domingo, 12 de abril de 2026

LA POESIA QUE NOS DESPIERTA POR DENTRO

 


Como dice Freya, —con generosidad y juicio—, gracias a José M.ª Millares por despertar conciencia poética y cautivar al aprendiz de lector. Fue un rocío de palabras y pensamientos que cayó de repente sobre un campo minado de frescura primaveral, y nos enganchó el frescor de sus musas para reconvertir en expresión nuestras inquietudes dormidas, nuestros sueños inagotables: esa fuente de poder en la que se estancan nuestros pensamientos, reteniendo experiencias y dibujando bocetos con el pincel de Picasso.

Garabatos que luego coloreas como el grito de los niños en un recreo, intentando llamar la atención.

Esta actividad lectora se consagra en la palabra escrita —bebiendo de sus fuentes—, se extiende en el pensamiento reflexivo y se galantea en la expresión oral. Descubrir el estímulo que acerca el estribillo al cancionero produce vibraciones y percepciones sensoriales que liberan nuestras letras prisioneras, esas que guardamos en fila india jugando al escondite, sin revelar su identidad, porque el autor que llevamos dentro vive atrapado en su colchón de paz y pleitea con sus enemigos: la moral, la incomprensión, el ridículo, la satisfacción.

El mayor enemigo del poeta es sentirse prisionero de sus palabras. Entonces se asoma a las ventanas, sacando la mano a la brújula del viento, y derrama al aire su libertad: sus musas, sus gritos desordenados, sus relatos encadenados, sus pensamientos encapsulados, azarosos de ser vistos por un enemigo cruel y despiadado.

No hay consuelo en la incomprensión, ni coraje en la redacción sin emoción; no hay música sin latido, ni conciertos sin alma, ni público en las plateas. No hay telón sin misterio, ni público sin identidad.

De repente, esos conciertos y ensayos estallan: saltan notas encadenadas y melodías recitadas. Se forman coros, tarareos de la mano de una sonrisa feliz, una emoción contenida. En el aire, un misterio mágico: un duende susurra y golpea la sensibilidad para despertar a los poetas que llevamos dentro. Las musas se desatan, transcriben, gritan, corren por los pasillos llamando al recreo.
—Hay ensayo, hay ensayo —balbucean.

Hypatia, la dulce voz de las musas, despierta.

Afuera es primavera invernal: frío que se siente, verde que duele, y el aire limpio golpea. Clara la mente idea; en la calle, el aliento, el corazón y el momento.

La vida hace cosquillas y en la cara asoma una sonrisa tímida. Los ojos vigilan y el aire, lleno de aromas, ayuda a colgar en las líneas letras ordenadas en partituras, a orear.

POESIA & DEBATE

Ayer disfrute del reconocimiento de la poesía, de Jose Mª Millares Sall en el club de lectura Hypatia. Pero pude entender y descifrar la belleza de las palabras cuando Rosi recitó la melodía de sus partituras con una frescura transparente que caló, En el ambiente. descifrando los códigos de la voz.

Hoy el pensamiento me intimida, me recuerda y adormece

Sin mayor reparo ni intención, quedé absorto en la emoción y a escribir acontece

No quiero desvelar poesía escrita en el papel,
sino el pulso que se enciende cuando vibra en otro ser;
pensamientos literarios, hondos, libres, sin atar,
como un cauce que en la noche no se deja descifrar

Lengua que brota del silencio hermoso del pasivo,
convirtiendo en monumento la literatura recitada.
Palabras encadenadas que hablan de locuaz cautivo
y sacan el perfil altivo de quien se pronuncia en la nada.

Belleza al encuentro del poeta suscita talante y mirada,
y una reciprocidad comulga; en estas tertulias disipadas
el mar perenne comulga.
Aires de manantiales sonoros en la opacidad del silencio:
no cambia el ritmo ni juzga
la palabra ni el aliento.

Emociones que se encuentran, surfean y desfilan:
unas al aire cuentan, otras al sol ventilan.

Poeta es aquel que, buscando melodía,
se encuentra partituras que nunca sonarían;
tiempos de respiro y sentencia,
recuerdos que, nublados de olvido, despiertan
el auxilio de la búsqueda:
un estío expiatorio, una deriva, un promontorio,
una madeja de hilos que, ondulados sobre lana,
siguen el orden encadenado de quien envuelve.

Las caricias del frío resuelven
y al estío inquebrantable vuelven
por los ventanales del río.

