viernes, 19 de diciembre de 2025

Campos enchumbados

El patio lleva una semana enchumbado, borracho de agua caída del cielo, que le ha cambiado el color piedra por un tono plomizo. Debo hacer un ejercicio de memoria para buscar referencias en el pasado —uno se pasa la vida midiendo, comparando y evaluando—. Tiene mucho que ver con la adivinanza de enmarcar las nuevas referencias del tiempo, por si en el contraste recuperamos las viejas sintonías invernales y frotamos nuestras manos, regocijándonos en la buena nueva. Frotar las manos es el equivalente al aplauso del agradecimiento.

Valsequillo de Gran Canaria es ahora, al igual que toda la isla redonda, una exuberancia de verde que duele a la mirada. Un verde olvidado que acentúa su tonalidad con cada minuto de luz y agua que recibe. Una explosión natural de dimensión nostálgica que nos recuerda la bondad de las estaciones y el milagro de una tierra agradecida.

El lamento ahora es el de las hormigas labriegas borradas: aquellas que en el pasado rasuraban la yerba —segaban los cortes— y ejercían sobre el paisaje lo cotidiano de la subsistencia. Pocos son los artesanos de la tierra que han cambiado sus hábitos en la manía comparativa de los ciclos de antaño. El agricultor labriego, ganadero, sacrificado del campo, tenía otra hoja de ruta: la autarquía de su destino, su propia subsistencia sin dependencia. Las hortalizas, los granos y los vegetales eran el día a día de un trabajo cotidiano; el supermercado no existía, o al menos no tenía la tremenda adicción existencial de nuestro tiempo.

No quiero aquel pasado donde el invierno nos sacaba del poco confort que destilaban nuestras vidas. Eran tiempos antipáticos para vivir cómodos y, muchas veces, dignos. La necesidad de bienestar propuso el cambio de roles y de costumbres; el equilibrio se encaminó hacia la dependencia y, en muchos casos, al abandono rural. Los campos verdes de nuestras alegrías fueron ayer campos de trabajo de subsistencia; hoy son parques temáticos olvidados de una naturaleza anarquista que invade los rincones y revela la estampa del abandono en paredes y fincas.

Entonces la parsimonia de la vida entró en el letargo de la prosperidad y los roles de las costumbres se guardaron en los cuartos de aperos, como las cosas del abuelo. En ese camino al olvido quedó una melancolía romántica que se manifiesta con constancia cuando miramos estos campos verdes que adornan nuestro portal y dulcifican la mirada. Este verde que duele, con sentimientos encontrados: desde la miseria y la infelicidad de una infancia dura hasta la lentitud de un tiempo que nos atormentaba con sus puñales de frío.

Somos parte de esa tormenta que sacude el bienestar de una felicidad inventada, aunque también somos el recuerdo y la melancolía de un pasado que no siempre fue tan bonito como este presente. En nuestra conciencia queda el equilibrio y el cuidado de no olvidar los testigos y referencias de otros tiempos, para prolongar este espacio que ahora brilla como otra salvación. Disfrutar, al menos, de esos campos verdes que duelen a la mirada y no obviar este regalo del cielo.

 



 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Solo miraba la lluvia.

 


Observaba ese poder sereno de convivencia natural, esa vida líquida que se manifiesta con la parsimonia de un rito.

Intuí que el cielo lloraba de una manera particular, como solo él lo puede hacer, y en ese llanto —a veces potente, a veces sereno— se diluían todas las frustraciones del desencanto. Más allá de nuestras formas de entender los acontecimientos, esta lluvia infinita, sin tiempo para despejar, era concilio emergente desde las alturas; parte de la ejecución del bienestar como bondad y prudencia de los dioses.

Sus hoyuelos constantes en las charcas daban ternura a la mirada paciente, al pensamiento latente. El oído replicaba ese pulso como cascos de caballerías lejanos.

Vuelvo a la infancia a buscar al abuelo.

Él me daba explicaciones místicas sobre la lluvia, exaltaba su alma labriega, suavizaba su ternura en la mirada y me recordaba el poder de los elementos, el designio de los dioses, aquellos cuya fortaleza se explaya en la bondad.

—Cuando llueve mucho, hay trabajo para todos —decía.

Era la gracia artesana del respiro, del retorno y de la vida. Enumeraba tiempos y labores tras la lluvia: las tierras, las cementeras, las artes labriegas. Más allá, en su pensamiento, buscaba la satisfacción de la cosecha y el nuevo impulso económico para seguir remando a la vida.

El abuelo era sabio.

Sus convicciones sostenían el patriarcado de una familia larga, donde el ejemplo era la única moneda de cambio.

El patio sigue sacudiendo gotas continuas y alegres. Los espejos de agua miran al cielo y simulan pequeños lagos en la memoria de insectos y arácnidos. Bejucos bordados trazan autopistas entre tuneras; encajes de seda que sirven de trampas a la subsistencia. Cada hebra es arte innato.

De niño miraba expectante aquellas redes, pequeños reinos de seis patas hexagonales.

La lluvia alimenta el pensamiento y persiste la ternura de la memoria infantil, donde la admiración era contemplativa y la interacción, misterio. Las cortinas de agua caen sin reparos, como en día de fiesta.

