sábado, 14 de febrero de 2026

AMAR VALSEQUILLO


Tal vez el amor no siempre tenga rostro humano. A veces tiene forma de valle

La carretera que sube a Valsequillo atraviesa la Cañada Salvia India con una naturalidad antigua. No corta el valle: lo sigue. Una curva suave, luego otra, y el paisaje comienza a desplegarse sin estridencias. La subida no impone; acompaña.

A ambos lados, los bancales dibujan líneas pacientes sobre la tierra. Cada franja cultivada es un gesto repetido durante generaciones. El verde se extiende como un mar contenido, y mientras el coche avanza, algo en mí desacelera. Subir no es solo ganar altura; es ganar perspectiva.

En una de las primeras curvas, la hondonada se abre por completo. El relieve ondulado respira bajo la luz cambiante. Las ovejas, dispersas sobre la ladera, parecen nubes detenidas a ras de suelo. Más arriba, los pinos inclinados por la ventisca sostienen su resistencia sin dramatismo. Desde cierta distancia, el castillo de Vista Alegre observa en silencio, como un guardián discreto del tiempo.

Es entonces cuando el presente se vuelve poroso.

Mientras el motor mantiene su ritmo constante, mi imaginación retrocede. Sobre esa misma ladera ya no veo solo hierba: aparecen arrieros conduciendo bestias cargadas, pasos firmes sobre senderos de polvo. Hombres curtidos por el sol, avanzando despacio, negociando cada pendiente. Los imagino cruzando el valle al amanecer, cuando la bruma todavía se aferra al fondo de la cañada.

Donde hoy el asfalto suaviza el trayecto, antes hubo caminos de piedra y tierra. Labradores inclinados sobre los surcos, abriendo la piel del terreno con herramientas sencillas. La forma del valle no es casual: fue trabajada. Cada bancal es memoria acumulada, cada muro de piedra una conversación entre el hombre y la pendiente.

La carretera asciende, pero el tiempo desciende conmigo. Veo manos que levantaron muros, espaldas que soportaron cargas, miradas que midieron el cielo para decidir la siembra. No hay épica en esa imagen; hay constancia. El valle no nació armónico: fue modelado con paciencia.

Un olor vegetal entra por la ventanilla entreabierta. Tierra húmeda primero, luego hierba templada por el sol, después el fondo áspero de tederas y cardos. El aire trae presente y pasado mezclados en la misma respiración.

Hay un punto exacto en la subida en que el paisaje se ordena ante los ojos. La carretera se ensancha y suelta la velocidad, el gesto mecánico coincide con una certeza interior: este lugar no es solo geografía. Es herencia.

Lo que más abunda en la tierra es paisaje. Pero no todo paisaje guarda memoria. Este sí. Aquí cada curva conserva la huella de quienes la caminaron antes de que existiera el asfalto. Cada ladera sostiene la sombra de los que la trabajaron sin dejar nombre.

Cuando el pueblo aparece al final de la subida, no siento que haya llegado. Siento que he atravesado capas. El presente se sostiene sobre pasos antiguos.

Salvia India permanece abajo, extendida y fiel.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, sé que no cruzo un valle de melancolía,

sino un valle de permanencia.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, comprendo que este valle no se deja atrás.
Se queda.

El paisaje de Valsequillo no promete eternidad.
Simplemente está.
Y eso basta.

jueves, 5 de febrero de 2026

La trilla del Centeno

 

“Mientras haya trigo en la era, habrá pan en la mesa”

Con esta frase tan rotunda, se iniciaba el grito de guerra de las trillas de antaño, una actividad tradicional que apareció en las antiguas civilizaciones de la humanidad 3000, A.C, y que fue extendiéndose por toda Europa como el primer ingenio artesano para separar la paja de trigo y elaborar el sustento primario del pan de la tierra.

Estos usos agrícolas llegaron a las islas después de la conquista, ya que anterior a ello, se machacaba el trigo en el mortero, era todo bastante primario. Luego aparecieron las primeras trillas y eras; estas se construían con lajas de piedra bien elaboradas para que no se perdiera el grano, y preferiblemente en lugares ventosos para ayudar en la recolección del grano con el aventar de su esencia.