Pájaros de la mañana que alegres comienzan a piar,
no basta la danza del sol,
ni el temblor dorado que en las cornisas se posa,
si la voz no se inclina a escuchar
lo que en la sombra reposa.

Y el poeta —sin saberlo— permanece
en ese borde sin dueño,
donde el lenguaje es apenas un sueño
que al pronunciarse acontece.

sábado, 28 de febrero de 2026

CONVERSACIONES EN UNA TIENDA


El fin de semana llegó cargado de nubes obreras, trayendo enchumbados mensajes de continuidad invernal. Después de tanta tierra amasada por la borrasca —que había ampliado su radio de acción— el presagio sonaba a sillón y lectura mientras escucho a Michael Bennett en los sonidos del tiempo; o a sobremesa de mantita y Netflix, atacando alguna serie de thriller o una clásica romántica. Yo lo llamo felicidad hogareña para los sentidos. Un buen vino, claro, también ayuda al encuentro de las clarividencias.

El viernes ya estuvo vivo. Esa melodía de chubascos precisos e intensos devolvió al paisaje la cara lavada y la sensación térmica invitó al armario a sacar los abrigos. Nada más hermoso que esos rocíos en el patio, mientras las chorreras del tejado salpican con puñales de plata el suelo de cantería.

Por cierto, hay una pareja de “pispiritas” —pájaros de agua, alpispas— que han encontrado el lugar de sus sueños en el patio. Vienen saltando, escuchan a nuestros canarios prisioneros en jaula y sus ensayos matutinos, y se sienten en un hábitat especial: la fuente, las plantas… Se han enamorado de las helechas y hasta allí se reúnen para declararse ese amor de pájaros que mueven alegre su colita larga, como una batuta al compás del cortejo.

Hoy es día de visita a la tienda de la tía Nieves. Siempre subimos a media mañana a tomar el buchito de café de borreguillo, ese que se cuela y cuyo aroma invade la estancia. Recuerdo en la niñez a una tía abuela que adoraba el café. Tomaba muchos al día y, en ese rito, nos invitaba a los más pequeños al buchito dulce de ese aroma inconfundible y antiguo. Allí me aficioné a la esencia de este manjar milagroso, que enamora en el aire y despierta en el paladar el milagro de estar vivo.

La tía Nieves tiene la tienda en Las Vegas de Valsequillo, y allí conversamos de las cosas de antes y de ahora. Encontrarte aún con una tiendita de aceite y vinagre de toda la vida te empuja a pensar en las tertulias que allí se generaban:

—Nievita, ¿tiene usted un paquete de velas y una caja de fósforos? Y mire a ver si le queda alguna palmatoria, por si se va la luz en estos días oscuros.
—Ah, y pilas para la linterna, que uno solo se acuerda cuando las necesita y se la encuentra vacía.
—También necesito un kilo de carburo y un litro de petróleo, que mi padre quiere tener en la cueva del barranco.
—Y dos kilos de gofio del molino, póngamelo en cartucho de papel, que el otro, el empaquetado en presigla, no le gusta.

Nievita sigue la retahíla entre la balanza y el envoltorio. No tiene prisa por despachar. Allí la vida se maneja con voluntad familiar y el pulso del día a día le sigue dando razones para mantener abierta la tienda en su senectud. Recuerda y cuenta los pasajes de toda una vida, con una fina ironía del destino, relatos que hoy son legado para los suyos.

El foco de la actualidad sigue siendo el mostrador, escaparate de las pocas gentes que aún conversan mientras ella dosifica el tiempo, como si exprimiera su propia constancia.

La tienda de aceite y vinagre de Nievita Ortega es la última que queda en el pueblo. Y mientras su puerta siga abierta, el barrio conservará un latido antiguo que no entiende de cierres ni modernidades.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Poetas en la oscuridad

 

Era tan pronto,tan pronto, que el sol encontró dormida a la luna;

y ella avergonzada, tapó su cara a la luz de su desvelo,

y siguió balanceándose en la cuna de su cielo.

Y el con su candida ternura cubrió su cuerpo de nubes blanquecinas, dejando que se diluya en un último sueño de dulzura, mientras ilumina a ese día que vaticina.

El despertar llega como un cuento

para que la vida escriba su destino,

pues lo viviente está marcado con un sino que a cada cual da experiencias diferentes.

La creación se repite día a día en esa noria que el tiempo menea,

y cada episodio marcará su melodia,

que quedará en pasado para que el presente vea.