Las regaderas del cielo vuelcan gratitud y clemencia. Vendrán los meteorólogos a hablar de vaguadas y borrascas, a bautizar tormentas con nombres de mujer. Algunas esperan todavía por el suyo.

La lluvia es un villancico tierno, la calma de una sed eterna, la plegaria del camino verde. Es plata líquida que bautiza con generosidad, abrigo de lana, brasa que dibuja el fuego.

Es compañera perfecta para la lectura y el hogar.

La magia que convierte los días copiosos en entrañables.

Chocolate para los héroes

A veces las tormentas despiertan la memoria. Remueven herencias antiguas, tradiciones que parecían dormidas, y las obligan a salir a la intemperie. En esos días de espera, de acontecimiento y de realidad desnuda, la vida queda sostenida apenas por los servicios de emergencia y por una responsabilidad social que se activa cuando el agua cae sin medida. Porque incluso aquello que celebramos con una alegría inesperada —por la necesidad, por la sed de la tierra— arrastra su reverso: inundaciones, derrumbes, accidentes, pequeñas tragedias que ojalá no sean más que los caprichos previsibles del destino.

Esta tormenta, bautizada con un nombre de mujer poco agraciada, nos dejó, sin embargo, una lección de bondad. Emilia se presentó generosa, derramando su gracia líquida desde los cielos amables de Canarias. Llegó tarde para su bautismo oficial, no por falta de agua, sino por el exceso de su misericordia sobre los campos: tanta, que los barrancos echaron a correr como si la tierra misma dijera aquí descargo, y que sea lo que tenga que ser.

Ya entrada la madrugada, la tormenta concedió una tregua. Un respiro. Quedaron los árboles desgajados, los muros vencidos, la tierra deslizándose cansada por no soportar tanta abundancia. Y mientras la población, serena y obediente, seguía las indicaciones de las autoridades —se suspendían actos, se cerraban puertas, se encendían hogares—, otros brindaban todavía por la Navidad y por ese mazapán celestial hecho de chaparrones y agua bendita.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Llueve

 

El cielo, en un gesto antiguo, cerró filas y desplegó su panza de burro, derramando un rocío paciente sobre los campos. En los barranquillos, las gallinas cloquean dispersas entre tuneras y rastrojos; buscan cobijo bajo la llovizna que humedece su plumaje dorado. Ensayan cánticos tempranos de Navidad entre las ramas, coronando al almendrero más joven como si fuese el guardián de sus secretos.

Cuando la lluvia cae con serenidad, la calma se refugia en los libros. Allí, en sus páginas, la mente se abre a los mundos que propone la lectura, mientras tras los cristales el agua repiquea con dulzura. En el vaho de un suspiro duerme una nostalgia apacible. Es tiempo de cambio: la naturaleza recibe nuestra humilde ofrenda y la devuelve envuelta en cintas verdes y tallos tiernos, como si cada hoja fuera un regalo devuelto.

Cuánta falta hacía la lluvia, aunque regrese siguiendo su ciclo de noches largas. Esta dicha divina, que desciende del cielo como un consuelo, nos protege del vacío de la luz. Humedece nuestra piel reseca y, con la misma ternura, rocía la tierra árida que pronto despertará en vida y esperanza. Si el milagro insiste, se aferrará a esa piel abierta y áspera para brotar nuevamente sus defensas.

Llueve sobre mojado. La tierra, lenta pero agradecida, bebe el líquido salvador. El letargo se difumina, aunque no siempre todos los elementos de la salvación alcanzan a conectarse con ese pulso que late en cada renacimiento. Una fuerza invisible sacude el paisaje: lo amable, lo comunitario, lo que surge sin permiso. Los tonos apagados ceden ante la esencia salvaje que brota con furor, crece con juventud y se expande con anarquía.

La lluvia, con su esencia transparente, perdona excesos y defectos. Lava los frontis, las calles, las farolas, los tejados. Su poder es celebración: una comunión tan natural como imprescindible para la vida. Somos agua, gotas antiguas que han evolucionado hasta creer que el cielo es salvación y la luz, la cima de la madurez.

En esta sabiduría que late en la textura del planeta, millones de formas de brillar se derraman sin pudor. El análisis humano apenas roza una mínima parte de este conocimiento. La lluvia embellece la tierra, dulcifica el árbol de la vida, ennoblece la magia de la creación.

Llueve sobre los campos; llueve. Su persistencia es el llanto de manantiales resecos, que apenas cala la corteza, pero despierta, de inmediato, el vergel dormido de la maternidad. Es un proceso creador, esencial, que arropa la continuidad de la vida en los ciclos perennes del sol.

Llueve sobre Valsequillo, llueve, y cada gota dibuja el recuerdo de inviernos antiguos, verdes y frondosos. Las nubes borraban montañas con su llanto y el paisaje se ocultaba tras cortinas de agua, mientras los rescoldos del fuego hallaban su razón de existir. Llueve, y nuestra plegaria seguirá enalteciendo esta bendición por los siglos.

Llueve entre lamentos y escorrentías mínimas, apenas suficientes para poner en aprietos a las hormigas. Son tiempos de bondad celeste, en los que el cielo paga en silencio su tributo a la vida.


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