Tras
el cristal de la ventana, el paisaje verde intenso se cubre de gasa de agua
blanca; todo queda inerte, absorto. El ruido de la lluvia, al arreciar sobre la
tierra y sus elementos, danza como una orquesta entrañable de bienestar y
melancolía de refugio. Hogar y libros se encienden en el pensamiento. En este
ciclo invernal, el reino del alisio abrió los pasillos del frío y permitió la
llegada de las borrascas, en compases de riego generoso; saborear estos
instantes es sentir palpitar la vida.
Yo, encantado, escudriño el paisaje como un halcón peregrino y mido la abundancia de la tierra madre. La Pachamama, entregada al parto de vida de los dioses, se manifiesta como una expresión monumental de la existencia y su explosión divina. Son los inviernos fríos los que doman el carácter y fertilizan el semblante de la poesía del tiempo. Surgen entonces rayos de luz que rasgan las nubes y proyectan sobre los campos enchumbados su manto agradable de energía. Recibo este regalo en los ojos del alma: una comunión de elementos que se exhibe sin permiso en su reino.