El futuro se abre con ventanas

que asoman al infinito del será.

Los augurios son presagios de un mañana que los duendes de la vida en el renglón vacío escribirán.

Y ahora despierto pero somnoliento de mi sueño,

a la luna con agua clara,despejo de mi faz.

Y me irradio de esa luz que a mí cuerpo hace dueño de los pasos que marcan cada huella de mi estar.


Manrique.


Con qué placer meces la luna, como si el cielo fuera una cuna suspendida,

como si la noche aprendiera de tus manos, el arte secreto de despertar.

Desde este paraíso azul de mar, la aurora gira, danza, insiste.

Las horas se diluyen en la oscuridad, mientras la libertad se llena de luz.

Hay noches que sueñan en silencio, que laten despacio

esperando el instante exacto, en que todo florece.

Luz que no termina nunca. Luz que pronuncia tu nombre en lo infinito.

En algún lugar —hermoso, intacto— la razón respira en armonía.

Y si la luz no se quiebra en el miedo, si la noche aprende a florecer,

es por la huella serena de Pedro, que sabe alumbrar sin aparecer

Poetas en la oscuridad…

sábado, 14 de febrero de 2026

AMAR VALSEQUILLO


Tal vez el amor no siempre tenga rostro humano. A veces tiene forma de valle

La carretera que sube a Valsequillo atraviesa la Cañada Salvia India con una naturalidad antigua. No corta el valle: lo sigue. Una curva suave, luego otra, y el paisaje comienza a desplegarse sin estridencias. La subida no impone; acompaña.

A ambos lados, los bancales dibujan líneas pacientes sobre la tierra. Cada franja cultivada es un gesto repetido durante generaciones. El verde se extiende como un mar contenido, y mientras el coche avanza, algo en mí desacelera. Subir no es solo ganar altura; es ganar perspectiva.

En una de las primeras curvas, la hondonada se abre por completo. El relieve ondulado respira bajo la luz cambiante. Las ovejas, dispersas sobre la ladera, parecen nubes detenidas a ras de suelo. Más arriba, los pinos inclinados por la ventisca sostienen su resistencia sin dramatismo. Desde cierta distancia, el castillo de Vista Alegre observa en silencio, como un guardián discreto del tiempo.

Es entonces cuando el presente se vuelve poroso.

Mientras el motor mantiene su ritmo constante, mi imaginación retrocede. Sobre esa misma ladera ya no veo solo hierba: aparecen arrieros conduciendo bestias cargadas, pasos firmes sobre senderos de polvo. Hombres curtidos por el sol, avanzando despacio, negociando cada pendiente. Los imagino cruzando el valle al amanecer, cuando la bruma todavía se aferra al fondo de la cañada.

Donde hoy el asfalto suaviza el trayecto, antes hubo caminos de piedra y tierra. Labradores inclinados sobre los surcos, abriendo la piel del terreno con herramientas sencillas. La forma del valle no es casual: fue trabajada. Cada bancal es memoria acumulada, cada muro de piedra una conversación entre el hombre y la pendiente.

La carretera asciende, pero el tiempo desciende conmigo. Veo manos que levantaron muros, espaldas que soportaron cargas, miradas que midieron el cielo para decidir la siembra. No hay épica en esa imagen; hay constancia. El valle no nació armónico: fue modelado con paciencia.

Un olor vegetal entra por la ventanilla entreabierta. Tierra húmeda primero, luego hierba templada por el sol, después el fondo áspero de tederas y cardos. El aire trae presente y pasado mezclados en la misma respiración.

Hay un punto exacto en la subida en que el paisaje se ordena ante los ojos. La carretera se ensancha y suelta la velocidad, el gesto mecánico coincide con una certeza interior: este lugar no es solo geografía. Es herencia.

Lo que más abunda en la tierra es paisaje. Pero no todo paisaje guarda memoria. Este sí. Aquí cada curva conserva la huella de quienes la caminaron antes de que existiera el asfalto. Cada ladera sostiene la sombra de los que la trabajaron sin dejar nombre.

Cuando el pueblo aparece al final de la subida, no siento que haya llegado. Siento que he atravesado capas. El presente se sostiene sobre pasos antiguos.

Salvia India permanece abajo, extendida y fiel.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, sé que no cruzo un valle de melancolía,

sino un valle de permanencia.

Y mientras la carretera continúa hacia el pueblo, comprendo que este valle no se deja atrás.
Se queda.

