces cuando el presente se vuelve poroso.

Mientras el motor mantiene su ritmo constante, mi imaginación retrocede. Sobre esa misma ladera ya no veo solo hierba: aparecen arrieros conduciendo bestias cargadas, pasos firmes sobre senderos de polvo. Hombres curtidos por el sol, avanzando despacio, negociando cada pendiente. Los imagino cruzando el valle al amanecer, cuando la bruma todavía se aferra al fondo de la cañada.

Donde hoy el asfalto suaviza el trayecto, antes hubo caminos de piedra y tierra. Labradores inclinados sobre los surcos, abriendo la piel del terreno con herramientas sencillas. La forma del valle no es casual: fue trabajada. Cada bancal es memoria acumulada, cada muro de piedra una conversación entre el hombre y la pendiente.

La carretera asciende, pero el tiempo desciende conmigo. Veo manos que levantaron muros, espaldas que soportaron cargas, miradas que midieron el cielo para decidir la siembra. No hay épica en esa imagen; hay constancia. El valle no nació armónico: fue modelado con paciencia.

Un olor vegetal entra por la ventanilla entreabierta. Tierra húmeda primero, luego hierba templada por el sol, después el fondo áspero de tederas y cardos. El aire trae presente y pasado mezclados en la misma respiración.

Hay un punto exacto en la subida en que el paisaje se ordena ante los ojos. La carretera se ensancha y suelta la velocidad, el gesto mecánico coincide con una certeza interior: este lugar no es solo geografía. Es herencia.

Lo que más abunda en la tierra es paisaje. Pero no todo paisaje guarda memoria. Este sí. Aquí cada curva conserva la huella de quienes la caminaron antes de que existiera el asfalto. Cada ladera sostiene la sombra de los que la trabajaron sin dejar nombre.

Cuando el pueblo aparece al final de la subida, no siento que haya llegado. Siento que he atravesado capas. El presente se sostiene sobre pasos antiguos.

Salvia India permanece abajo, extendida y fiel.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, sé que no cruzo un valle de melancolía,

sino un valle de permanencia.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, comprendo que este valle no se deja atrás.
Se queda.

El paisaje de Valsequillo no promete eternidad.
Simplemente está.
Y eso basta.

jueves, 5 de febrero de 2026

La trilla del Centeno

 

“Mientras haya trigo en la era, habrá pan en la mesa”

Con esta frase tan rotunda, se iniciaba el grito de guerra de las trillas de antaño, una actividad tradicional que apareció en las antiguas civilizaciones de la humanidad 3000, A.C, y que fue extendiéndose por toda Europa como el primer ingenio artesano para separar la paja de trigo y elaborar el sustento primario del pan de la tierra.

Estos usos agrícolas llegaron a las islas después de la conquista, ya que anterior a ello, se machacaba el trigo en el mortero, era todo bastante primario. Luego aparecieron las primeras trillas y eras; estas se construían con lajas de piedra bien elaboradas para que no se perdiera el grano, y preferiblemente en lugares ventosos para ayudar en la recolección del grano con el aventar de su esencia.

Viajo en el tiempo de mi memoria, para volver a la niñez y a mi barrio de la Gavia. Allí haciendo un pequeño recuento mental del espacio, había una docena de eras bien marcadas y algunas muy antiguas y curiosas: La Era de la tosca en el Lomo del barrio, La era Limosna, -donde los pobres aportaban sus gavillas de centeno, a cambio de su porción de trigo o grano, en las medidas tradicionales de las islas: Almud, cuartas, Fanega, en otro lugar de mi barrio hay una zona llamada Media fanega, en la que aparece tallado en la roca el cubilete de la medida antigua, que se usaba antaño para las transacciones del fruto. Muchas eras sorteaban el paraje del barrio, que tras las siegas eran un hervidero de manifestación artesana. Trillar, aventar, recoger el grano, apartar la paja.

Mis vecinos, nos invitaba a la era de su abuelo; Miguel Suárez, -tío bisabuelo mío- en la Pepina, la habían construido con bastante laboriosidad antigua, bajo el risco, el piso de la era parecía una calzada romana, sellada con un trabajo de cantería magnifico. Entonces iban apilando el centeno haciendo un castillo enorme, -y nosotros niños atrevidos, buscando diversión, nos subíamos al risco alto, y nos tirábamos como quien se lanza al mar en zambullida. Entraba en las piras de centeno como una bala de mortero, y tras el grito de guerra y el impacto, aparecíamos como los fantasmas de la paja y la cara de sonrisas de felicidad. tremendo logro de inconscientes tirarse al vacío. Muchas horas de nuestra feliz infancia, la pasamos en la trilla, tomando el pulso a separar la paja del grano o revolcarnos en la paja, siguiendo el instinto del placer rural.

Luego llegaron los caballos, y el arte tradicional del ruedo, a veces con dos o tres, animales, pero en las trillas grandes de la montaña, llegaban a ver hasta 7 y 8 bestias, era un espectáculo, como el que lucen en las fiestas del almendrero en Valsequillo. Los hombres apostaban sus credenciales en la habilidad con el látigo restallando al viento y girando sobre su cuerpo al compás del ruedo, con una mano agarrando las bridas y con la otra danzando el látigo al aire. Aquí el rito, era de caballeros aportando sus bestias y del arriero danzando su orquesta equina en la carrera circular

 

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