Viajo en el tiempo de mi memoria, para volver a la niñez y a mi barrio de la Gavia. Allí haciendo un pequeño recuento mental del espacio, había una docena de eras bien marcadas y algunas muy antiguas y curiosas: La Era de la tosca en el Lomo del barrio, La era Limosna, -donde los pobres aportaban sus gavillas de centeno, a cambio de su porción de trigo o grano, en las medidas tradicionales de las islas: Almud, cuartas, Fanega, en otro lugar de mi barrio hay una zona llamada Media fanega, en la que aparece tallado en la roca el cubilete de la medida antigua, que se usaba antaño para las transacciones del fruto. Muchas eras sorteaban el paraje del barrio, que tras las siegas eran un hervidero de manifestación artesana. Trillar, aventar, recoger el grano, apartar la paja.

Mis vecinos, nos invitaba a la era de su abuelo; Miguel Suárez, -tío bisabuelo mío- en la Pepina, la habían construido con bastante laboriosidad antigua, bajo el risco, el piso de la era parecía una calzada romana, sellada con un trabajo de cantería magnifico. Entonces iban apilando el centeno haciendo un castillo enorme, -y nosotros niños atrevidos, buscando diversión, nos subíamos al risco alto, y nos tirábamos como quien se lanza al mar en zambullida. Entraba en las piras de centeno como una bala de mortero, y tras el grito de guerra y el impacto, aparecíamos como los fantasmas de la paja y la cara de sonrisas de felicidad. tremendo logro de inconscientes tirarse al vacío. Muchas horas de nuestra feliz infancia, la pasamos en la trilla, tomando el pulso a separar la paja del grano o revolcarnos en la paja, siguiendo el instinto del placer rural.

Luego llegaron los caballos, y el arte tradicional del ruedo, a veces con dos o tres, animales, pero en las trillas grandes de la montaña, llegaban a ver hasta 7 y 8 bestias, era un espectáculo, como el que lucen en las fiestas del almendrero en Valsequillo. Los hombres apostaban sus credenciales en la habilidad con el látigo restallando al viento y girando sobre su cuerpo al compás del ruedo, con una mano agarrando las bridas y con la otra danzando el látigo al aire. Aquí el rito, era de caballeros aportando sus bestias y del arriero danzando su orquesta equina en la carrera circular

 

jueves, 22 de enero de 2026

Perfume de retamas

Escarbo en la memoria como quien hunde las manos en la tierra húmeda. Entre los pliegues del tiempo emerge un aroma que marcó mi infancia. Basta detectarlo en el aire —leve, casi invisible— para que un relámpago de luz me devuelva a aquellos años en los que mi relación con la naturaleza era pura intemperie, libertad sin nombre, experiencia sin límites.

Éramos pobres, sí, y la supervivencia era un oficio cotidiano. Pero en nuestra infancia cabía el mundo entero. Teníamos las horas del día abiertas como un campo sin cercas, dedicadas al descubrimiento y a la acción, a medir la mente y el cuerpo contra sus propias fronteras. Era la libertad de la vida rural, donde el aprendizaje se hacía a golpes de realidad y el banco de pruebas era uno mismo. La primavera era la estación más cercana al milagro: una explosión de color, flores desbordadas y campos verdes hasta doler en los ojos. Era el tiempo más feliz del año, aunque el frío nos castigara la piel, la agrietara y la endureciera; aunque las manos se abrieran en contacto con la tierra y los tallos, y el calor del hogar fuera apenas un consuelo triste frente a la crudeza de afuera.

Durante ese vaivén del sol gobernaban las lloviznas y el frío persistente. Los inviernos nos parecían eternos: largos de humedad, duros de escarcha, de ese frío que muerde y pela. Tal vez no fueran distintos a los de ahora, pero nuestros cuerpos pequeños, mal abrigados y valientes, estaban más expuestos a la intemperie. Y el frío, como la tierra misma, siempre ha sido antiguo y fiel compañero del paso de las estaciones.