El paisaje de Valsequillo no promete eternidad.
Simplemente está.
Y eso basta.

jueves, 5 de febrero de 2026

La trilla del Centeno

 

“Mientras haya trigo en la era, habrá pan en la mesa”

Con esta frase tan rotunda, se iniciaba el grito de guerra de las trillas de antaño, una actividad tradicional que apareció en las antiguas civilizaciones de la humanidad 3000, A.C, y que fue extendiéndose por toda Europa como el primer ingenio artesano para separar la paja de trigo y elaborar el sustento primario del pan de la tierra.

Estos usos agrícolas llegaron a las islas después de la conquista, ya que anterior a ello, se machacaba el trigo en el mortero, era todo bastante primario. Luego aparecieron las primeras trillas y eras; estas se construían con lajas de piedra bien elaboradas para que no se perdiera el grano, y preferiblemente en lugares ventosos para ayudar en la recolección del grano con el aventar de su esencia.

Viajo en el tiempo de mi memoria, para volver a la niñez y a mi barrio de la Gavia. Allí haciendo un pequeño recuento mental del espacio, había una docena de eras bien marcadas y algunas muy antiguas y curiosas: La Era de la tosca en el Lomo del barrio, La era Limosna, -donde los pobres aportaban sus gavillas de centeno, a cambio de su porción de trigo o grano, en las medidas tradicionales de las islas: Almud, cuartas, Fanega, en otro lugar de mi barrio hay una zona llamada Media fanega, en la que aparece tallado en la roca el cubilete de la medida antigua, que se usaba antaño para las transacciones del fruto. Muchas eras sorteaban el paraje del barrio, que tras las siegas eran un hervidero de manifestación artesana. Trillar, aventar, recoger el grano, apartar la paja.

Mis vecinos, nos invitaba a la era de su abuelo; Miguel Suárez, -tío bisabuelo mío- en la Pepina, la habían construido con bastante laboriosidad antigua, bajo el risco, el piso de la era parecía una calzada romana, sellada con un trabajo de cantería magnifico. Entonces iban apilando el centeno haciendo un castillo enorme, -y nosotros niños atrevidos, buscando diversión, nos subíamos al risco alto, y nos tirábamos como quien se lanza al mar en zambullida. Entraba en las piras de centeno como una bala de mortero, y tras el grito de guerra y el impacto, aparecíamos como los fantasmas de la paja y la cara de sonrisas de felicidad. tremendo logro de inconscientes tirarse al vacío. Muchas horas de nuestra feliz infancia, la pasamos en la trilla, tomando el pulso a separar la paja del grano o revolcarnos en la paja, siguiendo el instinto del placer rural.

Luego llegaron los caballos, y el arte tradicional del ruedo, a veces con dos o tres, animales, pero en las trillas grandes de la montaña, llegaban a ver hasta 7 y 8 bestias, era un espectáculo, como el que lucen en las fiestas del almendrero en Valsequillo. Los hombres apostaban sus credenciales en la habilidad con el látigo restallando al viento y girando sobre su cuerpo al compás del ruedo, con una mano agarrando las bridas y con la otra danzando el látigo al aire. Aquí el rito, era de caballeros aportando sus bestias y del arriero danzando su orquesta equina en la carrera circular

 

jueves, 22 de enero de 2026

Perfume de retamas

Escarbo en la memoria como quien hunde las manos en la tierra húmeda. Entre los pliegues del tiempo emerge un aroma que marcó mi infancia. Basta detectarlo en el aire —leve, casi invisible— para que un relámpago de luz me devuelva a aquellos años en los que mi relación con la naturaleza era pura intemperie, libertad sin nombre, experiencia sin límites.

Éramos pobres, sí, y la supervivencia era un oficio cotidiano. Pero en nuestra infancia cabía el mundo entero. Teníamos las horas del día abiertas como un campo sin cercas, dedicadas al descubrimiento y a la acción, a medir la mente y el cuerpo contra sus propias fronteras. Era la libertad de la vida rural, donde el aprendizaje se hacía a golpes de realidad y el banco de pruebas era uno mismo. La primavera era la estación más cercana al milagro: una explosión de color, flores desbordadas y campos verdes hasta doler en los ojos. Era el tiempo más feliz del año, aunque el frío nos castigara la piel, la agrietara y la endureciera; aunque las manos se abrieran en contacto con la tierra y los tallos, y el calor del hogar fuera apenas un consuelo triste frente a la crudeza de afuera.

