Ella
agarra el libro entre sus manos, siente que atrapa el latido de su memoria, los
relatos de los hechos que le marcaron la vida, ya quemó sus recuerdos, dejó
enterrado todas sus penas y ahora camina por el pasillo del pensamiento,
errante, perdida en un mar sin tiempo, flotando en perspectivas, maltratando
los bucles repetitivos con existencia. Apenas si le da el destino para
tranquilizar su vacío, su identidad calla y deja la conexión en el silencio de
los duendes, que la visitan y la mantienen en vilo.
En
otro tiempo de evolución corría por los caminos, soñadora, inspiradora, activa
con aquel don especial para la precognición, de saber y callar, de consultar a
través de los sueños sus escapadas y miedos, de un talante elegante y materno
sublime, con aquel fundamento que le inspiraba la abuela, siempre recuerdo
aquellos secretos de madres a hijas en mensajes encriptados de sutileza. “Un
pizco de jango mi niña”. Expresiones coloquiales de rotunda clarividencia.
Y
en aquellos paños de tela que bordaba kilométricos se encerraba y acudían al
pensamiento todos los sueños, hilvanaba uno a uno sus puntadas y cada doscientas,
extendía el paño para ver la rosa que dibujaba en el pespunte y suspiraba, por
la miseria de un trabajo artesano impagable. Una voz hablaba en secuencias y
programación y entretenía las radionovelas los conciertos del tedio y los
amoríos. Simplemente María o Lucecita. Aquellos amores castos llenos de una
pasión turca desbordada de sufrimiento y angustia
En
los días intensos de verano organizaba con fecha, el bajar a la playa con la
cuñada, eran una o dos veces al año, pero caminábamos por la carretera vieja de
la Gavia bajando hasta el Palmital, para pillar la triste guagua que nos
llevaría a Telde. Y luego de conectar con los primos, recorrer medio Telde,
pillar en los picachos, la de Melenara para llegar a la playa, Pero éramos tan
felices que la orquesta de los sueños se transformaba en cuento, para vivir una
emocionante realidad
Y
el tiempo te rifaba la suerte, pero había que dar tiempo al tiempo, solo servía
para esperarlo, para que los sueños se acercaran a su definición, aunque en el
camino del guion perdieran su reparto principal y se tornaran en otras imprevisiones,
el destino y sus caprichos sin más comentarios, que las resoluciones del pensamiento.
Una
tarde de domingo, Carlos Martel por fin estrenó su Lambretta Servetta de mini Cross,
era una moto preciosa dorada con un tanque semi redondo y unas líneas verdes pintadas
al más puro arte italiano, tenía cinco velocidades, antes de estrenarla ya le colocó
un cilindro grande y un tubarro que emitía un sonido metálico muy sugerente, quedamos
para bajar al cine y flirtear con las chicas en el parque. -Año 76/77- Los
tiempos estaban cambiando, ya teníamos carretera recién asfaltada. Yo compré uno
de aquellos pullovers con decoración americana, que llegaban al mercadillo a
través de los gitanos. Mi madre me dió las doscientas pesetas del cine y la
seguridad, con el amor de su alma, que venía a ser, una semana intensa bordando
aquellos paños y nos lanzó el mensaje tengan cuidado.
Con
la privación de probar la carretera nueva y la moto nueva, bajamos por la
Asomadilla a San Roque, en la alegría del estreno iba también la imprudencia de
la ignorancia, y aquella máquina corría un montón, más el plus del piloto.
Hasta que en una de aquellas curvas cerradas se nos atragantó la velocidad y el
espacio, y subimos por la pared del radio, más de dos metros.
Caímos
a la carretera, lleno de rasguños, heridas y pulidas, la moto seriamente dañada,
en la pared, unos yerros sujetaban una tubería aérea y entre sus puntas de
lanza aparecían colgadas las juntas del retrovisor sin cristal. Pasamos cerca
de ensartarnos, Mi pullover quedó rasgado por el costado y nuestros sueños, en
una lección inolvidable de orgullo herido. Volvimos después de los remiendos a
casa, tocados por un destino que nos enseño las otras cartas, mi madre me vio entrar
cabizbajo y herido psíquicamente. Tras las clásicas regañas sacó el costurero y
mientras le contaba los detalles se puso a zurcirme el costado de aquel suéter
precioso. Quiso borrar el pasado inmediatamente, sacudir la mala suerte de la
ocasión, ella no quiere nada de sus malos recuerdos, solo el amor de los suyos.
Ahora
la veo de pie en un rincón de la casa, con el libro en una bolsa, al que mete y
saca con cariño y orden, dobla la bolsa y la agarra con firmeza. Mira el
envoltorio y vuelve abrir la bolsa para sacar el libro ver su portada, pensar
en algún recuerdo que borró de su memoria y vuelve a meter el libro en la
bolsa. Y así horas… Sabe que todas las
secuencias de su historia están allí escritas, con detalles y dolor, con amor y
pasión con la poesía de una vida de aprendizaje y espera. Una espera
interminable a la que solo añade borrar su pasado, por que ya no le quedan
hilos para bordar.
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