Yo trazaba mis aventuras en las montañas de medianías. Conocía la piel del paisaje como se conoce un cuerpo amado: por memoria y por emoción. Cada ladera tenía su latido, cada sendero su carácter. Y entre todos los lugares hubo uno que selló mi destino olfativo: las retamas. Blancas, amarillas, indias, negras. Abundantes, olorosas, desbordadas de vida. Un regalo divino anunciando la llegada de la primavera. Eran refugio y despensa para las abejas, que zumbaban ebrias de polen, propagando el paisaje canario con la generosidad de quien no sabe guardarse nada.

Regresaba a casa con un ramillete de retamas entre las manos, como un niño enamorado que ofrece a su madre el presente más puro que conoce. Ella las recibía con una sonrisa lenta, porque aquel perfume también habitaba en su memoria. Entonces me contaba su propia historia:

Por el paredón bajaba el camino que venía de la Atalaya, cruzaba el barranco de la Pepina y seguía por la umbría hacia los Picos y San Roque. A ese sendero, hoy borrado por el tiempo, lo llamaban el camino de las Talayeras.

Por allí transitaban los ranchos de mujeres de la Atalaya. Caminaban hacia San Roque, Montaña Las Palmas, Tecén, Las Capotas y Valsequillo, a recoger retamas. Volvían al atardecer con los haces cargados sobre la cabeza y la espalda. Mi madre, siendo niña, las miraba pasar absorta en sus juegos, atrapada por el imán invisible de aquel perfume. No sabía entonces para qué servían tantas flores, tanto olor transportado, pero algo en su interior quedó marcado para siempre: la certeza de pertenecer a la naturaleza, de formar parte de ella.

Esa herencia continúa. Vive en los genes, en los hijos y en los nietos. En Valsequillo, la ruta de las Haciendas hacia los cernícalos sigue impregnada de esa abundancia. El color se desborda, el aire se espesa de fragancia, y el paisaje queda atrapado en una generosidad antigua.

Cuántos recuerdos.

Cuánto perfume de retamas sigue sosteniendo la memoria

 

 

viernes, 16 de enero de 2026

La noche se cierne


 

Que noche tan larga, llena de duendecillos que atrapan la luz

Que destilan los sueños, que se mecen en los páramos de tu imaginación, aunque llegue la escarcha y el frío tirite; tus rimas son caudal de afluente de cumbres llenas de manantiales que emocionan la vida, sacuden las almas y añoran los silencios. Que esa melodía del bosque de tus palabras, no apague la llama del poeta que canta a la noche y a las altaneras estrellas de tu galaxia amiga.

Querido Pedro, siempre en el riachuelo de la vida, salpicando las emociones de sentirla.

Que no falte el cauce ni la sed, ni la noche donde cantar despacio.
Porque mientras alguien nombre la luz—aunque sea en voz baja—
el poeta seguirá despierto.

jueves, 8 de enero de 2026

Refugio y melancolía de invierno

 


Tras el cristal de la ventana, el paisaje verde intenso se cubre de gasa de agua blanca; todo queda inerte, absorto. El ruido de la lluvia, al arreciar sobre la tierra y sus elementos, danza como una orquesta entrañable de bienestar y melancolía de refugio. Hogar y libros se encienden en el pensamiento. En este ciclo invernal, el reino del alisio abrió los pasillos del frío y permitió la llegada de las borrascas, en compases de riego generoso; saborear estos instantes es sentir palpitar la vida.

Yo, encantado, escudriño el paisaje como un halcón peregrino y mido la abundancia de la tierra madre. La Pachamama, entregada al parto de vida de los dioses, se manifiesta como una expresión monumental de la existencia y su explosión divina. Son los inviernos fríos los que doman el carácter y fertilizan el semblante de la poesía del tiempo. Surgen entonces rayos de luz que rasgan las nubes y proyectan sobre los campos enchumbados su manto agradable de energía. Recibo este regalo en los ojos del alma: una comunión de elementos que se exhibe sin permiso en su reino.

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