Durante ese vaivén del sol gobernaban las lloviznas y el frío persistente. Los inviernos nos parecían eternos: largos de humedad, duros de escarcha, de ese frío que muerde y pela. Tal vez no fueran distintos a los de ahora, pero nuestros cuerpos pequeños, mal abrigados y valientes, estaban más expuestos a la intemperie. Y el frío, como la tierra misma, siempre ha sido antiguo y fiel compañero del paso de las estaciones.

Yo trazaba mis aventuras en las montañas de medianías. Conocía la piel del paisaje como se conoce un cuerpo amado: por memoria y por emoción. Cada ladera tenía su latido, cada sendero su carácter. Y entre todos los lugares hubo uno que selló mi destino olfativo: las retamas. Blancas, amarillas, indias, negras. Abundantes, olorosas, desbordadas de vida. Un regalo divino anunciando la llegada de la primavera. Eran refugio y despensa para las abejas, que zumbaban ebrias de polen, propagando el paisaje canario con la generosidad de quien no sabe guardarse nada.

Regresaba a casa con un ramillete de retamas entre las manos, como un niño enamorado que ofrece a su madre el presente más puro que conoce. Ella las recibía con una sonrisa lenta, porque aquel perfume también habitaba en su memoria. Entonces me contaba su propia historia:

Por el paredón bajaba el camino que venía de la Atalaya, cruzaba el barranco de la Pepina y seguía por la umbría hacia los Picos y San Roque. A ese sendero, hoy borrado por el tiempo, lo llamaban el camino de las Talayeras.

Por allí transitaban los ranchos de mujeres de la Atalaya. Caminaban hacia San Roque, Montaña Las Palmas, Tecén, Las Capotas y Valsequillo, a recoger retamas. Volvían al atardecer con los haces cargados sobre la cabeza y la espalda. Mi madre, siendo niña, las miraba pasar absorta en sus juegos, atrapada por el imán invisible de aquel perfume. No sabía entonces para qué servían tantas flores, tanto olor transportado, pero algo en su interior quedó marcado para siempre: la certeza de pertenecer a la naturaleza, de formar parte de ella.

Esa herencia continúa. Vive en los genes, en los hijos y en los nietos. En Valsequillo, la ruta de las Haciendas hacia los cernícalos sigue impregnada de esa abundancia. El color se desborda, el aire se espesa de fragancia, y el paisaje queda atrapado en una generosidad antigua.

Cuántos recuerdos.

Cuánto perfume de retamas sigue sosteniendo la memoria

 

 

viernes, 16 de enero de 2026

La noche se cierne


 

Que noche tan larga, llena de duendecillos que atrapan la luz

Que destilan los sueños, que se mecen en los páramos de tu imaginación, aunque llegue la escarcha y el frío tirite; tus rimas son caudal de afluente de cumbres llenas de manantiales que emocionan la vida, sacuden las almas y añoran los silencios. Que esa melodía del bosque de tus palabras, no apague la llama del poeta que canta a la noche y a las altaneras estrellas de tu galaxia amiga.

Querido Pedro, siempre en el riachuelo de la vida, salpicando las emociones de sentirla.

Que no falte el cauce ni la sed, ni la noche donde cantar despacio.
Porque mientras alguien nombre la luz—aunque sea en voz baja—
el poeta seguirá despierto.

jueves, 8 de enero de 2026

Refugio y melancolía de invierno

 


Tras el cristal de la ventana, el paisaje verde intenso se cubre de gasa de agua blanca; todo queda inerte, absorto. El ruido de la lluvia, al arreciar sobre la tierra y sus elementos, danza como una orquesta entrañable de bienestar y melancolía de refugio. Hogar y libros se encienden en el pensamiento. En este ciclo invernal, el reino del alisio abrió los pasillos del frío y permitió la llegada de las borrascas, en compases de riego generoso; saborear estos instantes es sentir palpitar la vida.

Yo, encantado, escudriño el paisaje como un halcón peregrino y mido la abundancia de la tierra madre. La Pachamama, entregada al parto de vida de los dioses, se manifiesta como una expresión monumental de la existencia y su explosión divina. Son los inviernos fríos los que doman el carácter y fertilizan el semblante de la poesía del tiempo. Surgen entonces rayos de luz que rasgan las nubes y proyectan sobre los campos enchumbados su manto agradable de energía. Recibo este regalo en los ojos del alma: una comunión de elementos que se exhibe sin permiso en su reino.

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